Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

​Viuda por Contrato - Capítulo 81

  1. Inicio
  2. ​Viuda por Contrato
  3. Capítulo 81 - Capítulo 81: Capítul9 80: Quiénes son?
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 81: Capítul9 80: Quiénes son?

El tiempo no cura las heridas; simplemente les enseña a las personas a caminar con el dolor hasta que este se vuelve parte de su propia piel. Para Damian, los meses que siguieron a la partida de Jena fueron un desierto de días idénticos, marcados únicamente por el crecimiento de sus hijos y el silencio atronador de una casa que antes rebosaba de vida.

​Capítulo: El Eco de una Ausencia

​La isla, que una vez fue el refugio soñado, se sentía ahora como un mausoleo de mármol blanco. Damian se levantaba antes del alba, no por deber, sino porque el lado vacío de la cama le quemaba la espalda. Se sentaba en el porche, con una taza de café negro entre las manos, mirando el horizonte por donde el barco de Jena se había perdido meses atrás.

​Mia, que ahora tenía una madurez forzada por la tristeza, se había convertido en la sombra de su padre. Ya no corría por la playa con la misma despreocupación; ahora, a menudo se sentaba junto a él, simplemente apoyando su pequeña cabeza en el brazo tatuado de Damian.

​—Papá —preguntó ella una mañana—, ¿crees que mamá está mirando el mismo sol que nosotros?

​Damian le acarició el cabello, sintiendo un nudo en la garganta que se negaba a deshacerse.

—Estoy seguro de que sí, Mia. El sol es el mismo para todos. Pero a veces, las nubes son tan espesas que uno olvida que el sol sigue ahí.

​La Vida en la Ciudad de Cristal

​Mientras tanto, en una ciudad a cientos de kilómetros, una mujer que se hacía llamar simplemente “Jane” intentaba reconstruir un rompecabezas al que le faltaban las piezas centrales. Jena vivía en un apartamento luminoso, financiado por una cuenta bancaria que, según le dijeron, era producto de una herencia familiar. Trabajaba en una pequeña floristería, rodeada de aromas que a veces le provocaban jaquecas feroces.

​A menudo, Jena se detenía en seco mientras arreglaba un ramo de orquídeas blancas. Sentía un escalofrío, una sensación de déjà vu que la dejaba sin aliento. A veces, veía a un hombre alto y de hombros anchos entre la multitud y su corazón daba un vuelco inexplicable, pero cuando el extraño se giraba, la decepción la golpeaba como una ola fría.

​Ella no recordaba a Damian. No recordaba a Mia ni a Alexander. Pero su cuerpo sí. Sus manos a veces buscaban un peso que no estaba allí (el de un bebé) y sus oídos esperaban el sonido de una risa infantil que no llegaba.

​El Encuentro Inevitable

​Marcus y Elena no podían soportar ver a Damian marchitarse. Una tarde, Marcus llegó a la isla con un sobre en la mano.

​—Damian, esto tiene que parar —dijo con esa voz grave que no admitía discusiones—. Ella está viviendo una mentira y tú te estás convirtiendo en un fantasma. Ella trabaja en una tienda cerca del puerto. No te pido que la fuerces, pero deja que el destino tenga una oportunidad.

​Damian se negó al principio. Había prometido dejarla libre. Pero una noche, mientras arropaba a Alexander y veía cómo el niño buscaba instintivamente el calor materno en su peluche, su resolución se quebró.

​Tres días después, Damian caminaba por las calles de la ciudad, vestido con ropa sencilla, intentando pasar desapercibido. Su corazón latía con una violencia que ninguna batalla le había provocado jamás. Se detuvo frente a la vitrina de la floristería “El Jardín de Cristal”.

​Y allí estaba ella.

​Jena estaba cortando unos tallos, con el cabello recogido en una trenza descuidada. Se veía hermosa, pero había una melancolía en su mirada que Damian reconoció de inmediato. Era la misma soledad que él cargaba.

​Entró en la tienda. El sonido de la campana sobre la puerta hizo que ella levantara la vista.

​—Buenos días, ¿en qué puedo ayu…? —Las palabras se murieron en sus labios.

​Jena dejó caer las tijeras. Se quedó paralizada, mirando al hombre frente a ella. No sabía quién era, pero su alma dio un grito de reconocimiento que la dejó mareada. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin razón aparente.

​—¿Nos… nos conocemos? —susurró ella, llevándose una mano al pecho.

​Damian luchó por mantener la voz firme.

—Solo soy un cliente. Busco algo especial. Flores que signifiquen “espera”.

​El Puente de los Recuerdos

​Durante las semanas siguientes, Damian visitó la tienda todos los días. No se identificó como su esposo. No le habló de los niños. Se presentó como un extraño, un hombre que simplemente disfrutaba de su conversación. Jena, hambrienta de una conexión que no encontraba en su vida vacía, empezó a confiar en él.

​Salieron a caminar por el parque. Tomaron café. Damian le contaba historias de “un amigo suyo” que había perdido a la mujer de su vida, pero que nunca dejó de amarla. Jena escuchaba con una fascinación dolorosa.

​—Tu amigo es un hombre afortunado por sentir algo así —dijo ella una tarde, sentada en un banco frente al lago—. Yo daría lo que fuera por sentir que pertenezco a alguien. Siento que soy una hoja al viento.

​Damian no pudo más. Tomó su mano y, por primera vez, no hubo miedo en ella.

—Jena… no eres una hoja al viento. Tienes raíces. Tienes un ancla. Solo que olvidaste dónde la dejaste.

​En ese momento, el teléfono de Damian vibró. Era una videollamada de Marcus. Sin pensarlo mucho, o quizás guiado por un instinto desesperado, aceptó la llamada y puso la pantalla frente a Jena.

​—¡Papi! ¿Cuándo vuelves? —la voz de Mia llenó el aire, clara y vibrante. Detrás de ella, Alexander gateaba por la alfombra, riendo.

​Jena se quedó petrificada. Al ver el rostro de la niña en la pantalla pequeña, algo en su cerebro hizo “clic”. No fue una explosión de recuerdos, fue algo más físico, más visceral. Fue el reconocimiento de su propia sangre.

​—¿Esa… esa niña? —preguntó Jena, con la voz rota.

​—Se llama Mia —dijo Damian, con lágrimas corriendo libremente por sus mejillas—. Y ella te hizo un dibujo hoy. Dice que el sol sigue ahí, aunque las nubes sean espesas.

​El Retorno del Instinto

​Jena empezó a temblar. Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Imágenes inconexas empezaron a llover sobre ella: una cuna de madera, el olor del mar, el calor de unos brazos fuertes en medio de una tormenta, el sabor de un beso que sabía a salvación.

​—No recuerdo todo… —sollozó Jena, cayendo de rodillas en la hierba del parque—. No recuerdo las fechas, ni los nombres… pero Dios mío, Damian… siento que ella es mía. Siento que tú eres mi hogar.

​Damian se arrodilló junto a ella, envolviéndola en sus brazos. Esta vez, Jena no se puso rígida. Se hundió en su pecho, llorando con una angustia que se transformaba en alivio.

​—No necesitamos los recuerdos, Jena —susurró él, besando su cabello—. Tenemos el presente. Y tenemos a nuestros hijos esperándonos. Vamos a reconstruir todo, piedra por piedra, beso por beso.

​La Familia Rehecha

​El regreso a la isla fue diferente. Jena no volvió como la mujer segura que una vez fue, sino como una mujer que estaba aprendiendo a caminar de nuevo. Pero esta vez, no tenía miedo.

​Cuando el barco atracó, Mia estaba en el muelle. No corrió hacia ella. Se quedó quieta, con los ojos muy abiertos. Jena bajó la pasarela con pasos vacilantes. Se arrodilló frente a su hija y, sin decir una palabra, abrió los brazos.

​Mia se lanzó hacia ella con un grito que rompió el silencio de la tarde.

—¡Mamá! ¡Sabía que el sol iba a volver!

​Jena abrazó a la niña con una fuerza que venía de lo más profundo de su ser. No recordaba el día que Mia nació, pero recordaba el peso de su cuerpo, el olor de su piel y la necesidad absoluta de protegerla. Alexander fue puesto en sus brazos poco después, y aunque el niño la miraba con curiosidad, Jena sintió que el vacío en su pecho finalmente se llenaba.

​Esa noche, la casa de los Silva (porque para Damian ese siempre sería su apellido de corazón) volvió a tener luz. Marcus y Elena prepararon una cena festiva, pero el verdadero banquete era ver a Jena sentada a la mesa, sosteniendo la mano de Damian mientras Mia le contaba todo lo que había pasado en su ausencia.

​El Nuevo Comienzo

​Horas más tarde, cuando los niños dormían y la paz volvía a reinar bajo las estrellas, Damian y Jena se quedaron solos en su habitación. Ella se miraba en el espejo, tocando las fotos que ahora empezaban a tener sentido para ella.

​—¿Me vas a ayudar, Damian? —preguntó ella, mirándolo a través del reflejo—. ¿Me vas a contar quiénes éramos?

​Damian se acercó y la abrazó por la espalda, igual que tantas veces antes.

—Te contaré lo que necesites saber. Pero lo más importante es quiénes somos ahora. No somos guerreros, no somos fugitivos. Somos un hombre y una mujer que se aman tanto que ni siquiera el olvido pudo separarlos.

​Jena se giró en sus brazos y lo besó. No era un beso de reencuentro, era un beso de descubrimiento. El pasado seguía siendo una sombra borrosa, pero el futuro brillaba con una intensidad cegadora.

​La guerra había terminado. El olvido había sido derrotado. Y en esa pequeña isla, el amor escribió su capítulo más largo y hermoso, uno donde las armas ya no tenían lugar, porque el corazón era el único escudo que necesitaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo