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Vestigios de un viejo mundo: Los dos lados de una moneda - Capítulo 23

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Capítulo 23: Capítulo 22

Cuando abrió los ojos, el sol recién se asomaba por la ventana. Un intenso y punzante dolor recorría su columna y las gotas de sudor bañaban su cuerpo. Incómodo por el frío que sentía en su nuca, vio a ambos lados sin notar nada pero conociendo el lugar.

— Otra vez en el hospital.

— Correcto. — Una voz conocida respondió.

No necesitó ver la puerta para saber que era la Noxillum qué tiempo atrás le contó aquella leyenda.

— ¿Qué pas…

Mezclados recuerdos llegaron a su mente; por una parte, aquel que le traicionó, por otra una inocente madre. Su semblante sereno, neutralizado por las hojas de grukz. Impidieron saber en qué pensaba, pero la mirada perdida entre pensamientos permitieron que la noxillum comprendiera, acercándose en silencio.

Un bosque verde; criaturas por todos lados; una flor amarilla; una flor verde; un ave roja; una planta roja; un animal rojo; una bestia roja; un escenario rojo; una mano roja; una garra roja; rojo; rojo; rojo y más rojo. Los recuerdos pasaron lenta y rápidamente frente a sus ojos.

— Una flor dracónica. — murmuró.

— ¿Eh?

— No, nada.

Kolt notó algo extraño al instante, era consciente de nunca haber visto esa flor en su vida, pero en su mente se encontraba tallada su existencia, desde su apariencia hasta sus usos.

«Flor llama de dragón»

Con una corola que imita el fuego, es una flor similar a la aguja de un escorpión, carente de algún efecto notorio para cualquiera, pero considerada una medicina milagrosa para todos los dragones. La «Flor llama de dragón» solo requería una condición para crecer: alimentarse con la sangre de dragón, por lo que era imposible que apareciera en ese lugar por coincidencia, alguien debía de haberla plantado y cuidado, pero a Kolt no podía importarle menos. La flor apareció en mal momento.

Cuando salieron de la quinta ciudad, Kolt notó que solo unas pocas hojas de grukz quedaban en su bolsa. Había comprado varias hace poco, pero se confundió de bolsa al salir del orfanato y recién lo había notado. A pesar de que eran suficientes para medio día; cuando encontró la flor, el olor que llegó a su nariz, tan agrió que era dulce, causó que su sangre hirviera y la incontrolable necesidad de obtenerla lo dominase.

Con la poca conciencia que pudo retener, tomó las hojas de grukz y las ingirió de un bocado, pero fue inútil. Como un río fluyendo tras romper la presa, sus emociones se desbordaron, encabezadas por la codicia, y recorrieron sus venas, impregnando cada célula de su cuerpo, comenzando su deformación. Lo siguiente que recordaba eran fragmentos: su espalda atravesada por un mandoble, una cínica sonrisa y una lucha para no caer en el vacío sin fin.

Sus recuerdos parecían un sueño, dos vidas diferentes en un solo instante, que no podía diferenciar de la realidad. Recordaba tener corazones en sus manos, varios cuernos en el suelo y sangre bañándolo, había hecho cosas que no debía, pero se sentía tan irreal que no sentía culpa o peso en su conciencia.

— Mierda…

La noxillum se fue tras hacer un rápido chequeo, pero Kolt se quedó observando su espalda con una sonrisa arrepentida. Las hojas de grukz no eran suficiente para neutralizar su pesar completamente. La culpa llegaba y se iba como la brisa que entraba por la ventana; su tristeza y el alivio intercambiaban lugares con la calma cada pocos segundos, siendo dominados por la última al cabo de unos minutos. Ese fue un día tranquilo en el hospital.

Momentos antes de que el sol tocara el horizonte, un paciente fue dado de alta, dejando a Kolt y Sisiro, que acababa de entrar, solos en la habitación.

Con clara desconfianza en sus ojos, Sisiro miró a Kolt.

— ¿Qué eres?

Kolt guardó silencio, observando a la Nox como si la respuesta fuera tan clara que no necesitaba decirla. Los últimos rastros de la tonta sonrisa que siempre llevaba se habían esfumado, dejando en su lugar una afilada mirada que buscaba respuesta en los ojos del hombre. Demostrando su molestia y lo serio que era el tema para ella, cruzó sus brazos.

— Humano.

— ¿Humano?

— Humano — Kolt repitió con ese tono sereno que casi parecía burla.

— ¿Qué es “humano”? — preguntó Sisiro, considerando si atacar o no.

Su semblante no cambió, seguía alerta, pero no podía negar que sentía curiosidad por lo que era un humano. Kolt volvió a guardar silencio, aunque varias veces respondió esa pregunta en el pasado, siempre fue de manera simbólica, por lo que no fue capaz de encontrar una respuesta adecuada.

— Una existencia de barro.

La confusión se marcó en el rostro de Sisiro, quien imaginó un monstruo marrón con varios brazos y piernas, nada similar a lo que tenía frente suyo. Pensó que jugaba con ella.

— No te hagas el listo. ¿Dónde está el barro?

— Es una forma de decirlo. Como ves, no soy muy diferente a los noxi. Los humanos no tenemos orejas puntiagudas como varios noxi, pero nos parecemos en lo demás.

— ¡Te he dicho que no juegues! — Sisiro gritó molesta, era claro que jugaba con ella. — ¡Dices que no tienes orejas puntiagudas, pero lo que veo es muy diferente!

Kolt se sorprendió. ¿A qué se refería con jugar? Rápidamente, llevó su mano derecha a su oreja izquierda; no había nada diferente; luego tocó la derecha. Un par de escamas salían de la parte alta, dándole una forma puntiaguda

— Es solo una excepción, no tiene que ver con que sea humano. Los humanos somos similares pero muy diferentes. Los humanos en su mayoría son… no.

Varias frases llegaron a su cabeza: «Son peligrosos», «Astutos y poco confiables», «Una raza avanzada tecnológicamente», entre otras. Todas inútiles en ese momento. Bajó su mano a su mentón, pensó hasta que se rindió y soltó una tontería al azar.

— Los noxi y los humanos son similares a los twarz y los noxi, como las bestias y los… eso es — Kolt encontró una comparación útil — Piensa en la diferencia entre las bestias y la raza de bestias, o los monstruos y la raza de monstruos

— ¿La diferencia?

— Sí, la raza de bestias, como los primeros tres príncipes, comparten características con las bestias; pero estas últimas no pueden razonar o andar en dos patas; al menos en su mayoría. Ambos vienen del mismo origen, pero la raza de bestias evolucionaron similares a los noxi.

— ¿Y los monstruos que tienen que ver? — Sisiro demostró confusión.

Kolt notó tarde su error. Usar a la raza de bestias fue un acierto para su razonamiento, pero ellos eran diferentes. No necesitaba preguntar para saber que Sisiro no conocía a la raza de monstruos, pero consideró que dar una explicación sería sospechoso. Desviando su mirada hacia la ventana, respondió.

— Los monstruos son como las bestias, similares a la raza de bestias, pero diferentes. Pueden comunicarse y razonar, pero su apariencia es diferente, ya sea teniendo patas extra o plumaje en el cuerpo, donde no había antes.

Sisiro asintió, las palabras de Kolt tenían sentido en su mente, aunque se imaginó a la bestia conocida como «Pollo de tres plumas» para representar cada ejemplo.

— Entonces los noxi y los humanos comparten un origen.

— En realidad no, pero es la manera más simple de explicar-

— ¿Y como terminaste así? — Sisiro interrumpió, no necesitaba saber más.

— Hasta hace poco, los humanos no conocían las caóticas energías. — Kolt resumió los últimos años. — Por eso, mi cuerpo no soportó el error que cometí.

— ¿Eh?

Aunque la apariencia de Sisiro era joven, en términos humanos, estaba cerca a la mediana edad, por lo que era todo menos tonta. Ella se hizo una idea de lo importante, pero no podía evitar sorprenderse por la ignorancia de los humanos ante las cuatro energías. No tenía sentido.

«Primero que nada, ¿Cómo es que sobrevivieron?» Se preguntó, pero tras considerarlo un momento, se dio cuenta de que pudieron inventar sus formas de defenderse y, realmente, no le importaba conocerlas. «¿Qué error?» Luego pensó, pero el pensamiento se expresó en su rostro.

Kolt negó con la cabeza y Sisiro supo que no había necesidad de preguntar, no conseguiría respuesta alguna, lo que le llevó a crear sus propias conjeturas. Aunque había muchos huecos que llenar, consiguió acercarse mucho a la realidad, como el hecho de que Kolt forzó un cambio en su linaje, o que se benefició de la herencia de algún linaje dracónico antiguo cuando las energías llegaron a la tierra. Ninguna era correcta, pero no estaba completamente equivocada; la gota de sangre que obtuvo Kolt ciertamente era una “herencia de linaje dracónico” y tras ingerirla “muto su linaje” pero no era algo que él buscara.

— Entonces, ¿Cómo llegaste a Allbik? — Sisiro soltó su mayor duda.

— No lo sé — Mintió.

— ¿Y cómo planeas volver?

Kolt levantó sus hombros para expresar su desconocimiento, aunque fuera otra mentira. Volver no era difícil, por el contrario, era tan fácil como cruzar la frontera de un país, o viajar de un continente a otro, pero no planeaba revelarlo tan rápido. Era consciente que la situación ya estaba fuera de sus manos y no se arriesgaría a acelerar el contacto entre los humanos y los noxi para crear otra variable desconocida, solo iba a esperar que suceda naturalmente.

— ¿Y qué buscas en el orfanato?

«A ti» pensó Kolt, pero decirlo de manera directa causaría malentendidos, por lo que solo suspiró.

— Entonces reformulo. — Sisiro le apuntó con la espada que surgió bajo sus pensamientos. — ¿Qué buscan los humanos en Allbik?

— el — Corrigió

— ¿El? — Sisiro inclinó su cabeza en duda.

— “Los humanos” y “El humano”, uno solo es “el humano” y dos o más es “los humanos”.

— Ah — Sisiro sacudió la cabeza, su parte curiosa la distrajo, pero se recompuso rápido. — No me importa. ¿Qué buscan los humanos en Allbik?

Kolt volvió a alzar sus hombros.

— ¿Eres pelig… — Sisiro se interrumpió. Pensó un par de segundos y cambió su pregunta. — ¿Te harás responsable?

— ¿Responsable de qué? ¿De la muerte de una bestia?

Sisiro se sorprendió ante su indiferencia. Kolt la observó sin emoción alguna, con una expresión calmada que ponía de nervios a Sisiro. Kolt no fingía sus emociones en lo más mínimo.

— ¿Eres consciente de lo que hiciste? — preguntó.

— Parcialmente. — Respondió. — Fueron… Tres Toros tricuerno; un par de conejos unicuerno… Un oso armado… — Kolt contó con sus dedos cada especie.

Un total de siete especies de bestias diferentes. La mayoría pequeñas.

— Lamento eso. — Añadió antes de que Sisiro hablara.

— Tú… ¿No lo viste?

— Los recuerdos están en mi mente, pero son como un sueño, no pude controlar nada en ese momento. — Aclaró Kolt, aunque sabía que no era verdad.

— ¿No sabes de los osos?

— ¿No era solo uno?

«Entonces es un no» pensó Sisiro mientras soltaba un suspiro, estaba fastidiada y cansada.

— Una camada de seis pequeños osos armados. — Explicó Sisiro. — Ahora no tienen quien les cuide. ¿Qué harás?

— Es una pena. — Respondió sin interés.

Sisiro no podía culparlo por la apatía de sus palabras, pero le era tan incómodo y frustrante que apretó los dientes y puños para calmar su ira.

— ¿A los humanos no les importa la vida?

Kolt guardó silencio unos segundos, llevó su mirada a un lado, luego a otro y terminó devolviéndola a Sisiro.

— La verdad no. Unos cincuenta o sesenta años no dan para nada en realidad, así que viven como les da la gana.

Otra sorpresa para la noxi. Le era difícil comprender como una especie similar a la suya podía vivir tan poco tiempo. Aunque los humanos podían vivir cien años, Kolt no tuvo en cuenta la diferencia en la medición del tiempo para ambas culturas. Esto dio a entender a Sisiro que los humanos tenían una esperanza de vida que apenas llegaba a la tercera parte que la de su raza. Era demasiado corta, no solo para ellos.

Sin contar a la raza de bestias proveniente de los insectos, la vida más corta que Sisiro conocía era de setenta años. Un ejemplo era la segunda princesa, que comparte origen con una bestia similar al murciélago de la fruta, quien vive en promedio setenta y cinco años, o el primer príncipe, que podía vivir hasta noventa años. Pero eso solo era una edad base, pues aquellos que eran proficientes en el control de las caóticas energías eran capaces de extender su tiempo de vida.

De manera sencilla, un noxi común, en su mayoría, puede vivir hasta ciento cincuenta “años noxi”, mientras que un humano vive cien “años humanos”. Sin tener en cuenta esto, la diferencia era solo de cincuenta años, pero ambos tenían formas diferentes de medir el tiempo, lo que hacía que un año noxi sea igual a tres años humanos. En pocas palabras, un noxi puede vivir 450 años humanos, creando una brecha mayor a la que Sisiro se podía imaginar.

— ¿No te harás cargo de los osos? ¿No sientes ni un poco de culpa?

— Lo haría, pero tengo cosas más importantes que hacer.

— ¿Qué c…

— ¿Qué pasaría si vuelve a pasar lo mismo? — le interrumpió. — No creo que quieras que terminen como su madre, ¿verdad?

Sisiro quedó muda, imaginando la escena: Kolt descontrolado, atacando a los osos sin pensarlo. No podía permitirlo, pero tampoco podía dejar que Kolt se saliera con la suya.

— Entonces hagamos esto. — Una solución llegó a ella. — Te ayudaré a buscar una cura, mientras tanto, los pequeños se quedarán en el orfanato. Luego te harás cargo de ellos.

— Bien, supongo que me sirve.

Sisiro esperaba una mejor respuesta, pero la aceptó con el ceño fruncido y se fue. Solo después de que cruzara la puerta, Kolt captó la molestia y emoción que destellaban de los ojos de la noxi. Ella quería cuidarlos, pero sus costumbres no se lo permitían.

— “Si causas un problema, sé responsable, eh.” Me había olvidado de esa regla.

La molestia y culpa cayeron como balas sobre Kolt, pero ni se inmutó bajo los efectos del grukz, dejándolo con un cosquilleo de origen desconocido en su nuca.

Durante los siguientes días, Sisiro buscó una solución en la quinta ciudad, evitando revelar el problema y leyendo, cuando iba a la biblioteca, sobre “Leyendas dracónicas” por petición de Kolt.

— ¿Algún libro sobre draconianos y dragon-blood? ¿Tuvieron alguna mutación?

— ¿Mutación?

Tras días de que Kolt saliera del hospital, Sisiro encontró una pequeña librería en la ciudad interior. Kolt no la acompañó, no tenía forma de entrar. Por desgracia, no había información alguna en las bibliotecas de la quinta ciudad, ni las herbolarias eran conscientes de que los dragon-blood podían mutar. A Kolt le pareció extraño que aquel twarz frente suyo supiera algo.

— Un descontrol o evolución en su línea de sangre. — El twarz habló como si el tema fuera algo del día a día.

— Este es el único lugar que conoce sobre el tema.

— ¿En la quinta ciudad? Probablemente. Hay algunos libros en la segunda ciudad de Zunsik que hablaban de ello.

— ¿Zunsik? ¿Has estado ahí antes?

— Para nada. — respondió con descaro. — pero tengo un amigo que vino de ahí, me contó sobre varias cosas, entre las que estaban esos libros. Ya sabes, algo que todo el mundo ha visto al menos una vez en su vida. — agregó. — También escuchó hablar sobre un experto que se encarga de corregir esos problemas.

— ¡Eso es! ¿Cómo se llama? — Preguntó Sisiro.

El twarz levantó sus hombros y negó con la cabeza.

Sisiro apuntó a un libro, preguntando por su precio, y luego de comprarlo se retiró. Era una forma de pagarle por la información.

— Entonces en Zunsik hay alguien que puede ayudarte.

— Eso parece. Iré esta noche.

— ¿Así de simple? — Sisiro se sorprendió.

— Sí.

— Te acompañaré. — Exclamó.

— No gracias

— Para asegurarme de que regreses por los pequeños osos. — Añadió.

— Vale.

Aunque no era como lo había planeado, que realmente no había planeado algo, Kolt consiguió que Sisiro fuera con ella. Había conseguido la información sobre Sunzik tiempo atrás, antes de conocer a Sisiro, pero necesitaba una excusa para que le acompañara. Por suerte, ese incidente fue el motivo perfecto, no necesitó pedirlo.

Kolt sabía que negarse una sola vez era suficiente si quería que ella fuera. Si él decidía irse solo, no había nada que lo obligara a volver, por lo que Sisiro iba a querer seguirlo, no solo para asegurarse de que cumpliera su “deber”, también para saciar su curiosidad ante lo que él era. Todavía podía sentir en sus huesos las veces que cayeron en trampas debido a eso; trampas de las cuales ella se salvaba debido a su suerte.

— ¡Entonces partimos mañana!

— Hoy. — Corrigió.

— Mañana, no planeas partir sin hacer preparativos, ¿verdad? — Sisiro observó la delgada bolsa que colgaba de la cintura de Kolt.

— Cierto. Entonces mañana.

Con el acuerdo hecho, Sisiro se retiró entre saltos en dirección al orfanato. Kolt aprovechó para reabastecer su suministro de grukz y hierbas. Pasó un tiempo desde la última vez que tuvo que morder su dedo, por lo que sintió un pequeño dolor que evocó lejanos recuerdos.

A la mañana siguiente se reunieron a las puertas del orfanato: Ella con una gran mochila en la espalda y él con solo una bolsita llena de grukz en la cintura, Sisiro le preguntó sobre su equipaje y Kolt respondió francamente «No tengo».

Los niños les despidieron con enormes sonrisas, pensando que irían por una aventura digna de leyendas. Detrás estaban los cuatro príncipes, sosteniendo pequeños osos azules que apenas habían formado sus primeras escamas negras. Más que escamas, parecían pequeñas plumas que formaban pulseras en cada pata y un collar alrededor de sus cuellos.

Kolt retrocedió unos pasos mientras se despedía, era lo más cálido que se le ocurría, mientras que Sisiro agitaba su mano en el aire, alegando que regresaría pronto con una gran historia que contarles. El joven se perdió entre sus pensamientos, observando entre el grupo de niños a una figura con cabello largo que, con una sonrisa en su rostro, sostenía un teléfono y agitaba su mano, indicando que se acomoden para tomar la foto.

Kolt intentó llamar al hombre repetidas veces, pero, aunque conocía su nombre y origen, no era capaz de pronunciar una sola palabra. Se dio la vuelta, dejando atrás al retazo de pensamiento. No es que quisiera hacerlo, pero, aunque ese traje occidental era algo que había visto durante mucho tiempo, el nombre se hundía en el abismo de su subconsciente con cada intento.

Sisiro notó la mirada perdida de Kolt y le preguntó si algo le sucedía, pero él la ignoró y la figura, que los observaba con una sonrisa en su rostro, comenzó a desvanecerse con el tiempo, dejando hasta el final el intenso verdor en sus ojos.

Lejos del dúo, del grupo de niños y del hombre que vagaba por el mundo, el cronómetro que recorría el mar se acercaba segundo tras segundo a su destino, cargando sobre cinco tablones la figura que alguna vez pensó en recorrer el mar, sin saber que se encontraría. La figura viajaba, con hambre de descubrimientos, hacia el desconocido mar, sin saber si habría siquiera algo al otro lado y, por sobre todo, sin saber que su decisión y presencia sería el preámbulo a uno de los hitos de la tierra; uno de los tantos que alguien olvidó evitar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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