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​Viuda por Contrato - Capítulo 99

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Capítulo 99: Capítulo 98: Alma libre

​Capítulo: El Martillo de Acero y el Abrazo del Abismo

​El cielo sobre Punta Silencio ya no existía. Había sido reemplazado por una cúpula de estática violeta y nubes de tormenta que giraban en un vórtice perfecto, con su ojo situado exactamente sobre el Trono de Coral Negro de Jena Silva. Abajo, el océano, su océano, había dejado de ser agua para convertirse en una masa densa de sargazo blindado y lodos bioluminiscentes que palpitaban al ritmo del corazón de la Guardiana.

​Jena no se movía. Permanecía sentada, con los ojos cerrados, conectada al cristal maestro de la Ciudad de Coral. Sus sentidos se extendían más allá del horizonte. No necesitaba radar; sentía el desplazamiento de agua de los cascos de los barcos, el calor de los motores y el miedo de los hombres que los tripulaban.

​—Se están posicionando —dijo la voz de Silas, cuyo holograma parpadeaba violentamente debido a la interferencia electromagnética que emanaba de Jena—. El Grupo de Combate del portaaviones USS Gerald R. Ford está a 200 millas náuticas al norte. Las flotas de la Alianza Euroasiática se aproximan por el este. Y, por supuesto, la flota privada de Thorne Industries está justo detrás de ellos, esperando para recoger las migajas.

​—¿Cuántos? —La voz de Jena no salió de su boca; resonó en las paredes de la Cueva de los Cristales, un sonido sísmico, profundo y carente de emoción.

​—Suficientes para borrar del mapa un continente pequeño, Jena —respondió Silas con tristeza—. Han declarado a Punta Silencio “Amenaza Global de Nivel Extintivo”. No vienen a capturarte. Vienen a esterilizar la zona.

​Jena abrió los ojos. La oscuridad abisal que los inundaba se retiró por un segundo, revelando un verde esmeralda tan intenso que la cueva entera se iluminó.

—La esterilización es un concepto humano, Silas. El océano no esteriliza. El océano consume, recicla y renace. Que vengan. Tengo hambre.

​El Martillo de Acero

​A bordo del USS Gerald R. Ford, el almirante Vance observaba la barrera de tormenta que rodeaba la isla. Vance era un hombre de lógica y metal, un veterano de docenas de conflictos, pero nada en su manual de estrategia lo había preparado para esto. La isla no estaba simplemente en el mar; parecía estar emergiendo de una dimensión diferente.

​—Señor, el análisis de espectro confirma que la anomalía no es meteorológica —informó el oficial de guerra electrónica—. Es un campo de energía biogénica. Está absorbiendo todas nuestras señales de radar y GPS. Si entramos ahí, estaremos ciegos.

​—No necesitamos ver para disparar —replicó Vance—. Iniciamos el Protocolo de Arrasamiento Saturado. Fuego de artillería de riel desde las fragatas escolta. Apunten al centro de la tormenta. Si es un organismo, tiene un corazón. Encontrémoslo.

​A las 04:00 horas, el primer cañonazo de riel rasgó el aire. El proyectil de tungsteno, viajando a Mach 7, cruzó la distancia en segundos. No hubo fuego, solo una estela de aire ionizado.

​La Sinfonía de la Sangre

​Jena sintió el proyectil antes de que entrara en la cúpula. No se inmutó. Extendió su mano derecha hacia el techo de la cueva.

​A kilómetros de distancia, sobre la superficie del agua, una de las Sombras de Vidrio más grandes, una criatura del tamaño de un cachalote con un caparazón de quitina cristalina, emergió del agua en la trayectoria del proyectil. La criatura no atacó; simplemente se sacrificó.

​El proyectil de tungsteno impactó contra la Sombra de Vidrio. Hubo una explosión de luz violeta y sangre azul luminiscente. La criatura fue pulverizada, pero el impacto desvió el proyectil, que cayó inofensivamente en el mar de sargazo, a millas de la Ciudad de Coral.

​”Uno menos” pensó Jena. Sintió la muerte de la criatura, no como un dolor, sino como una nota discordante en una sinfonía. Una nota que debía ser corregida.

​Vance, en el portaaviones, no se detuvo.

—Fuego continuo. Toda la batería de proa. No les den tiempo a regenerarse.

​El cielo se llenó de trazas hipersónicas. Punta Silencio fue bombardeada con una furia que habría reducido a cenizas cualquier ciudad humana. Pero la isla no era una ciudad. Era un organismo.

​Cada proyectil que impactaba era recibido por el sacrificio de la Legión del Abismo. Calamares colosales atrapaban misiles en pleno vuelo y explotaban con ellos. Bancos de medusas con cuerpos cargados de energía estática formaban redes flotantes que detonaban las ojivas antes de que tocaran tierra. La sangre azul de las criaturas de Jena empezó a teñir el mar, convirtiéndolo en un espejo fosforescente.

​El Contraataque Climático

​Jena se cansó de la defensa. Se levantó del trono y caminó hacia la entrada de la cueva, bajo la lluvia eléctrica. Levantó ambas manos al cielo.

​—Tierra, escucha mi voz —dijo, y esta vez su voz fue un susurro que viajó por el viento—. Aire, recuerda tu furia.

​La cúpula de estática violeta comenzó a girar más rápido. La temperatura del aire bajó treinta grados en diez segundos. El asedio humano estaba operando bajo las leyes de la física; Jena acababa de cambiarlas.

​Un tifón de categoría 5 se formó en cuestión de minutos, no sobre la isla, sino alrededor de la flota asediadora. Vientos de 300 km/h golpearon a los barcos de guerra. Olas de cuarenta metros, formadas no solo por el viento, sino por la manipulación directa de la gravedad que Jena ejercía desde su trono, empezaron a estrellarse contra las cubiertas de los destructores.

​—¡Perdemos estabilidad! —gritaban por las radios de la flota—. ¡Los sistemas de navegación están fritos! ¡Los helicópteros están siendo succionados por el vórtice!

​Jena sonrió. Era una sonrisa cruel, desprovista de la mujer que alguna vez fue. Tomó una bocanada de aire y exhaló una nube de esporas bioluminiscentes. El tifón las arrastró hacia la flota. Cuando las esporas tocaron el metal de los barcos, empezaron a crecer.

​No era moho; era coral acelerado genéticamente. El coral se alimentaba del acero y la electrónica. En cuestión de minutos, los cañones de riel quedaron sellados por formaciones de coral rojo coralino. Los radares dejaron de girar, atrapados por una red de algas que crecía a una velocidad visible al ojo humano.

​El Regalo de Thorne

​Arthur Thorne observaba el desastre desde la seguridad del Leviatán II, su nuevo buque insignia situado a 500 millas de distancia, fuera del alcance del tifón. A diferencia de los militares, Thorne no estaba sorprendido. Estaba fascinado.

​—Es magnífica —murmuró, viendo las imágenes satelitales que mostraban cómo la flota del Almirante Vance estaba siendo consumida por un arrecife instantáneo—. Ha superado todas nuestras proyecciones. Ella no es la Guardiana de la Ciudad de Coral. Ella es la Ciudad de Coral.

​—Señor, la Alianza Euroasiática está solicitando permiso para usar armas nucleares tácticas —informó su asistente.

​—No sean ridículos. Eso destruiría el espécimen —dijo Thorne, poniéndose de pie—. Es hora de usar el plan de contingencia. Activen el Proyecto Ícaro Artificial.

​El Leviatán II abrió sus compuertas traseras. De ellas no salió un arma, sino un dron sumergible con una forma muy específica: una réplica exacta del bote en el que Damian y Mia habían huido. Pero este bote no llevaba personas; llevaba un generador de frecuencia biológica diseñado para imitar el pulso único de Mia.

​El dron se sumergió y se dirigió hacia la isla a máxima velocidad.

​La Fractura del Corazón

​Jena estaba disfrutando del caos que había desatado. Sentía cómo la vida de miles de soldados humanos se apagaba en el océano, sus energías absorbidas por el arrecife para hacerse más fuerte. Era una embriaguez de poder puro.

​De repente, una frecuencia la golpeó.

​Era un pulso suave, casi inaudible en medio de la tormenta, pero para ella fue como un disparo en la oscuridad.

“¿Mamá?”

​La voz de Mia resonó en su mente. Pero no desde el lejano Atlántico, sino desde el centro mismo de la flota que estaba destruyendo.

​Jena se congeló. El tifón, privado de su voluntad directa, perdió intensidad por un momento. Las Sombras de Vidrio que estaban a punto de despedazar al portaaviones de Vance retrocedieron, confundidas.

​—¿Mia? —preguntó Jena al vacío.

​Volvió a sentir el pulso. Era cálido, lleno de amor y miedo. Venía de un pequeño bote que el tifón parecía estar respetando.

​—¡Jena, no lo hagas! —gritó Silas, dándose cuenta de la trampa—. ¡Es una simulación! ¡No es ella! ¡Thorne está usando tus propios recuerdos contra ti!

​Pero Jena ya no escuchaba la lógica. El amor residual de su humanidad, lo único que Thorne no había podido erradicar, fue el arma que la destruyó. Ella bajó las defensas de la zona norte para dejar pasar el bote.

​La Puñalada de Acero

​En el momento en que el escudo biológico de la zona norte se debilitó, Thorne actuó. No con misiles, ni con cañones. Sino con un rayo de energía concentrada disparado desde un satélite en órbita, un rayo diseñado no para explotar, sino para desestabilizar la red de micelio de coral de la Ciudad de Coral.

​El rayo impactó en el centro de la isla.

​El dolor que Jena sintió fue indescriptible. Fue como si le arrancaran la columna vertebral milímetro a milímetro. La Ciudad de Coral gritó a través de ella. Los cristales de la cueva empezaron a agrietarse, liberando la energía acumulada en explosiones de luz violeta.

​El tifón se disipó instantáneamente. El mar de sargazo se marchitó, volviéndose marrón y quebradizo. Las Sombras de Vidrio, desconectadas de su mente colmena, empezaron a atacarse entre ellas en un frenesí de locura.

​Jena cayó de rodillas, tosiendo sangre negra. Su piel empezó a resquebrajarse, revelando la luz esmeralda que intentaba escapar.

​—Thorne… —susurró ella, y su voz fue una mezcla de agonía y promesa de venganza.

​El Océano Nunca Olvida

​Arthur Thorne vio cómo Punta Silencio se apagaba en sus monitores. La cúpula de estática desapareció. La isla volvió a ser una masa de coral y roca, ahora silenciosa y vulnerable.

​—Inicien el desembarco —ordenó Thorne, con una sonrisa triunfal—. Quiero a la Guardiana viva. Y traigan el cristal maestro. Es nuestro.

​La flota de Thorne, intacta y esperando, avanzó hacia la isla que acababa de ser violada por su propio amor.

​Jena Silva, moribunda en el Trono de Coral Negro, escuchó los helicópteros acercarse. Estaba débil, herida, pero no derrotada. Miró hacia el este, hacia donde sabía que estaban sus hijos.

​—He fallado como Guardiana —dijo Jena a la oscuridad—. Pero no fallaré como madre. Si quieren este poder, que se ahoguen en él.

​Con un último esfuerzo de voluntad, Jena no intentó defenderse. En su lugar, envió una última orden a las capas más profundas del océano, por debajo de la Ciudad de Coral, hacia las fosas abisales que la humanidad ni siquiera había soñado explorar. No fue una orden de lucha. Fue un despertar.

​”Hijos del verdadero abismo… los sellos se han roto. La Tierra es vuestra de nuevo”.

​Bajo la isla, a diez mil metros de profundidad, algo mucho más antiguo que la Ciudad de Coral, algo que había estado durmiendo durante millones de años, abrió sus ojos por primera vez. Y su primer pensamiento fue hambre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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