Viuda por Contrato - Capítulo 83
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Capítulo 83: Capítulo 82: Me confundes
—¿Jena? —Damian arqueó una ceja—. Ese motor está muerto desde antes de que Mia naciera.
Jena ni siquiera lo miró. Estaba forcejeando con una tuerca oxidada, los músculos de sus brazos tensos, mostrando una fuerza que no parecía venir de la memoria, sino de puro instinto.
—Entonces es el momento perfecto para que resucite, ¿no crees? —soltó ella con un tono más rudo, más casual. La voz suave de “paciente recuperándose” se había esfumado—. Todo el mundo intenta explicarme quién soy con palabras, Damian. Pero mis manos… mis manos quieren hacer algo. Necesito que algo funcione porque yo lo arreglé, no porque alguien me contó cómo hacerlo.
La Secuencia del Garaje
Pasaron los días. Jena se pasaba las horas en el cobertizo. Marcus pasaba de vez en cuando, le lanzaba una cerveza fría y se quedaba en silencio, respetando su espacio. No había preguntas sentimentales, solo el sonido del metal contra el metal.
—Pásame la de diez milímetros, Marcus —dijo ella una tarde, sin mirar atrás.
Marcus sonrió y se la alcanzó.
—Vaya, parece que tu cerebro no recuerda los nombres, pero tus manos conocen perfectamente las herramientas.
—Es memoria muscular, supongo —contestó Jena, limpiándose el sudor con el antebrazo—. Es raro. No recuerdo haber aprendido esto, pero sé exactamente cuánta presión aplicar para que este cable no se rompa. Es como si mi cuerpo fuera más inteligente que mi cabeza.
Damian la observaba desde la distancia, con una mezcla de fascinación y un poco de miedo. Esa era la Jena que lo había vuelto loco: la mujer que no pedía permiso, la que se ensuciaba las manos, la que resolvía problemas a base de voluntad.
El Rugido en la Noche
Una noche, después de cenar, el silencio de la isla fue desgarrado por un rugido gutural. Un sonido potente, metálico, que hizo que las aves salieran volando de las palmeras.
Damian, Mia y Alexander salieron al porche. Jena venía saliendo del cobertizo montada en la vieja moto. La máquina brillaba bajo las luces de la terraza, y Jena, a pesar de las manchas de aceite, se veía más radiante que nunca.
—¿Mamá? —Mia abrió mucho los ojos—. ¡Eso suena muy fuerte!
Jena apagó el motor, se bajó de un salto y miró a Damian con una sonrisa desafiante. No era la sonrisa de la mujer que intentaba recordar; era la sonrisa de la mujer que acababa de ganar una guerra.
—Súbete —le dijo a Damian, lanzándole un casco viejo que había encontrado.
—¿A dónde vamos? —preguntó él, atrapando el casco en el aire.
—A ninguna parte. Solo a quemar gasolina.
Escena de Acción: Velocidad y Sombras
La escena parecía sacada de un thriller de acción. La moto volaba por los caminos de tierra de la isla, las luces delanteras cortando la oscuridad como un sable láser. Damian iba detrás, abrazado a la cintura de Jena, sintiendo cómo ella manejaba las curvas con una precisión milimétrica.
No había miedo. Jena no dudaba. En cada cambio de marcha, en cada inclinación, ella recuperaba un pedazo de su poder. Ya no era la víctima del accidente; era la dueña de la máquina.
Se detuvieron en el acantilado más alto, donde el mar golpeaba con fuerza contra las rocas. El viento les daba de frente, despeinándolos, borrando las etiquetas de “esposo” y “esposa”. Eran solo dos personas frente al abismo.
—No recuerdo nuestra boda, Damian —dijo ella, quitándose el casco y dejando que el aire fresco la golpeara—. Y para serte sincera, ya no me importa.
Damian se tensó, pero ella se giró y le puso una mano en el pecho.
—Lo que quiero decir es que no quiero vivir de las sobras de una mujer que ya no existe. Quiero que me conozcas a mí. A esta Jena. La que arregla motores, la que conduce demasiado rápido y la que, por alguna razón que todavía no entiende del todo, siente que moriría por proteger a esos dos niños que están en la casa.
Damian la miró intensamente. La luz de la luna marcaba las líneas de su rostro.
—Esta Jena me gusta bastante —admitió él con una media sonrisa—. Es un poco más peligrosa que la anterior.
—Buena suerte con eso —rio ella, y por primera vez en mucho tiempo, la risa no fue forzada—. Porque no pienso volver a quedarme sentada mirando fotos antiguas. Mañana voy a enseñarle a Mia cómo funciona un carburador.
El Giro Inesperado
De regreso a casa, mientras Jena guardaba la moto, algo extraño sucedió. Al cerrar el cobertizo, su mano rozó un panel de madera suelto cerca del suelo. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensarlo. Sus dedos buscaron una ranura oculta y tiraron.
Un pequeño compartimento secreto se abrió. Dentro no había fotos, ni recuerdos familiares.
Había una pistola Glock negra, tres cargadores llenos y un pasaporte con una foto de ella, pero con un nombre diferente: “Vesper”.
Jena se quedó helada. El peso del arma en su mano se sentía tan natural como la llave inglesa. Sus dedos se movieron con una rapidez experta, comprobando la recámara y el seguro en menos de dos segundos.
—Vesper… —susurró para sí misma.
De repente, una voz no identificada surgió de una pequeña radio de frecuencia que estaba junto al arma, emitiendo una estática molesta antes de aclararse.
”…aquí Cuervo. El objetivo se ha movido. Sabemos que estás en la isla, Vesper. Es hora de terminar el contrato.”
Jena cerró el compartimento de golpe, con el corazón latiendo a mil por hora. No era un recuerdo. Era una amenaza. Y lo peor de todo: ella sabía exactamente cómo responder.
Jena cerró el compartimento del cobertizo. No había nada oscuro allí, solo una caja llena de cartas escritas a mano y una vieja videocámara. Subió a la casa principal con el tesoro entre las manos. Damian estaba en la sala, sentado en el suelo con Alexander, quien intentaba desesperadamente gatear hacia un peluche de pulpo, mientras Mia practicaba sus letras en un cuaderno.
—Mira lo que encontré —dijo Jena, sentándose en la alfombra con ellos.
El Cine en Casa
Esa noche, después de una cena llena de risas (y de Alexander intentando comerse el puré con las manos), Damian instaló un viejo proyector contra la pared blanca de la sala. Apagaron las luces, se amontonaron todos en un fuerte de almohadas y mantas en el suelo, y Jena encendió la cámara.
La pantalla se iluminó. Era un video de hace tres años. Una Jena con el pelo más largo reía frente a la cámara mientras un Damian más joven intentaba armar la cuna de Mia.
—¡Damian, pusiste la baranda al revés! —decía la Jena del video, soltando una carcajada limpia y sonora.
—Es un diseño vanguardista, Jena, no entiendes de arquitectura —respondía él en la grabación, acercándose para besarle la frente.
La Jena del presente sintió un calorcito en el pecho. No recordaba el momento exacto, pero reconocía esa risa. Era suya. Miró a Damian, que la observaba a ella en lugar de a la pantalla, con una mirada tan llena de adoración que no necesitaba palabras.
—Ese día terminamos pidiendo pizza porque no pudiste armar la cuna —susurró Damian en la oscuridad, tomándole la mano—. Mia terminó durmiendo en un cajón de mimbre nuestra primera noche en la isla.
Mia soltó una risita: —¡Yo era un bebé en una canasta, como Moisés!
Un Día de “Solo Nosotros”
Al día siguiente, Jena decidió que no quería más manuales de motores ni lecciones de historia. Quería fabricar nuevos recuerdos.
—Hoy —anunció Jena mientras ayudaba a Alexander a ponerse sus zapatitos—, vamos a la Ensenada Escondida. Sin cámaras, sin álbumes. Solo nosotros y el mar.
Caminaron por el sendero de la isla. Damian cargaba a Alexander en una mochila de bebé en su espalda, mientras el niño le tiraba de las orejas y reía. Mia iba delante, saltando entre las raíces de los árboles y señalando cada mariposa que veía.
Al llegar a la playa de arena blanca y aguas turquesas, el mundo exterior desapareció. No había amnesia, no había pasado, solo el “aquí y ahora”.
El Castillo de Arena
Se sentaron todos en la orilla. Jena y Mia empezaron a construir un castillo de arena monumental. Damian intentaba ayudar, pero Alexander, con su energía inagotable, se encargaba de derribar las torres cada vez que las terminaban.
—¡Alexander, eres un monstruo marino! —gritaba Mia de broma, mientras le hacía cosquillas a su hermanito en la panza.
Jena observaba la escena y sintió que, por primera vez, el nudo en su garganta se soltaba por completo. Se acercó a Damian y apoyó la cabeza en su hombro. El sol les calentaba la piel y el sonido de las olas era la mejor banda sonora del mundo.
—Sabes… —dijo Jena en voz baja—, he pasado tanto tiempo asustada por lo que olvidé, que casi me pierdo lo que tengo delante. No necesito recordar quién era para saber que soy la mamá de estos dos terremotos y que te amo a ti.
Damian la rodeó con el brazo, atrayéndola más hacia él.
—A veces, empezar de cero es un regalo, Jena. Tenemos la oportunidad de elegirnos de nuevo, todos los días, sin el peso de los errores antiguos.
La Promesa de la Noche
Cuando regresaron a casa, cansados, con la piel oliendo a sal y las mejillas rojas por el sol, bañaron a los niños entre juegos de espuma y burbujas. Alexander se quedó dormido casi al instante, con su manita apretando el dedo de Damian.
Mia, antes de dormir, le pidió a Jena que le contara un cuento.
—Cuéntame el de la princesa que perdió su corona pero encontró algo mejor —pidió la niña, acomodándose en las sábanas.
Jena se sentó al borde de la cama y empezó a improvisar:
—Había una vez una princesa que se despertó un día y no sabía dónde estaba su reino. Estaba muy triste porque pensaba que sin su corona no era nadie. Pero entonces, aparecieron un caballero valiente, una pequeña guerrera y un pequeño duendecillo, y le enseñaron que su reino no era un lugar con muros de piedra, sino un lugar que ella llevaba en el corazón… y que siempre que estuvieran juntos, ella nunca estaría perdida.
Mia cerró los ojos con una sonrisa de satisfacción. Jena le dio un beso en la frente y salió de la habitación, encontrándose con Damian en el pasillo.
El Inicio de lo Real
Él la esperaba con dos copas de vino y la puerta del balcón abierta. Se quedaron mirando las estrellas, escuchando el canto de los grillos. No había secretos, no había peligros acechando en las sombras. Solo una familia que había decidido que el amor era más fuerte que cualquier trauma médico.
Jena tomó un sorbo de vino y miró a Damian.
—Mañana quiero que me enseñes a cocinar ese arroz que tanto le gusta a Mia. Ella dice que me salía mejor a mí, pero creo que me está mintiendo para que practique.
Damian soltó una carcajada y la abrazó por la cintura, meciéndose con ella en un baile lento sin música.
—Te salía horrible, Jena. Pero a todos nos encantaba porque lo hacías con tanto esfuerzo que sabía a gloria.
Se besaron bajo la luna de la isla, un beso largo, tranquilo, que sabía a compromiso y a nuevos comienzos. La “película” de su vida ya no era de acción ni de suspenso; ahora era una historia de esas que te dejan el corazón calentito, donde los héroes no usan armas, sino que se abrazan fuerte cuando el mundo se vuelve confuso.
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