Vestigios de un viejo mundo: Los dos lados de una moneda - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 Una canasta de comida y una piedra roja, similar al rubí, se encontraban frente a Edmond sobre dos pequeños pilares.
La oscuridad había engullido por completo la habitación; ni la puerta, ni las personas que habían entrado antes que él se veían por ningún lado.
Cuando Edmond levantó la mano, se dio cuenta de que su cuerpo había sido igualmente devorado.
El silencio sepulcral que bañaba la habitación fue roto únicamente por los pensamientos de Edmond, que resonaron por la misma antes de llegar a sus oídos.
Bajo el manto de absoluta oscuridad, una expresión de desconcierto se encontraba plasmada en su rostro; trató de cambiar sus ojos a la forma original, con esperanza de ver lo que se ocultaba, pero no hubo resultado alguno.
— ¿Una prueba espiritual?
No, si fuera así… Hay algo mal.
Ante la respuesta que él mismo se había dado, Edmond solo duplicó sus dudas, varias cosas no cuadraban en sus pensamientos, como la carencia de guardias en el templo o el hecho de que las personas estaban más relajadas de lo que debían.
— Según recuerdo, todos mencionaban lo mismo, “El terror se apoderó de nosotros con el paso de las horas, fue una suerte que ese chico encontrará la forma de salir”.
Aunque nunca descubrimos quién era aquel chico, lo que me está incomodando es la existencia de esta pagoda del [Pez escarlata] Escrito en un lenguaje similar a los jeroglíficos, el cartel sobre la gran entrada tenía escrito [Santuario del Pez escarlata] en ella, lo que causó que Edmond estuviera alerta al entrar.
Esperaba que al menos un guardia diera las pruebas o se enfrentara a él, como sería en un caso normal, pero no solo no existía guardia alguno, también existía un espacio espiritual donde podía escoger un premio.
Siendo influenciado por sus propios pensamientos, Edmond terminó por escoger la canasta de comida antes de cruzar por la blanca puerta que apareció ante sus ojos.
Tras salir, su mirada fue directamente a la canasta en sus manos con claro desconcierto.
— ¿Pero en qué momento…?
Aunque en sus recuerdos estaba clara la escena, no podía entender que había hecho que decidiera tomar la canasta, no llevaba ni un día en ese lugar, por lo que el hambre no era un problema, o al menos eso creía.
Mientras observaba la canasta, un rugido provino de su estómago.
— ¡¿Pero qué?!
¡Solo he estado ahí menos de una hora!
Edmond tenía su teléfono en la mano, antes de entrar vio la hora, ya que era para lo único que le servía dentro de la grieta, pero ahora que encendía la pantalla para comprobar que sus palabras sean correctas, se llevó una sorpresa.
Estaba acostumbrado a calcular el paso del tiempo por necesidades del pasado, por lo que no entendía por qué había una alerta de baja batería en su teléfono.
— Esto tenía más del noventa por ciento cuando entré… ¿Cómo es que en una hora la batería pudo bajar… ¿Qué?
El rostro de Edmond volvía rápidamente a la normalidad, pero la sorpresa en su interior se mantuvo.
Tras deslizar hacia un lado la alerta, Edmond vio la hora, como él había calculado, no pasó ni una hora desde que entró, pero lo que había cambiado completamente era la fecha desde su llegada.
— ¿Diez días?
¿Cómo es posible?
Aunque no era capaz de entender, no pudo evitar sentarse sobre el pasto para comer las frutas y los sandwiches que venían en la cesta; su hambre había nublado su pensamiento hasta que se acabó hasta la última migaja de pan.
Estando satisfecho, se dejó caer de espaldas y clavó su mirada en el cielo azul.
— ¿Quizá es porque abrí la entrada antes de lo que originalmente se hizo?
Él mencionó que fueron “unas horas” pero ¿Y si el tiempo tras cruzar la puerta es diferente?
No sería la primera vez que veo una mazmorra así, pero… — Edmond cerró los ojos y dejó salir un bostezo — Algo sigue sin cuadrar en todo esto… ¿Por qué en una hora pasaron diez días?
Antes de darse cuenta, Edmond se quedó dormido.
Cuando se despertó, sus ideas tenían más sentido.
El hombre con el que se encontró antes de entrar a la pagoda mencionó estar diez o más días, y las personas con las que se encontraba afirmaban cosas similares, como si él hubiera sido el único que experimentó la distorsión del tiempo para igualar al del resto de personas.
Aunque no era algo malo, por un lado, era desconcertante el no saber el motivo, mientras que el otro había perdido diez días de entrenamiento.
Mientras se ponía de pie, Edmond sintió pequeños punzones recorriendo su espalda.
Rápidamente, se quitó la camiseta con la esperanza de saber que era ese dolor que iba incrementando cuando notó pequeñas líneas rojas se marcaban en su cuerpo.
— ¿En qué momento…?
— Edmond apretó los dientes y se volvió a colocar la camiseta Aunque sus palabras salían con calma, su rostro demostraba que estaba siendo mentalmente y físicamente torturado, al punto de sudar y respirar con mayor dificultad con el paso de los segundos.
Cuando no fue capaz de soportar más el dolor, Edmond cayó de rodillas al suelo, tallando la palabra “dolor” en su cuerpo.
— Ca…o Siendo casi imposible pronunciar palabra alguna, Edmond se limitó a maldecir en su mente mientras el dolor recorría su cuerpo, trayendo en más de una ocasión espasmos.
Lo que había pensado era algo bueno, ahora era un desastroso problema.
De las veintiséis vértebras, había pasado de cinco lavadas a veinte en las pocas horas que había estado durmiendo; pero el dolor que no experimentó se acumuló y ahora se repartía por todo su cuerpo equitativamente.
Edmond escupió sangre, oscura como petróleo, mientras sentía el dolor recorrer desde su columna, su columna hasta la punta de sus dedos por varios minutos.
— Maldición… Tras acabar su tortura, el pesado jadeo se mantuvo.
Apenas tuvo energías para pronunciar aquella palabra, cerrando los ojos para dormir otra vez pero cuando estaba por caer en un agradable sueño, una leve brisa abrazó su cuerpo, llevándose consigo todo su cansancio y dejándole únicamente con ganas de volver a entrar en la pagoda; lo cual hizo, casi guiado como polilla a la luz.
Cuando se dio cuenta, se encontraba otra vez en aquella habitación oscura.
— ¿Qué?
Maldición… Edmond se había dado cuenta del problema con el que se había topado.
Aunque era incapaz de ver sus propias manos, su imaginación le permitió retener su cuerpo de acercarse a alguno de los pequeños pilares.
Cerró los ojos y se concentró.
Sus pensamientos seguían rebotando fuera de su cabeza como la primera vez, pero, aunque no podía oírlo, había descubierto que una voz se ocultaba bajo sus palabras.
Podía sentir que la voz no le pertenecía y su instinto le decía que la voz era gruesa pero débil y áspera como la voz de un anciano.
— ¿Así que un guardián es la codicia?
Justo cuando aquellos pensamientos rebotaron, Edmond sintió como sus manos dejaron de luchar; la habitación se iluminó en un parpadeo, dejando ver las decoraciones orientales bañadas en oro que llenaban la misma.
— ¿Oh?
Me sorprende que hayas llegado a esa conclusión en tan solo tu segunda visita.
— Se puede decir que me he encontrado con varios de tu tipo.
Edmond giró su vista y notó como las personas cruzaban la entrada de la pagoda una tras otra, cerrando sus ojos al entrar antes de ser envueltas por una extraña nube oscura.
— Entonces es por eso que no podía ver nada.
Por un momento pensé que era una prueba espiritual.
— mencionó casi en un susurro.
— ¿Una prueba espiritual?
— La voz mostraba desconocer de qué hablaba.
— No es nada importante.
— Los ojos de Edmond divagar entre los objetos amontonados.
— ¿Qué quieres a cambio de eso?
— ¿Hablas de esa perla?
— No, me refiero a la piedra que está fuera de la pagoda.
— Dijo con una sarcástica risa.
— Tú… ¿No tienes respeto?
— La voz se notaba molesta ante la actitud por parte de Edmond.
— Mi culpa, es una mala costumbre, responder con sarcasmo a preguntas estúpidas.
— No la tendrás.
— Entonces nos vemos, disfruta de tus últimos minutos de vida.
Edmond aparentaba haber renunciado a la idea de obtener la perla y se retiró con las manos en los bolsillos de la pagoda.
— ¡Detente!
¿A qué te refieres?
— La voz, curiosa por sus palabras, exclamó.
— ¿Cuánto tiempo llevas siendo una voz?
— Edmond se detuvo, girando solo su cabeza para ver un pequeño montículo de objetos.
— ¿Hasta sabes eso?
— Desde el montículo de objetos, una pequeña figura se asomó, era un ratón que, a primera vista, parecía estar hecho de jade.
— ¿Alrededor de tres siglos?
— Es por eso que me di cuenta.
Tú y yo lo sabemos, una influencia que no puede cumplir su función se verá degradada y perderá su derecho.
En tu caso, perderás tu voz y dudo que puedas desarrollar otra en unos… ¿Miles de años?
Las palabras de Edmond eran claras mentiras, pero el tono despreocupado y sin vacilar con el que lo decía, hicieron que el pequeño ratón se preocupara, no quería desaparecer.
En el pasado, Edmond se había encontrado con varias “influencias”, seres u objetos que obtuvieron la capacidad de influenciar en los pensamientos de las personas de diversas formas, siendo llamados “voces” aquellos que lo hacían con palabras.
La labor de estos era, simplemente eso, influenciar en las personas que se cruzaran en su camino, pero no existía algún castigo real por no hacerlo.
Su “influencia” era lo mismo que las habilidades para los despertados, solo una capacidad que tenían.
Edmond aprovechó el hecho de que esa voz carecía de conocimientos sobre su propia existencia para su objetivo.
Debido a se aisló en aquella pagoda, solo siguió sus instintos mientras desarrollaba una conciencia y nunca conoció alguna existencia similar; aunque algunos pudieran pensar lo contrario, esta situación era más común que un niño pisando una hormiga por accidente mientras juega.
— ¿Eso no significa que mi función falló al no conseguir que tomes alguna de las dos opciones?
— Tu función es “Que la codicia brote y tome el objeto frente a él, ¿no?
En este caso, mientras no me vaya sin tomar algo, todo bien.
— Viendo al pequeño Ratón, Edmond se acercó a la perla y soltó una pequeña risa — Pero si cierras la puerta y evitas que me vaya, nadie podrá entrar, causando que, de igual manera, no cumplas tu función.
El ratón asintió con la cabeza sin decir lo más mínimo, no podía negar que le jugaría en contra el cerrar la puerta, por lo que consideró las palabras del joven antes de asentir.
— No planeo dártela fácilmente.
Todos dejaron algo a cambio, tú también, no te irás sin dejar algo de mayor valor.
— Ahora suenas como una verdadera voz — Edmond rio y añadió.
— ¿Sabes lo que es un “despertar”?
— ¿Hablas de esos “despertados”?
— preguntó con desprecio.
— No, no hablo de ellos.
Habló del proceso en el que transformas tu cuerpo para que tome otra forma.
Seguro te servirá para poder sobrevivir fuera sin que te confundan con algún accesorio.
— ¿Y eso de qué me serviría?
— Mencionó con claro desinterés.
— Piénsalo así.
Ya lo habrás odio de las otras personas pero ahora estamos en una “mazmorra de almacenamiento”, en cualquier momento se van a acabar los recursos y la mazmorra va a cerrarse, dejándote en la Tierra.
Al ser una voz, todos van a codiciar las cosas estando cerca a ti.
Viéndote, cualquiera te tomaría y, quien se dé cuenta de lo que causas, te podría romper fácilmente.
Ante las palabras de Edmond el ratón se asustó, pero sin esperar respuesta, Edmond continuó.
— Si usas un pequeño método para despertar y tomar forma humana, seguro podrás controlar tu voz y evitar que te destruyan.
No querrás terminar hecho añicos ¿O sí?
— Hm — El ratón asintió.
— He estado mucho tiempo acá, así que solo puedo confiar ciegamente en tus palabras.
— ¿Entonces es un trato?
— Nn — Bien, entonces me quedo con esto y… — Tomando un pequeño pincel plateado de entre los cientos de objetos, Edmond se acercó al ratón y lo tomó en mano — No sé si duela, normalmente dicen que no, pero evita moverte.
Teniendo como respuesta un movimiento ligero de cabeza del ratón, Edmond deslizó la punta del pincel por la espalda de la criatura, tallando algunas pequeñas runas en él; runas que se extendieron hasta las patas y el pecho del pequeño ratón, marcándose como pequeñas escamas.
Tras acabar, Edmond se retiró de la pagoda, dejando varias indicaciones al ratoncito.
Durante los siguientes días, las personas que entraban y salían de la pagoda iban disminuyendo, la atracción que sentían por conseguir todos los objetos que podían se había apagado, era claro que su codicia había vuelto a la normalidad y el sentimiento de desespero por escapar de la mazmorra volvía a crecer; su desespero era la moneda de cambio para las cosas que habían obtenido; mientras que Edmond había usado diez días de vida solo por una cesta de comida.
Esa era la diferencia de valores entre el tiempo de vida y las emociones ante los ojos del pequeño ratón.
— ¿Debí haber pedido un anillo espacial?
— Edmond sacudió la cabeza — No, aunque va a ser caro durante un tiempo, esto es mucho mejor a largo plazo.
En otra parte de la mazmorra, el joven de cabellos castaños, que se había encontrado con Edmond tiempo atrás, ahora se encontraba rodeado de distintas criaturas hostiles a él.
El sudor caía por su rostro en grandes cantidades, llegando a confundirse con lágrimas; sus brazos tenían heridas que, mezcladas con el sudor, dejaban caer la sangre de su cuerpo como gotas constantes; a sus pies se encontraban varios cadáveres, desde caballos hasta lobos alados y monstruos de tres cuernos.
Quien viera la escena, pensaría que pasaron decenas de días, pero todo comenzó solo dos horas atrás.
Tras encontrarse con Edmond y recibir el [Suero del despertar] había estado vagando por los alrededores, observando con curiosidad las criaturas a su alrededor.
Aunque sabía que tenía la jeringa en su bolsillo, no fue hasta después de mojar su rostro con un poco de agua del lago que acaba de encontrar, que decidió observarla.
Ligeros rastros de miedo y nerviosismo se mostraban en su rostro mientras observaba cómo la aguja se acercaba a su brazo.
El chico tenía la intención de introducir la aguja en su piel, pero su mano temblaba ligeramente, dificultando el proceso.
Como un niño pequeño, el saber que una aguja iba a introducirse en su cuerpo le atemorizaba, aunque supiera que nada malo iba a suceder.
— Ah… No puedo Con una voz temblorosa, guardó la jeringa y observó el lago que reflejaba su mueca de decepción.
Tocó la superficie del lago con su dedo índice y varias ondulaciones distorsionaron su reflejo mientras recordaba el origen de su temor.
Desde pequeño, siempre tuvo miedo de las agujas, llorando a borbotones cada vez que tenía que vacunarse.
Cuando los despertados aparecieron, consideró que era una buena oportunidad para superar su miedo.
«De seguro hay alguna habilidad que se deshaga de mi miedo», pensó.
— Aunque pueda sonar estúpido, quiero serlo.
Su mano temblaba levemente, sacudiendo la jeringa; su mente estaba repleta de distintos pensamientos, muchos inútiles, pero sabía que ser un despertado no era algo fácil, menos desde que las probabilidades de despertar en una mazmorra eran cada vez más escasas.
Aunque su idea de ser un despertado para superar el miedo a las agujas era algo tonto, no podía evitarlo; sumado a los otros motivos “sin mucha relevancia” que tenia, le motivaron a volverlo a intentar.
— ¿“Te deseo suerte”?
Al tratar de introducir la aguja en su brazo, las palabras de Edmond resonaron en su mente e inconscientemente las repitió, haciendo que se detuviera al notar lo extraño.
— ¿A qué se refería?
Tras unos segundos sin respuesta ante su duda, el chico sacudió su cabeza y considero que las palabras no tenían un significado oculto; por el contrario, le acababan de dar una gran oportunidad a cambio de un simple collar que encontró mientras deambulaba por la extraña mazmorra.
No podía negar que le parecía extraño y se cuestionó si el suero que tenia era real, pero ya que no estaba seguro solo apretó sus dientes y decidió confiar en su suerte.
Un respiro, dos respiros, tres.
El chico iba contando y controlando su respiración para calmar sus nervios; un truco que aprendió en la escuela secundaria.
Tras llegar a diez, rápidamente clavó la aguja en su brazo derecho e introdujo el líquido en su cuerpo; dos segundos después, un ligero dolor atravesó su cuello, causando que perdiera la conciencia por un par de minutos.
Diversos gruñidos rodearon al joven que recién despertaba.
Al voltear su cabeza, notó como había sido rodeado por decenas de las pacíficas criaturas, quienes se comportaban de una manera diferente a lo que recordaba.
El brillo rojizo en sus ojos y la posición de alerta que tenían daba a entender que el joven era visto como un enemigo.
Sin saber qué estaba pasando, el chico fue sorprendido por la ventana azul que surgió frente a sus ojos.
[Antiguas tierras del sol] Estado: «Semi-despertado» Misión: Recuperar las pérdidas tierras del sol.
Condición:???
(0/30) Recompensa: Colisionador [Almacenamiento] Lanzón monolítico.
Aceptación y despertar completo Aunque el joven no entendía su situación, la ventana frente a sus ojos era una prueba de que había despertado, o al menos casi lo había hecho; solo le faltaba ser aceptado por una deidad, y su despertar estaría completo.
Pegando un grito, el joven no pudo evitar saltar y elevar sus manos de felicidad, solo para salir volando debido al impacto de ser embestido por un ciervo alado.
Rodó un par de metros, causando que repetidos quejidos de dolor se escaparan; su cuerpo estaba repleto de heridas y la sangre había comenzado a correr por su codo izquierdo.
— ¿Pero qué… Apretando sus dientes para soportar el dolor, sus ojos comenzaron a bailar entre la ventana azul y su agresor.
La condición desconocida había sufrido un cambio en ese corto tiempo, pasando de “0/30” a “-10/40”, lo que confundió enormemente al joven.
Las criaturas seguían rodeándolo, acercándose a paso lento.
— ¡¿Por qué hicieron eso?!
Mientras preguntaba, desconcertado, una segunda ventana surgió frente suyo.
[Antiguas tierras del sol] Tierras antiguamente vigiladas por los hijos del sol, tras ser invadidas por una civilización extranjera, pasaron a ser territorio de las bestias salvajes, quienes atacaran a quien busque recuperar lo que le perteneció a sus predecesores.
Junto a la nueva ventana, una pequeña ruleta surgió en la esquina inferior izquierda del campo de visión del chico; la misma estuvo girando sin intención alguna de detenerse durante un largo tiempo; el chico, con una ligera idea de lo que sucedía frente a él, pensó en que la ruleta se detuviera y esta lo hizo, apuntando a una pequeña daga.
El sistema de ruleta que parecía frente a todos los despertados, ya sea intercambiando méritos o como recompensa por misiones, había aparecido frente al chico debido a la situación en la que se encontraba y le entregó una daga de veinte centímetros como arma.
La descripción de la misma era simple pero cuando el chico, tras dudarlo, la tomó en sus manos, pudo sentir como si la hubiera manejado durante un largo tiempo.
— Hap Con un rápido e incompleto suspiro, el chico rodó a un lado, impulsando su cuerpo lo suficiente como para elevarse unos centímetros en el aire.
Soportando el dolor de golpear su espalda con el suelo, buscó la forma de ponerse en pie.
No fue la mejor maniobra ni la más limpia, pero tras ver el cráter creado a menos de un metro, donde se encontraba recostado anteriormente, estaba seguro de que el dolor lo había valido.
Soltando un “casi muero” entre dientes, el chico vio cómo la criatura, similar a un oso, saltaba hacia él por segunda vez.
Retrocediendo en un salto, el chico sintió como su cuerpo fue lanzado hacia un lado por un lobo, rasgando la parte trasera de su sudadera en el proceso.
Al haber despertado recientemente, su experiencia en combate era nula y únicamente de su suerte para sobrevivir.
Tras volver a caer, notó que el contador volvió a cambiar, “-20/30”.
— ¿Qué puedo hacer?
Y cayendo en duda, sus piernas y brazos comenzaron a temblar.
Estar rodeado de tantas criaturas con mayor fuerza a él era lo mismo que ser sentenciado a muerte y solo ahora que las criaturas habían bajado su intensidad, se dio cuenta de su situación.
Abalanzándose una tras otra, las criaturas iban destruyendo la ropa del chico que apenas era capaz de esquivarlos; las lágrimas no dejaban de caer de su rostro; los gritos de ayuda que en algún momento salían incansablemente de su boca se habían detenido; su rostro mostraba el dolor ocasionado por los profundos cortes en su torso y espalda, sumado a los ligeros pero incontables que lo cubrían por completo.
Las criaturas, antes de que alguien se diera cuenta, habían comenzado a jugar con el joven, tomando turnos para atacar y dejando apenas tiempo para que recupere parte de su aliento.
Las heridas del joven, quien se negaba a su aparente destino, aumentaban mientras inútilmente intentaba evitarlo.
— …
En búsqueda de un último grito de auxilio, el joven intentó abrir su boca, pero ni una sola palabra salió.
— *Cling* Y así, la daga que era apenas sostenida por su mano derecha, bañando la empuñadura en sangre, cayó contra una piedra al lado de su cuerpo.
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