Vestigios de un viejo mundo: Los dos lados de una moneda - Capítulo 15
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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 Con un semblante bañado en dolor, Edmond cruzó hacia la cuarta prueba.
A pesar de las pistas que había recogido hasta el momento, aún no podía discernir cuál era la opción correcta.
Con su mano derecha alborotó sus cabellos mientras avanzaba; finalmente se libró del albinismo en su melena y de las manchas en su piel, aunque le molestaba el haber gastado más de una recompensa para lograrlo.
— «Prueba de realidad» — ¿Así decides llamarla?
— Es un nombre que no fue dado por mí.
— Ustedes, los peones, son tan extraños.
A diferencia de los seres anteriores, el que se encuentra frente a Edmond no parecía hecho de cristal, tampoco se había formado a partir de una esfera, ni tenía forma de animal; pero tampoco se podía decir que era un humano.
A pesar de que la mayoría de su figura es humanoide, las protuberancias en sus muñecas, que daban forma a dos pequeños sacos blancos, y el cráneo en forma de bombín delataban que no lo era.
Con una apariencia pequeña y pueblerina, el frac que llevaba se sintió fuera de lugar, pero Edmond no le prestó atención; sus ojos se centraron momentáneamente en los granos de arena que se desprendían de su traje hasta sus pies.
Tras haberle explicado el contenido de la prueba, Edmond sonrió con amargura, soltó un suspiro que cargó con toda su inseguridad y sus ojos atraparon su determinación.
— Estoy listo.
— Muy bien, te deseo suerte, extraño peón.
La confianza de Edmond en pasar la cuarta prueba era mucho menor a la de cualquiera.
A diferencia de la segunda prueba, en la que tuvo que enfrentar sus pesadillas y tristezas una y otra vez, no servía de nada saber el contenido de la actual, menos el haberla pasado anteriormente.
Es más fácil enfrentar su tristeza, que librarse de su felicidad.
— Dulces sueños.
Estirando su mano derecha hacia Edmond, el ser sonrió; un pequeño agujero apareció en la base de su palma; elevó ligeramente su brazo y dejó que el contenido en sus bolsas saliera disparado, creando una lluvia de arena que no tardó en bañar a Edmond.
Con una sonrisa, el azabache cerró los ojos y se dejó llevar por la comodidad que el baño de arena le transmitía.
No tuvo tiempo de bostezar antes de caer al suelo dormido.
— ¡Ey!
¡Eshan!
¡Eshpera!
— ¡Yápido!
¡Yápido!
Un Ethan de cuatro años corría por el pequeño Jardín cuadrado de siete metros.
Tras él, un Edmond se levantaba del pasto, dejando tirado un pequeño avión de juguete.
Solo hace unos segundos una dulce voz les había llamado para comer.
Tras un par de tropiezos y pérdidas de equilibrio, los dos pequeños llegaron a una pequeña mesa de plástico.
Ethan se sentó por el lado que tenía un león dibujado, mientras que Edmond estaba frente suyo, donde un tigre naranja se encontraba.
Para los dos niños, esos dibujos significaban posición.
Al inicio, ambos se peleaban por sentarse donde el rey de la selva, hasta llegaron a pelearse por él, pero tras ser regañados decidieron compartirlo.
Eran pequeños, pero habían hecho un calendario con colores que pegaron en la pared cercana a la mesita.
Un día uno, un día otro; representando a Edmond el garabato negro y a Ethan el marrón.
Aunque eso solo funcionaba cuando se reunían a jugar, cosa que pasaba muy seguido.
Mientras las madres se reunían en la mesa a charlar y los padres terminaban el almuerzo, los dos pequeños trajeron sus juguetes hasta que sus comidas llegaron.
Un pequeño platillo de verduras para Edmond, y una bola de arroz para Ethan, ambos acompañados con una jugosa carne partida en cuadrados y papas fritas.
Aunque aún eran niños, Ethan era un fanático de las verduras, por lo que ese día, que era su cumpleaños, se le sirvieron.
Ambos niños hicieron un desastre con la comida, dejando a sus padres alegres porque habían desperdiciado menos de la décima parte.
Los regañaron, claro, pero no pudieron evitar ser suaves al ver las caras de pena que ambos niños ponían.
Tras ser perdonados, grandes sonrisas se esbozaron en sus rostros, pues sabían que pronto irían al cine a ver una película que se acababa de estrenar.
La vida de los niños era feliz.
Debido a que ambos tenían al menos un padre militar, vivían dentro de las instalaciones dedicadas a ellos, muros que cubrían el área y jardines con juegos para los niños; las escuelas tampoco estaban lejos, por lo que su vida era la más segura que uno podía pedir.
Mientras los años pasaban, ambos niños maduraron; al vivir sus familias una al lado de la otra, pasaron varios años como hermanos, y en los que no pudieron debido a mudanza, se escribían o llamaban constantemente, contándose las cosas nuevas que encontraban.
Ni la distancia los separaba.
Cuando llegaron al penúltimo año de secundaria, se volvieron a reencontrar, tres años habían pasado desde la última vez que se vieron en persona, pero no lo parecía.
— ¡Hey Ethan!
— ¿Es cierto?
— ¡Claro que sí!
Comienzo mañana.
— Maldición, me dejas atrás siempre.
— ¡Vamos hombre!
Dudo que no te acepten, nadie es tan buen base como tú.
— Sí pero… Ya ves — ¡Aún queda tiempo!
¡Aún queda tiempo!
Días atrás, Ethan fue elegido como representante de la federación juvenil de baloncesto.
A ambos amigos les gusto el juego y dedicaron su niñez a practicarlo, pero ahora en secundaria, solo uno de ellos fue capaz de ingresar.
Debido a que Edmond solo mide 174 centímetros, considero que no le habían llamado a la selección por su altura, a lo que Ethan lo motivaba.
— Mira, ahora que regresaste, solo únete al equipo y verás como todo irá bien.
— Bien, ya que el pro lo dice, le creeré.
Tras una pequeña charla, ambos volvieron a sus aulas junto al timbre que indicaba el final del descanso.
Aunque a los amigos les incomodaba, no podían hacer nada contra el destino de quedar en salones diferentes.
Cuando terminaron las clases, Ethan presentó a su amigo con el equipo escolar.
Un hombre de aparentes cuarenta años era acompañado por jóvenes de varias edades; todos vestidos con el uniforme verde que representaba a su escuela.
Debido a que era su primera vez, Edmond solo pudo participar mientras vestía el buzo negro y la polera azul que representaba su aula.
El entrenamiento fue duro, pero consiguió seguirlo con las justas durante los primeros días.
— ¡E7!
¡C5!
¡F7!
¡D6!
— ¡Bien!
— ¡WOOOH!
— ¡Vamos Mono!
Tres años pasaron, Edmond entró al equipo de baloncesto tras demostrar sus capacidades, primero como suplente y recientemente como base principal de la categoría Sub-22.
Al igual que Ethan, se ganó un apodo que resonaba por el público.
«Mono aullador» fue su apodo, debido a los gritos que suele pegar en pleno partido.
Muchas veces este grito es capaz de llegar hasta los oídos del público nítidamente, lo que causó enorme sorpresa y se volvió su marca distintiva con el tiempo.
— ¡Vamos Puma!
¡Tú puedes Peregrino!
¡Quítasela Vizcacha!
¡Pásale al colibrí!
Aunque era un partido amistoso, los fanáticos daban todo de sí para animar al «Mini Zoo» de su selección.
Desde hace unos años, los jugadores comenzaron a ser comparados con animales nativos del país, por lo que se volvió una tradición el ponerles apodos de aquellas criaturas a cada una, por lo que el equipo se comenzó a apodar «zoológico peruano».
Esa tradición afectó a la liga sub-22 hace solo unos meses, volviendo a dicha categoría el «Zoológico miniatura», o «Mini Zoo» de la federación peruana.
Los jugadores estaban desconcertados al inicio, pero tras las palabras de Ethan, decidieron aceptarlo con una ligera sonrisa.
— ¡WOOOH!
El partido terminó con un resultado muy cerrado, ganando el equipo peruano por solo una canasta.
Los jugadores sudaban sin cesar y algunos hasta querían dejarse caer al suelo.
El encuentro se extendió más de lo que pensaron, pues habían quedado en empate y, aunque podían dejarlo ahí, decidieron continuar hasta que uno anotada la canasta final.
El partido final fue más feroz que los anteriores; cada equipo daba lo mejor de sí mismo y exprimía hasta la última gota de energía para continuar.
Para ese punto, los gritos de Edmond disminuyeron considerablemente; su garganta se había cansado y no fue capaz de felicitar a los adversarios.
Ambos países, en buenos términos, tuvieron su tiempo para firmar camisetas de fanáticos del país adversario.
En ese momento, Edmond fue capaz de visualizar a una persona curiosa, era mayor que él y claramente hacía ejercicio por su musculatura, pero eso no era lo resaltante.
Había visto cientos de personas así en los eventos a los que asistió, pero esos cabellos cobrizos llamaban su atención.
No estaban teñidos, se notaba a la distancia que eran naturales, pero antes de poder entablar una conversación con él, un parpadeo arrastró el momento.
— El tiempo pasa volando, ¿No?
— Demasiado.
Seis personas en una mesa, todos vestidos de gala, se encontraban cenando en un restaurante de alta clase.
Los platillos de carne causaban que el de cabellos azabache soltara varias risas; no era la primera vez que lo hacía, por lo que la mujer a su lado lo regaño.
— Querido.
¿Otra vez?
Sabes que no puedes estar haciendo escándalo.
— Perdón, perdón.
Es que no puedo evitarlo.
— Vamos, déjalo.
Yo también me quiero reír cuando lo recuerdo.
Un ambiente agradable.
Edmond bajó el nivel de sus risas mientras cortaba la carne de su plato antes de comerla.
«Y pensar que antes comíamos diez veces esto» pensaba.
Le causaba gracia como tenía que pagar decenas de veces por un platillo con menos de la mitad de lo que comía en otros lados, pero no le molestaba.
Tras recomponerse, se disculpó.
— Lamento eso.
¿Nos hablaba sobre las nuevas ruinas en medio oriente?
Doctor Harusha.
— Exactamente.
Mi equipo encontró algo extraño.
— ¿Extraño?
¿Qué cosa no es extraña de lo que tu equipo encuentra?
— preguntó Ethan.
Una sonrisa tímida surgió en los ojos del doctor.
Su mano fueron a sus cabellos negros, con la intención de desordenarlos, pero se detuvo a centímetros.
— Hazte una idea.
— ¿Qué tan extraño puede ser?
— preguntó la mujer entre los dos amigos.
— Bueno querida.
El doctor Harusha es conocido como el nuevo Heródoto.
— ¿Heródoto?
¿Quién es?
La mujer entre el doctor y Ethan habló por primera vez.
Sacudió sus cabellos y con un delicado movimiento de mano derecha colocó su mechón tras su oreja.
En respuesta, la esposa del doctor llevó sus manos a la mesa, colocando una mano sobre la otra, formando un triángulo.
Con una sonrisa orgullosa, explicó.
— Verás.
Heródoto de Halicarnaso es considerado el padre de la historia.
Un historiador de la antigua Grecia que vivió por los años 485 a.C.
y viaja por el oriente recolectando información de su época.
— Básicamente, lo mismo que el doctor hace.
— Aunque dudo que Heródoto haya sido tan arriesgado.
— Vamos, Ethan, solo fue una vez.
— ¿Una vez?
“Historiador queda atrapado en ruinas desconocidas por siete días”, “Nuevo equipo saca a la luz nuevos descubrimientos”, “Harusha, famoso historiador, descubre hallazgos que pueden cambiar la historia” – Durante casi tres minutos, Ethan repitió los títulos de boticas que recordaba.
— Y esas son solo las conocidas.
¿Debería continuar?
— Bien, bien.
Me rindo.
Admito que sí me arriesgué en varias ocasiones, pero valió la pena.
Mientras la esposa del doctor sonreía casi apenada por escuchar los títulos de manera consecutiva, las otras dos mujeres estaban con los ojos abiertos como platos.
Frente a ellas tenían a un historiador reconocido por encontrar datos escritos y restos de culturas que existieron aproximadamente en el año diez mil antes de cristo; pero que también saltó a cientos de trampas por un poco de información.
No sabían si estar admiradas o sorprendidas por el hecho de que seguía vivo.
— Entonces, ¿Qué es lo raro?
¿Alguna escritura desconocida?
¿Otro extraño libro de piedra?
¿Otro tallado de cadáver?
— No tiene sentido.
— ¿No tiene sentido?
— Conoces el río Congo ¿Verdad?
— Sí — Las ruinas están justo debajo del río.
— ¿Y qué tiene de raro?
No es la primera que encuentras.
— Miren esto.
— Harusha sacó su teléfono y les enseñó una foto.
— Esto es… La foto muestra la entrada a la ruina; una entrada simétricamente cuadrada, con dos estatuas de dragones, hechos de piedra, como guardianes.
Aunque era difícil de ver, al ampliar la imagen pudieron notar la peculiaridad.
Incrédulos, solo aceptaron el hecho tras ver el video.
— ¿Cómo es esto posible?
Sus miradas perplejas causaron una sonrisa en el doctor, era la misma expresión que él tuvo en su momento.
¿Quién no tendría esa mirada?
El río recorría la parte superior del extenso pasillo de aparente metal, la fuerza del mismo era notoria, pero ni una sola gota entraba.
En el mismo video, una piedra fue lanzada con precaución, pero contrariamente a lo que esperaba, no reboto.
La piedra atravesó lo que pensaban era un techo transparente para posteriormente ser arrastrada por la corriente.
Tras una larga conversación, los amigos se pusieron de acuerdo, ayudarían al doctor, pero a cambio querían ser los primeros en enterarse de cómo funcionaba ese lugar y que escondía.
Antes de darse cuenta, más de diez años pasaron.
Vestidos con los trajes correctos y mochilas pesadas, un pequeño grupo de exploración se adentró en las ruinas antiguas.
Ethan y Edmond para ese momento tenían las caras demacradas por la edad, sus cabellos decolorados mostraban mechones puramente blancos, pero la sonrisa emocionada por la exploración se plasmaba en sus rostros con cada paso que daban.
Habían esperado años para poder explorar ese lugar tan extraño.
Los peces avanzaban con la corriente sobre sus cabezas.
Era como visitar un acuario, pero no podían acercar su mano si querían mantenerse con vida.
Harusha se los recordaba constantemente.
— ¿Y cómo están los pequeños?
— Perfectamente, el menor ya puede caminar sin caerse y Rony entró al equipo de básquet de la escuela.
— Por mi parte, resulta que a Pepe le gusta más estar en casa leyendo, que salir a jugar.
— Ya veo, yo aún no sé cómo lidiar con mi hijo.
Hay días en los que se queda a dormir en la casa de sus amigos sin avisar, no sabes lo que me preocupa.
Los amigos no pudieron evitar reír en respuesta.
Harusha les advirtió que pronto pasarían por lo mismo, pues sus hijos estaban por entrar en la pubertad.
Tras liberarse de algunas trampas que descubrieron y analizaron los años anteriores, el grupo de diez personas llegó por fin al final del extenso túnel cuadrado.
— Esto… ¿Qué carajos es esto?
— Esto… Esto es… Kugh — ¿Ed?
¡¿Te encuentras bien?!
— ¿Qué pasó?
Un pesado golpe resonó tras la caída de Edmond al suelo.
Su cabeza ardía; podía sentir como si sus neuronas se quemaran por la rápida velocidad a la que hacen sinapsis, algo no andaba bien.
— El… El templo del… Antes de poder terminar sus palabras, su visión se nubló por completo.
Su cuerpo se levantó y, tras disculparse, todo continuó sin problemas, a excepción de su vista.
Rápidamente, cada escena pasó frente a sí, desde aquella habitación con varios ataúdes de Jade protegidos por el esqueleto de dos dragones, hasta lo que sucedió después, el cómo fue envejeciendo.
Observó cómo conoció a sus nietos, la felicidad y cómo, días antes de su muerte, pudo conocer a su bisnieta, aunque su mente no fuese capaz de reconocerla.
Tras observar a su familia llorar frente a la cama donde dio su último suspiro, las lágrimas cayeron a borbotones desde sus ojos.
— Mierda… Apenas era capaz de mantener la voz, nadie le estaba viendo y no podía controlar sus emociones.
Casi cien años de vida estaban en su mente; una vida feliz; una vida ideal; pero no la vida que le pertenece.
— Maldita prueba, maldita sea.
¿No se supone que solo muestra una “parte” de tu vida?
Mientras las lágrimas caían, Edmond se negó a aceptar que eso solo era un fragmento de su vida, pero muy en fondo lo sabía y era lo que le daba miedo.
La cuarta prueba, una prueba donde te muestran cómo sería tu vida si ciertas cosas hubieran sido diferentes.
Aunque es fácil darse cuenta la falsedad de los escenarios tras pensarlo un momento, eso no quita el hecho de que sea un sentimiento muy preciado para cualquiera.
No todos están dispuestos a abandonar un mundo ideal, menos cuando la carga en sus mentes es muy pesada.
— Si tan solo… ¡Maldito Ethan!
¡Porque carajos tuviste qué…!
¡Mierda!
Sus sentimientos eran un revoltijo, su odio por su mejor amigo se mezcló con los años de aquel sueño, todo pudo ser tan diferente, pudieron tener buena vida, sus padres y próximos seres queridos serían tan felices, todo iría tan bien, pero era algo imposible para ellos en ese momento.
Aquel futuro ideal, había sido aplastado por su propio amigo, «¿Por qué lo hizo?» Por más que retome la pregunta, nunca obtendría la respuesta.
No, había un momento, solo un evento en el futuro le daría la respuesta, pero todavía estaba muy lejos, necesitaba prepararse.
— Carajo… Entonces vamos a salir de aquí Mientras Edmond se preparaba para salir de aquel fantástico sueño, su mente se quedó en blanco.
— ¿Esto es?
— ¡No te distraigas Ed!
— ¡Sí!
Instintivamente, Edmond respondió; dejó de observar sus manos y rápidamente pronunció inentendibles palabras.
Cientos de círculos celestes con extrañas escrituras aparecieron a su alrededor, de las cuales cadenas de hielo surgieron para atravesar al dragón frente a ellos.
— ¡Bien chicos!
¡Acabemos esto!
La escena frente a sus ojos, ya la había visto antes, el mismo campo, el mismo grupo, pero había algo diferente, aunque no era capaz de entender qué.
— ¡Abajo!
Una voz femenina, potente, advirtió al grupo.
Sin pensarlo, saltaron de un lado a otro, se agacharon o se escondieron en el espacio, dando así paso libre a la gran lanza dorada que atravesó kilómetros hacia el pecho del dragón.
No lo atravesó por completo, pero gran parte de su pecho fue arrasado.
Edmond volteó la cabeza hacia la voz; al ver los cabellos blancos como la nieve, una fuerte corriente recorrió su cerebro.
Decenas; no; centenas; hasta miles de años de recuerdos llegaron a su cabeza de un solo disparo.
La verdad del universo ante sus ojos; el secreto de las galaxias; la partida de la tierra; el cambio en el mundo; la expansión de la tierra; la lluvia de estrellas; su infancia.
Cada uno de los recuerdos invadió su mente, desde el más reciente hasta el primero, donde observaba a sus padres por primera vez.
Sus emociones se mezclaron.
— ¡Carajo!
Mientras la ira y tristeza se mezclaban junto a sus demás emociones, las manos de Edmond se levantaron.
Sus labios pronunciaron una sola palabra, incomprensible para la mayoría y solo comprendida por tres personas, entre ellas Ethan.
— ¡¿Qué haces?!
— ¡Detente!
— ¡Contrólate!
— «Bakoy Rpos» Congelar.
Un hechizo que Edmond había aprendido en su vida pasada, pero que había olvidado, regresó a su mente junto al golpe de recuerdos.
Congelar.
Inmovilizar.
Detener.
Tres sinónimos atrapados dentro de un solo concepto.
Las palabras se cortaron en el aire, el tiempo se detuvo y nada emprendió movimiento.
El aire dejó de entrar en sus pulmones, la vida se congeló y la muerte le siguió.
Una escena indescriptible se presentaba ante los vidriosos ojos del grupo.
Dos segundos pasaron.
Las personas respiraban pesadamente mientras recordaban la muerte detenida ante ellos.
— ¡¿Qué acabas de hacer?!
— Nada, simplemente.
Nada.
La calma acompañaba sus ojos.
El dragón frente a ellos no era más que trizas, pero las extremidades de Edmond ahora eran simples prótesis de hielo.
No podía admitir que fallo, menos revelar sus verdaderas intenciones, solo podía ver con lágrimas, arrepentimiento e ira los restos del dragón.
«¿Cómo puedo decirles que a quien apunte fue a Ethan?
Este… Simplemente, este no es mi mundo» Media hora le tomó aceptar la realidad.
No sabía si su conciencia era la de ese mundo o si era la que recién había sido introducida ¿Cuáles eran sus recuerdos reales?
¿Qué es lo que quería?
¿Por qué se le mostró tanto?
Cientos de preguntas invadieron su mente mientras se iba separando de aquel cuerpo.
La diferencia entre ambos sueños, el actual y el de su vida pasada, no solo varió en contenido; también varió en tiempo.
Edmond se preparó para una vida de 20 años, como la primera vez; pero los recuerdos que se mezclan en su mente son decenas de veces mayor.
No era un problema para su cerebro, pero sí para su corazón titubeante.
Mientras la escena iba alejándose y el entorno oscureciendo, los recuerdos empezaron a alejarse; su mente estaba más tranquila, pero su corazón seguía hecho un lío.
— Ethan… Mamá… ¡Maldición!
Sin sentido del tiempo, Edmond solo maldijo y bendijo sin sentido.
Desfogaba su ira, su tristeza, sus arrepentimientos y sus felicidades en sus palabras.
«Una mejor vida».
Al principio no lo había entendido, pero tras calmar sus emociones, el significado de aquellas palabras fueron claras para él.
A diferencia de la segunda prueba, que mide los miedos vistos por el mundo, esta se basa en el tiempo de los recuerdos.
Pero para alguien como él, que tiene siglos de recuerdos, esa carga fue llevarlo al cielo y arrojarlo al infierno.
— Tengo que hacerlo, en esos momentos… Mamá se veía feliz.
Aunque fue capaz de ver la sonrisa de su madre por muchos años, el nacimiento de una hermanita menor y su matrimonio, sabía que nada de eso era real, simplemente era una realidad creada por sus deseos.
— Mamá merece ser feliz.
Un abrupto despertar, ojos abiertos de golpe y su cuerpo se levantó.
Observaba al hombre con un montículo de arena entre sus pies mientras sus palabras salían decididas.
— Tu sueño fue interesante.
Por lo que veo… Vas a querer esto, ¿no?
El hombre sacó de su bombín una pequeña caja negra, similar a que usarías para guardar un anillo, con las letras «DF» en su frente.
Habiendo observado los sueños de Edmond, considero conocerlo lo suficiente, y no sé equivocaba, pero Edmond solo sacudió su cabeza decidido.
— Dame la sangre del ancestro dragón primordial.
— ¿Oh?
¿Estás seguro de eso?
— Lo estoy, aunque no lo usaré ahora.
— Eso lo sé.
Si lo usaras, morirías.
Edmond asintió.
Las lágrimas de dragón poseen un poder revitalizante, capaz de extender la esperanza de vida y corregir las malformaciones a nivel celular de casi cualquier especie; la sangre de dragón puede mejorar el potencial de casi cualquier ser tras ser consumida; la sangre de un dragón primordial también aumenta exponencialmente la fuerza y acorta el tiempo en muchos aspectos.
Tras consumir una sola gota de sangre, un aprendiz de espadachín puede volverse un sabio de la espada, o desbloquear habilidades conceptuales relacionadas con la espada, pero conlleva sus riesgos; entre ellos, la locura.
La sangre pedida por Edmond no solo era rara, sino que se puede comparar fácilmente con un santo grial universal.
Fuerza infinita, vida eterna, linaje perfecto, control conceptual.
Una infinidad de rumores corrían sobre los primeros dragones primordiales, siendo el más famoso el volverse de la misma raza dragón, pero solo una persona en la vida de Edmond la había conseguido.
— Por desgracia, solo queda una centésima parte de gota.
— Aunque estuviese diluida en mil partes, me es útil.
— Supongo.
El ser vestido de frac entregó la pequeña botella a Edmond, su contenido despedía una radiante luz dorada, similar a los rayos del sol al amanecer, mientras su traslúcido contenido indicaba lo diluido que se encontraba.
«Sí que es una centésima parte» pensó con una amarga sonrisa.
Si comparaba esa cantidad con la sangre de otros dragones, un ancestro dragón normal estaba a la altura, pero la diferencia en la gama de ventajas aún era abismal, por lo que no le importo.
Ahora que tenía eso, en pocos años sería capaz de superar a Ethan y llevar a cabo su venganza, solo necesitaba entrar a la etapa de Reunión de Qi para comenzar.
Con una sonrisa esbozada en su rostro, se puso en pie y salió apresuradamente de la zona de prueba antes de que se derrumbara por completo, dejando atrás a la criatura sepultada bajo las rocas, sin dedicarle una sola mirada.
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