Viuda por Contrato - Capítulo 82
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Capítulo 82: Capítulo 81: El Mapa
Capítulo: El Mapa de los Latidos
La mañana nació con un tono dorado sobre el Caribe. Damian observaba a Jena desde el umbral de la cocina. Ella estaba sentada en la mesa, rodeada de carpetas, fotografías y recortes. Había aceptado la propuesta de Mia: crear un “Libro de la Vida”. La niña, con una seriedad impropia de sus pocos años, actuaba como la cronista oficial de una historia que su propia madre no lograba visualizar del todo.
—Mira, mamá —decía Mia, señalando una foto de Jena con un vestido táctico, sosteniendo un mapa—. Aquí estábamos en la selva. Papá dice que eras la mejor exploradora del mundo. Que podías encontrar agua incluso en las rocas.
Jena rozó la imagen con la punta de los dedos. Sentía una desconexión extraña. La mujer de la foto se veía feroz, decidida, con una mirada de acero que ella no reconocía en su reflejo actual. La Jena de ahora se sentía frágil, como si el cristal de su memoria fuera demasiado delgado para soportar el peso de tanta adrenalina.
—¿Yo hice eso, Mia? —preguntó Jena, con un hilo de voz—. Me veo… tan diferente.
Damian se acercó, dejando una taza de té frente a ella. Sus manos, marcadas por cicatrices de mil batallas, temblaron imperceptiblemente al rozar el hombro de su esposa.
—Eras una guerrera, Jena —dijo él con suavidad—. Pero no te pedimos que vuelvas a ser esa mujer. Solo queremos que seas la mujer que decidas ser hoy.
Las Re-Citas: Redescubriendo el Amor
Para ayudar a Jena a reconectar con su “memoria emocional”, Damian decidió que no podían quedarse encerrados en la isla. El trauma necesitaba aire nuevo. Así comenzó lo que él llamó las “Re-Citas”.
La primera fue en un pequeño café en el puerto, un lugar sencillo donde años atrás habían compartido su primer momento de paz absoluta tras una misión peligrosa. Damian no llevaba armas, ni planes de contingencia, ni el aura de peligro que solía rodearlo. Era solo un hombre intentando enamorar a su esposa por segunda vez.
—Cuéntame algo de ti que no esté en las carpetas de Mia —pidió Jena, mirándolo fijamente a los ojos—. Algo que solo tú sepas.
Damian sonrió, una sonrisa ladeada que hizo que el corazón de Jena diera un vuelco involuntario.
—Sabes… odias el café demasiado dulce, pero siempre le pones una pizca de canela porque dices que te recuerda a las mañanas en el campo. Y cuando te ríes de verdad, arrugas un poco la nariz. Yo solía hacer bromas pesadas solo para ver ese gesto.
Jena se llevó la mano a la nariz, inconscientemente.
—¿Lo hago ahora?
—Lo haces —confirmó él, tomando su mano sobre la mesa—. Y aunque no recuerdes nuestra boda o el día que nos conocimos, el hecho de que sigas odiando el azúcar y amando la canela me dice que la esencia de Jena sigue ahí, intacta.
La Sombra del Pasado
Sin embargo, el proceso no estuvo exento de sombras. Una noche, una tormenta tropical azotó la isla. Los truenos retumbaban como explosiones y los relámpagos iluminaban la habitación con una luz blanca y violenta.
Jena se despertó gritando. El sonido de la lluvia contra el techo de zinc disparó un resorte en su subconsciente. Se vio a sí misma corriendo por un pasillo oscuro, con el sonido de disparos a sus espaldas, protegiendo algo contra su pecho.
—¡Cuidado! —gritó, cayendo de la cama y cubriéndose la cabeza.
Damian estuvo a su lado en un segundo.
—¡Jena! ¡Estás a salvo! ¡Es solo la lluvia!
Ella estaba hiperventilando, con los ojos desorbitados por el terror. No era un recuerdo consciente, era un trauma muscular. Su cuerpo recordaba el peligro mucho antes que su mente. Damian la rodeó con sus brazos, permitiendo que ella descargara su miedo en su pecho.
—Estoy aquí. Nadie va a tocarte —susurró él, balanceándola suavemente—. Marcus está en la puerta, Elena está con los niños. Estamos en casa.
Poco a poco, los sollozos de Jena se calmaron. Se aferró a la camiseta de Damian como si fuera su única ancla en medio de un naufragio.
—Recordé algo… —jadeó ella—. Pero no era un recuerdo feliz. Había sangre, Damian. Había mucho miedo. ¿A qué nos dedicábamos antes? ¿Por qué mi cuerpo siente que debe huir?
Damian guardó silencio. Sabía que contarle la verdad completa —la Redención, las misiones, los enemigos que habían dejado atrás— podría ser demasiado para su frágil estado. Pero la honestidad era lo único que podía salvarlos.
—Éramos personas que cometieron errores, Jena. Luchamos en guerras que no eran nuestras para poder ganar el derecho a estar hoy aquí, en esta paz. No huimos de nada ahora, porque ya ganamos.
El Álbum de los Sentidos
A la mañana siguiente, Mia, notando la tristeza de su madre, decidió cambiar de estrategia. En lugar de fotos de batallas, llenó el álbum con cosas que Jena pudiera tocar y oler.
Pegó una pequeña concha de mar que Jena le había regalado cuando tenía tres años. Puso una muestra de la tela del vestido que Jena usó en su último cumpleaños. Incluso grabó un pequeño audio de Alexander balbuceando sus primeras palabras.
—Este es el “Álbum de los Sentidos”, mamá —explicó la niña—. Si no puedes ver los recuerdos, tal vez puedas sentirlos.
Jena cerró los ojos y tocó la concha. Era rugosa y fría. Se la llevó al oído. El sonido del mar la envolvió. De repente, una imagen nítida apareció: ella, arrodillada en la arena, mostrándole esa misma concha a una Mia bebé que intentaba comérsela.
—¡Mia! —exclamó Jena, abriendo los ojos con sorpresa—. Te la di cerca de la palmera torcida, ¿verdad? Tenías un gorrito rosa que odiabas y no parabas de quitártelo.
Mia gritó de alegría y saltó a los brazos de su madre. Fue el primer recuerdo real, sólido y propio que Jena recuperaba sin ayuda de nadie. No era un dato histórico; era un pedazo de vida.
El Regreso del Guerrero
Marcus y Elena observaban desde la distancia, con una mezcla de alivio y melancolía. Ellos también habían perdido a su amiga, y verla regresar poco a poco era un bálsamo para sus propias cicatrices.
—¿Crees que alguna vez será la misma? —preguntó Elena, mientras preparaba el almuerzo.
Marcus negó con la cabeza, su mirada puesta en el horizonte.
—Nadie vuelve a ser el mismo después de un golpe así. Pero tal vez esta nueva Jena sea la que Damian necesita para dejar de ser un soldado y empezar a ser, finalmente, un hombre libre.
Damian, por su parte, sentía que estaba viviendo un milagro. Cada vez que Jena lo miraba y no había miedo, sino curiosidad o afecto, sentía que ganaba una medalla más valiosa que cualquier condecoración militar.
El Baile bajo la Luna
Esa noche, Damian puso un viejo tocadiscos en la terraza. La música era suave, una melodía que habían escuchado en su refugio antes de que el caos los encontrara. Jena salió al porche, atraída por el sonido.
—No sé bailar —confesó ella, tímidamente.
—Tus pies lo saben —respondió Damian, extendiendo su mano—. Confía en ellos. Confía en mí.
Se movieron lentamente bajo la luz de la luna. Al principio, Jena estaba rígida, pero la calidez de la mano de Damian en su cintura y la seguridad de su presencia la hicieron relajarse. Apoyó la cabeza en su hombro y, por primera vez en meses, el silencio no fue incómodo. Fue un refugio.
—Damian… —susurró ella contra su cuello.
—¿Dime?
—No recuerdo quién era la mujer que se casó contigo. No recuerdo sus promesas ni sus secretos. Pero si me pides que me quede aquí, contigo y con los niños… la respuesta es sí. Mil veces sí. No necesito mi pasado para saber que mi futuro está en esta isla.
Damian la apretó más fuerte, cerrando los ojos. El accidente les había quitado los recuerdos, pero no había podido tocar el hilo rojo que los unía. Habían pasado de ser desconocidos a ser amantes, y ahora, eran algo más: eran supervivientes del olvido.
La vida continuaría. Habría días de frustración, momentos donde Jena lloraría por lo que perdió, y noches donde Damian tendría que ser el guardián de sus pesadillas. Pero mientras el sol siguiera saliendo sobre la isla y Mia siguiera llenando álbumes con pedazos de realidad, la familia Silva estaría a salvo.
Jena ha aceptado su nueva realidad y ha comenzado a recuperar pequeños destellos de su vida pasada. Sin embargo, la paz en la isla es un equilibrio delicado,.
Jena se levantó antes que el sol. No se quedó en la cama esperando a que Damian le trajera el té con canela. Se puso unos jeans viejos, una camiseta de tirantes manchada y se recogió el pelo en un nudo desprolijo. Caminó hacia el cobertizo del fondo, ese lugar donde Damian guardaba las herramientas y una vieja motocicleta que nadie había tocado en años.
Damian la encontró allí un par de horas después. Se quedó apoyado en el marco de la puerta, cruzado de brazos, observando la escena. Jena estaba tirada en el suelo, con la cara manchada de aceite negro y una llave inglesa en la mano. Las piezas del motor de la moto estaban esparcidas sobre una lona como si fueran un rompecabezas de hierro.
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