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​Viuda por Contrato - Capítulo 100

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Capítulo 100: Capítulo 99: Yo no soy la sombra

​Capítulo: El Rugido del Abismo Primigenio

​El silencio que siguió al rayo orbital no fue de paz, sino de vacío. En Punta Silencio, los pájaros que habían sobrevivido a la tormenta cayeron muertos, con sus corazones estallados por la frecuencia sónica. El sargazo, antes vibrante y protector, se pudría a una velocidad antinatural, desprendiendo un olor a azufre y salitre rancio que envolvía la isla como un sudario.

​Jena Silva yacía sobre el Trono de Coral Negro. Su piel, antes luminosa, estaba cubierta de grietas de las que emanaba un vapor negro. El ataque de Thorne no solo había herido su cuerpo; había astillado su conexión con la conciencia colectiva del océano. Pero en ese estado de agonía, en ese espacio entre la vida y la disolución, Jena había hecho lo impensable. Había gritado hacia abajo. No hacia la superficie, no hacia su familia, sino hacia las capas tectónicas donde el agua se encuentra con el fuego del núcleo.

​—¿Qué has hecho? —susurró la voz de Silas. Su imagen holográfica estaba distorsionada, pareciendo un fantasma de estática azul—. Jena, las lecturas sísmicas… algo se está moviendo en la Fosa de las Caimán. Algo que no pertenece a este ciclo geológico.

​Jena no respondió con palabras. Sus ojos, ahora inyectados en una oscuridad líquida, miraban hacia el cenit.

—Ellos querían un arma —murmuró ella, con una voz que parecía el roce de dos placas de hielo—. Yo les he dado el origen de todas las armas.

​El Desembarco de los Ciegos

​Las barcazas de asalto de Thorne Industries tocaron la arena de la playa con un golpe metálico. Soldados vestidos con trajes de presión hidrostática y armados con rifles de pulsos descendieron, rodeando el trono. Detrás de ellos, una plataforma flotante transportaba a Arthur Thorne. Él no vestía armadura; solo un traje de seda gris, protegido por un escudo personal que desviaba las cenizas que caían del cielo.

​—Mírate, Jena —dijo Thorne, caminando sobre el coral muerto que crujía bajo sus botas de diseño—. Tan poderosa y, al final, tan predecible. El amor es un error de programación en la especie humana. Usamos un señuelo de tu hija y abriste la puerta de par en par.

​Jena levantó la cabeza. Una sonrisa sangrienta cruzó su rostro.

—Crees que la puerta la abrí para ti, Arthur. Pero yo solo estaba sujetando el cerrojo de algo que quería salir desde antes de que los humanos tuvieran pulgares oponibles.

​En ese momento, el mar se detuvo. Literalmente. A un kilómetro de la costa, el agua empezó a retroceder. No como en un tsunami ordinario, sino como si el océano estuviera siendo succionado por un desagüe invisible en el lecho marino.

​—Señor… —la voz de uno de los oficiales de Thorne tembló por el comunicador—. Tenemos un evento sísmico de magnitud 9.2 justo debajo de nosotros. Pero no hay ondas de choque. Hay… succión.

​Los Devoradores de Estrellas

​Desde las profundidades de la fosa, emergió lo que Jena había invocado: Los Arcontes del Hado.

​No eran criaturas biológicas en el sentido que Thorne entendía. Eran masas de materia orgánica densa, cubiertas por placas de un mineral que no existía en la tabla periódica, algo forjado por la presión de diez mil atmósferas. Eran los restos de una evolución anterior a la gran extinción del Pérmico, seres que no necesitaban luz ni oxígeno, sino que se alimentaban de la energía térmica y la conciencia de los seres vivos.

​El primero de ellos surgió del vacío dejado por el agua. Medía trescientos metros de altura. No tenía rostro, solo una hendidura vertical que brillaba con un fuego blanco interno. No emitió un sonido, pero la realidad misma pareció curvarse a su paso.

​Los soldados de Thorne dispararon. Sus rifles de pulsos, capaces de atravesar tanques, rebotaron contra la piel de la criatura como si fueran guijarros. El Arconte simplemente pasó por encima de ellos. No los aplastó; al caminar cerca, la energía vital de los hombres fue drenada instantáneamente, dejando tras de sí momias secas envueltas en trajes de combate intactos.

​—¡Retirada! —gritó Thorne, su arrogancia evaporándose ante la visión de algo que no podía ser catalogado ni controlado—. ¡Al Leviatán II! ¡Fuego de cobertura ahora!

​El Caos Global

​La orden llegó tarde. Los Arcontes no estaban solos en Punta Silencio. Jena había roto los sellos en siete puntos estratégicos del globo. En las costas de Nueva York, Tokio y Londres, el mar empezó a comportarse de la misma manera.

​En el Ícaro, a cientos de millas de distancia, Damian y Mia sintieron el cambio. El motor del bote se detuvo. El agua alrededor de ellos empezó a hervir, pero el vapor era frío.

​—Papá, los abuelos de la Tierra han despertado —dijo Mia. Estaba de pie en la proa, con el cabello plateado ondeando bajo un viento inexistente—. Mamá los llamó para que se comieran el ruido de los hombres malos. Pero ellos tienen mucha hambre. No van a parar con Thorne.

​Damian abrazó a Alexander, sintiendo un terror que le helaba los huesos.

—¿Puedes hablar con ellos, Mia? ¿Puedes decirles que se detengan?

​Mia cerró los ojos. Sus manos brillaron con una luz blanca que luchaba contra la oscuridad que venía del horizonte.

—No escuchan palabras, papá. Solo escuchan el hambre. Mamá se ha convertido en su faro. Mientras ella esté en el trono, ellos seguirán viniendo.

​La Batalla en la Playa de Ceniza

​De vuelta en la isla, Arthur Thorne intentaba llegar a su lanzadera, pero el suelo bajo sus pies se convirtió en una masa de tentáculos de obsidiana. Jena, recuperando una fuerza prestada por el abismo, se puso de pie. Las heridas de su cuerpo se cerraron con cicatrices de obsidiana.

​—¿Querías el secreto de la inmortalidad, Arthur? —Jena caminó hacia él. El aire a su alrededor era tan pesado que los escudos electrónicos de Thorne empezaron a chisporrotear—. Aquí lo tienes. Es la nada. Es el regreso al caldo primordial donde no hay nombres, ni empresas, ni familias.

​—¡Puedo ayudarte! —suplicó Thorne, retrocediendo hasta el borde de un acantilado de coral—. Tenemos la tecnología para estabilizar tu mente. Podemos contener a esas cosas juntos.

​Jena lo tomó por el cuello. Su mano era fría como el fondo de una fosa marina.

—Ya no hay un “nosotros”. Solo hay el mar y lo que queda después de que el mar limpie el mundo.

​Con un movimiento fluido, Jena lanzó a Thorne hacia el Arconte que se aproximaba. El hombre ni siquiera gritó; su cuerpo se desintegró en partículas de luz antes de tocar la piel de la criatura. El CEO de la corporación más poderosa del mundo no fue más que un aperitivo para una entidad que había visto morir galaxias.

​El Nexo de la Resistencia

​En un búnker subterráneo en la Costa del Esqueleto, un grupo de científicos y exmilitares observaba los monitores. Entre ellos estaba el Dr. Aris Varma, el hombre que originalmente diseñó el protocolo de la Ciudad de Coral antes de que Thorne lo corrompiera.

​—Ella ha activado el Protocolo de Extinción —dijo Varma, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. Esas cosas no son animales. Son correctores biológicos. Están aquí para eliminar la “infección” que consideran la civilización humana.

​—Tiene que haber una forma de detenerlos —dijo una mujer vestida con uniforme de combate, la líder de la resistencia—. ¿Y la niña? Los informes dicen que Mia Silva tiene una firma genética única.

​—Mia es el contrapunto —explicó Varma—. Jena es la destrucción, el invierno del mundo. Mia es la primavera. Pero para que Mia pueda actuar, tenemos que llevarla al centro del nexo. Tenemos que infiltrarnos en Punta Silencio mientras el mundo se cae a pedazos.

​El Regreso de la Humanidad

​Jena se quedó sola en la playa. Los Arcontes habían comenzado su marcha hacia los continentes, caminando sobre el lecho marino expuesto. La isla estaba desierta, llena de los cadáveres secos de la flota de Thorne.

​Se sentó de nuevo en el trono. El silencio regresó, pero era un silencio pesado, cargado de la culpa de mil civilizaciones. Por un momento, el rostro de Jena volvió a ser el de la mujer que amaba a Damian. Miró sus manos, manchadas de sangre y poder antiguo.

​—¿Qué he hecho? —susurró, esta vez con su propia voz.

​—Lo que tenías que hacer para salvarnos —dijo una voz detrás de ella.

​No era Silas. No era un fantasma. Era una proyección de Mia. La niña estaba allí, translúcida, radiante, de pie sobre el coral muerto.

​—Mamá, los Gigantes de la Noche están destruyendo las ciudades —dijo Mia con tristeza—. Papá está llorando porque sabe que ya no puede volver a casa.

​—No hay casa a la que volver, Mia —dijo Jena, con una lágrima de sal pura corriendo por su mejilla—. He quemado el mundo para protegerte.

​—Entonces tenemos que construir uno nuevo —respondió la niña, acercándose a Jena y poniendo su mano inmaterial sobre el corazón de obsidiana de su madre—. Pero no puedes hacerlo sola. El abismo te está devorando. Tienes que dejarme entrar.

​Jena sintió miedo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo por su hija.

—Si te conectas a mí ahora, la oscuridad te tocará. Te convertirás en esto.

​—No —dijo Mia con una sonrisa que recordaba a la Jena de antes de la tormenta—. Yo no soy la sombra, mamá. Yo soy lo que brilla cuando la sombra es más oscura.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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