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Vestigios de un viejo mundo: Los dos lados de una moneda - Capítulo 9

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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 Frente a una pequeña y desolada tienda, Edmond estiraba su cuello; era la única persona en un radio de cien metros, teniendo el local como centro.

Aunque era un día de semana, las personas no cruzaban por la zona debido a la alerta de mazmorras.

— Todavía me fastidia saber que no pude cambiar el primer hito.

Aunque ya me he lamentado demasiado, me sigue siendo incómodo.

Como sea, al menos puedo evitar que este hito se repita.

Más ahora que ese hipócrita no está cerca.

Llevando su mano al bolsillo frontal de su chaleco negro, Edmond comprobó que la pequeña perla estuviera ahí y no se hubiera caído.

Aunque tenía la opción de guardarla en la mochila de cuero que le dio su amigo, decidió no hacerlo; en cambio, la utilizó para guardar varias raciones de comida y algunas piezas más que consideraba le iban a servir.

Con un “Ahí vamos” en su mente, Edmond desapareció, dejando ver una distorsión en el espacio sobre una dorada vara enrollada por una serpiente.

El segundo hito de la humanidad había comenzado.

Tras la desaparición de Edmond, el grupo de despertados se acercó a ver el colisionador, querían comprobar a qué grupo pertenecía pero no pudieron evitar verse el uno al otro con los ojos abiertos tras observar los resultados.

Por su lado, Edmond se encontraba en un limitado campo, el sol no se ubicaba por ninguna parte, pero el cielo azul seguía ahí.

Rodeado de tantas plantas, nadie negaría que la vista era fantástica, lo deseado por almas libres pero, ante los ojos dorados de Edmond; quien dejó caer sus hombros en un suspiro; no era más que una melancólica escena que marcaba sus primeros malos recuerdos.

Edmond sacudió su cabeza un par de veces y comenzó a buscar a su alrededor.

El campo no era muy grande, pero sí lo suficiente como para que cientos de diversas plantas extrañas crecieran, todas llamativas por sus formas y colores, pero ninguna lo suficiente como para que él se interesara por más de diez segundos.

Caminando sin aparente rumbo, Edmond no dejó de analizar las plantas una por una, hasta que encontró una que llamara su atención: El tallo, que era tan largo como su brazo, estaba dividido en una mitad superior más delgada que la inferior, mientras que la corola poseía cinco largos pétalos anaranjados que se enrollaban entre sí, dando la impresión de estar viendo la cola de un león.

— [Cola de grifo].

Sabía que recordaba haber visto una en el pasado.

Con una notoria sonrisa en su rostro, Edmond se agachó para tomar la flor.

Apenas la recogió, su verdoso tallo tomó un color amarillento.

Sin perder el tiempo, Edmond apretó la punta del tallo fuertemente con sus dientes.

Una fuerte oleada de calor se disparó desde su cuerpo en el momento que sus dientes hicieron contacto con el tallo, causando que la mayor parte de las plantas se volvieran cenizas al instante.

El cielo azul se tiñó de marrón y las paredes que parecían limitar el campo se derritieron, dejando ver que realmente se encontraba en una cueva.

Edmond ignoró el cambio, ya lo había visto en el pasado y, actualmente, no tenía tiempo para sorprenderse.

Cerró sus ojos y tomó la posición de loto en medio de las cenizas mientras evitaba que el tallo se cayese; repetidas olas de calor salían despedidas desde su cuerpo de manera constante, causando que los muros de la cueva comenzasen a derretirse lentamente.

En unos pocos minutos, el calor del entorno llegó al punto de distorsionar por completo la figura del azabache y evaporar las gotas de sudor que escapaban de su cuerpo.

Confiando en sus recuerdos, Edmond preparó varias piedras elementales celestes que mantuvieron su vida colgando de un hilo durante los diez minutos que habían transcurrido.

Su rostro se deformó por el cansancio y el decreciente oxígeno; el dolor no era algo que no hubiera experimentado antes, pero sí era algo nuevo para su cuerpo, lo que hizo que la experiencia fuera mucho más complicada de lo que esperaba.

El dolor que Edmond experimentó provino principalmente de su carne, la cual lentamente se iba quemando por la temperatura.

Como si fuera un pollo, estaba siendo hervido por la combinación de las piedras elementales y la temperatura, pero era mucho mejor que no tenerlas; el suelo de la cueva ya poseía pequeños charcos de roca fundida.

Aun así, un despertado normal no sería capaz de soportar esa temperatura sin desmayarse a los pocos segundos, pero Edmond era capaz de resistirlo gracias a la propia flor.

De la corola se despedía un brillo dorado que obligaba a Edmond a mantenerse despierto.

Con el paso de los segundos, los pétalos amarillos fueron quemándose uno por uno, hasta dejar solo su centro, el motivo por el que recibía el nombre de [Cola de grifo].

Así como los grifos poseen características del león y el águila, esta flor parece una cola de león desde el exterior, mientras que bajo sus pétalos se escondía un pistilo con la forma del pico de un águila.

Es debido a este pistilo que Edmond, por más dolor que sintiera, no era capaz de desmayarse.

Cuando los pétalos de la se quemaron por completo, las olas de calor que salían del cuerpo de Edmond se detuvieron por completo; trayendo consigo una abrupta disminución de la temperatura, que causó que los órganos del azabache se rompiesen cuál cristal.

— ¿Cuántas personas ya vamos?

Una mujer que roba la mirada de cualquiera cuando camina por las calles expresaba su molestia.

En respuesta, un joven de voz gruesa, que no iba acorde a su delgada y desnutrida apariencia, hablo.

— 26 en total, todos despertados.

— ¿Es así?

— Llevando su mano a la cabeza, tomó el clip de su cabello.

— ¿Descubriste de qué se tratan las dos puertas?

— Aún no tenemos suficiente información pero sabemos que se necesitan 30 personas para que se abran.

— Muy bien Dave, eres muy inteligente al decirme lo que yo descubrí.

Terminando de esa manera la conversación, la mujer de prominentes muslos empezó a acariciar el peluche en forma de polilla que tenía entre sus manos.

El joven solo pudo soltar una amarga sonrisa ante aquellas palabras.

Aunque su nombre no era nada similar al que la mujer usó para llamarle, no podía replicar.

Teniendo dos grandes puertas de metal, la cueva sin aparente entrada era lo más profundo a lo que pudieron llegar, un destino final al que llegaban sin importar qué ruta hubiesen tomado, por lo que se volvió un centro de reunión a las pocas horas.

Al inicio existían quince túneles que conectaban con la cueva, pero cada vez que un grupo llegaba, el túnel por el que cruzaron se cerraba, mostrando unos filosos dientes que destrozaban el aire antes de mimetizarse con las rocosas paredes.

Cuando la mujer, que solo observaba su peluche de polilla, se dio cuenta de este hecho, buscó la forma de abrirse paso para regresar, pero no consiguió nada.

Otros hicieron lo mismo, lo que les llevó a sufrir heridas en sus nudillos tras golpear los inexistentes túneles.

Con lo poco que podían hacer, muchos despertados decidieron esperar a que el requisito se cumpla; aún quedaban tres canales por donde podían llegar; y comenzaron a jugar con cartas, o creando tableros con sus habilidades.

Los despertados estaban acostumbrados a tener que esperar por la naturaleza de las mazmorras, ya que la tecnología era inútil la mayoría, los juegos de mesa recobraron su popularidad, pues no son pocos los que se aburren cuando tienen que esperar por horas o días sin nada que hacer.

Por su parte, la mujer se centró en investigar las raras inscripciones que rodeaban las puertas; era la primera vez que veía ese extraño estilo de escritura pero, tras un largo tiempo, solo pudo descubrir el requisito que coincidía con lo señalado en la ventana azul que flotaba ante sus ojos.

— ¿No es extraño?

En un grupo formado por cuatro personas, un hombre de cabellos dorados dejó caer un naipe.

— ¿A qué te refieres?

— Hablo de que ya ha pasado un tiempo desde que la última persona llegó a esta madriguera.

— Tienes razón ¿Algo pudo haberles pasado?

— ¿Pasarles algo?

¿No hemos comprobado todos que comenzamos en lugares idénticos?

— Desde otro grupo, una mujer alzó la voz mientras dejaba ver su rostro.

— ¿Entonces por qué no llegan?

— ¿Será que no entrara nadie… «Más?» El hombre no llegó a terminar sus palabras; una de las tres entradas se cerró abruptamente.

— ¿Eh?

Como si fueran un solo ser, todos los despertados giraron su cabeza hacia el túnel que estaba desapareciendo, deteniendo todo movimiento anterior.

— ¿Se cerró?

— ¿Una mazmorra defectuosa?

No existía otra opción en sus mentes.

Cuando el túnel se cerró, el indicador aumentó de veintiséis a veintiocho, lo que dejó lleno de confusión a los despertados, quienes comenzaron a cuestionarse los motivos.

Para calmarlos, la mujer con el peluche de polilla habló.

— No piensen de más.

Las habilidades no están restringidas en este lugar, por lo que no es extraño que alguien tímido entre usando alguna habilidad de camuflaje.

Parándose en medio de la cueva, la mujer ya no tenía el peluche, solo un collar de polilla adornando su cuello; los despertados se vieron entre ellos durante algunos segundos, comunicándose con los ojos mientras aceptaban aquellas palabras.

— Relájense, no les obligaremos a presentarse pero espero que puedan ayudarnos cuando sea necesario.

— Con una sonrisa, los ojos de la mujer apuntaron al inexistente túnel.

No recibió respuesta alguna pero tampoco le dio importancia, solo continuó con lo suyo.

Siguiendo su ejemplo, los otros despertados volvieron a sus juegos.

Tras unos minutos, la penúltima persona llegó.

Vestido con una chamarra azul, ocultó su rostro bajo su gorra mientras se movía cerca de la pared.

Los despertados le dieron un vistazo cuando el túnel se cerró, pero al ver que no quería hablar, se quedaron en lo suyo.

Las horas pasaron y los despertados se aburrieron de repetir los mismos juegos una y otra vez, lo que los llevó a mezclarse entre grupos para cambiar de aires.

Aun así, la incomodidad y ansiedad que sentían por la ausencia de la última persona se mantenía en sus corazones.

— ¡Argh!

¡Si pudiera ya hubiera ido a por él!

Una voz se alzó en frustración.

Todos pensaban igual pero, para evitarse problemas, nadie lo dijo.

Aquella persona era igual, pero su paciencia encontró su límite tras enfrentarse a su vigésima derrota.

Como dijo el hombre, los despertados se frustraron al saber que no podían hacer nada; algunos intentaron cruzar el túnel pero, cuando se acercaban, el mismo mostraba sus filosos dientes que amenazaban con aplastarlos si se acercaban.

— ¡¿Cuánto más vamos a esperar?!

— ¡¿Cómo quieres que alguien lo sepa?!

Como una avalancha, el primer grito ocasionó que los despertados expusiesen su frustración a través de preguntas y acusaciones, lo que provocó que una nube de irritabilidad se levantase.

Algunos comenzaron a activar sus habilidades, preparándose para atacar, cuando una voz les interrumpió.

— ¿Oya?

Pronunciando una onomatopeya que había leído, un joven cruzó el último túnel.

Los despertados, ante dicha aparición, soltaron suspiros de alivio y felicidad, ya no tenían que seguir esperando.

— ¿Por qué me están mirando todos?

— ¿Qué te sucedió?

— Dave se abrió camino entre los despertados, acercándose al joven.

— Nada en particular, solo… malos cálculos.

— Respondió con una amarga sonrisa.

La pregunta de Dave no carecía de fundamento; el joven frente a él tenia el chaleco negro y su pantalón chamuscados, mientras que su camiseta tenia huecos, causados por claras quemaduras pero, su piel se veía intacta.

— ¿Malos cálculos?

De cualquier manera, me alegra que hayas llegado.

Contigo, el requisito se cumplió.

Soltando una sonrisa de alivio, Dave elevó sus ojos e hizo contacto visual con el joven, aunque este no se percató del gesto.

El joven movió sus pupilas de un lado a otro, cruzando las puntas negras de sus blancos cabellos mientras parecía seguir con su vista, algo en particular.

Curioso ante su comportamiento, Dave volteó, pero no logró ver nada.

— ¿Oh?

¿Sabes quién es?

— No.

Sin vacilar, Dave negó con la cabeza ante la pregunta del joven.

No era difícil saber a quién se refería debido a la dirección en la que su dedo apuntaba.

«No importa» El joven no fue capaz de pronunciar esas palabras.

Desde el medio de las dos puertas, una esfera de cristal surgió.

Los despertados giraron en su dirección, alertados por el constante sonido que emitía, similar a la ruptura de un cascarón.

Moldeando su forma, la esfera pronto tomó una apariencia humanoide.

— Bienvenidos — Tras elevar dos de sus cuatro brazos, su voz retumbó.

— a esta “Prueba celestial”.

— ¿Prueba celestial?

Como loros, todos repitieron a la vez; algunos murmurando y otros gritando.

La figura los ignoró y continuó con la dualidad de su voz, que combinaba la agudeza de un niño y la aspereza de un anciano.

— Ahora que los treinta elegidos llegaron, tienen el derecho de cruzar una de las dos puertas.

Aunque hizo una pequeña pausa, no fue lo suficiente para que alguno preguntara algo.

Sus brazos restantes se estiraron, señalando cada uno una puerta.

— Detrás de cada puerta hay cinco pruebas que medirán sus capacidades y, al final de la última prueba, decidirán el futuro de la humanidad.

— ¿El futuro de la humanidad?

— La mujer con la pulsera de polilla preguntó.

— Exactamente.

Ambas puertas poseen diferentes pruebas que les darán las pistas necesarias, pero dependiendo de cuál de las dos opciones elijan, un castigo o una recompensa caerá sobre la humanidad.

— ¿Qué clase de castigo y recompensa?

— Una de las tantas personas preguntó, alzando su mano hasta la altura de su cabeza.

— ¿Quién sabe?

Pero lo que suceda depende completamente de ustedes.

— Con una pequeña sonrisa detrás de la aparente máscara, el humanoide respondió.

— ¿Solo hay eso?

— Claro que no.

Sería muy injusto que ustedes, quienes se esfuerzan por superar las dificultades, se vayan con las manos vacías.

Por eso recibirán diversas recompensas al completar cada prueba.

Una chica con claro disgusto en su tono preguntó y el humanoide respondió casi al instante.

— ¿Oh?

Esto es interesante.

El humanoide fijo su vista en dirección al joven de ropa chamuscada.

Él se encontraba tocando su cabeza con una ligera muestra de dolor.

Si no tuviese aquella máscara, algunos notarían que no miraba al joven en particular, sino que observaba su sombra y su interior.

— Algo… Se acabó el tiempo «¿Alguna pregunta más?», fueron las palabras que nunca salieron.

La figura humanoide volvió a desfigurarse y moldearse hasta tomar la figura de un huevo.

El mismo, tras hacer contacto con el suelo de la cueva, fue devorado de un mordisco.

«Eso fue muy simple» pensaron todos.

Por lo menos la mitad de los presentes era consciente de que si una prueba de tal importancia se estaba dando, entonces no sería extraño que se les diera información extra en forma de incógnitas o mensajes subliminales, pero aparte de la información que tenían en la ventana de misión, no tenían nada.

La información tampoco era de mucha ayuda.

Aparte de resumir en forma de tareas lo que debían hacer, no había información alguna.

— Entonces lo haremos así.

La mitad irá por la puerta de la izquierda y la otra mitad irá por la puerta de la derecha.

Hay que dividirnos.

— ¿Por qué haríamos eso?

— Una de las personas replicó.

— Es la mejor opción, así será más fácil llegar al final y saber qué son esas “pistas” ¿O acaso quieres ser el responsable de un desastre?

— respondió Dave… — No hubo tiempo para preguntarle, pero ¿Qué tal si tras cruzar una puerta, no hay vuelta atrás?

Si eso pasa, lo mejor es tener a la mitad de las personas para que presionen el botón correcto.

— Explicó la mujer del collar de polilla.

Asintiendo, los despertados recogieron sus cosas.

Siendo divididos por la mujer, se tomaron unos minutos para coordinar algunos detalles antes de cruzar las puertas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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