Viuda por Contrato - Capítulo 84
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 84: Capítulo 83: Solo Amor
La luz en la isla siempre era diferente a las seis de la mañana. No era ese sol agresivo del mediodía que te obliga a cerrar los ojos, sino un resplandor color melocotón que se filtraba por las cortinas de lino blanco, dibujando rayas de luz sobre la cama. Jena se despertó antes que el despertador natural de la casa (que solía ser Alexander gateando sobre la cara de alguien).
Se quedó un momento en silencio, escuchando la respiración acompasada de Damian a su lado. Se veía tan diferente cuando dormía; toda esa tensión de hombre protector desaparecía, dejando paso a una expresión de paz que a Jena le llenaba el pecho de una satisfacción extraña y dulce. No recordaba el día que se conocieron, pero ver su rostro ahí, a centímetros del suyo, le daba una seguridad que ningún libro de historia podría darle.
El Desayuno de los Campeones
Jena se deslizó fuera de las sábanas con cuidado y bajó a la cocina. Tenía una misión. Había estado repasando mentalmente las instrucciones de Damian sobre el famoso arroz y los panqueques de avena que tanto le gustaban a Mia.
Si esto fuera una película, esta sería la escena cómica de montaje. Jena peleándose con la harina, Alexander apareciendo de la nada para intentar agarrar un huevo de la encimera, y Mia entrando en la cocina con el pelo todo revuelto, frotándose los ojos.
—¿Mamá? ¿Estás cocinando sola? —preguntó Mia, sorprendida, mientras se subía a un taburete.
—Intento —respondió Jena, limpiándose un rastro de harina de la mejilla—. He decidido que hoy nadie me ayuda. Quiero que cuando tu papá baje, todo esté listo. Como en las películas esas donde la familia desayuna feliz sin que nada se queme.
—Pues… el panqueque de la izquierda tiene forma de mapa —comentó Mia con sinceridad infantil—. Pero huele a cielo, mamá. Huele a canela.
Ese olor fue el que finalmente atrajo a Damian. Apareció en la cocina cargando a un Alexander que ya estaba balbuceando sus primeras “gu-gu” de la mañana. Damian se detuvo en seco al ver la mesa puesta: frutas frescas, los panqueques (algunos un poco quemados, otros perfectos) y el café humeante.
—Vaya —dijo Damian, acercándose a Jena y dándole un beso suave en la sien—. Alguien se ha tomado muy en serio lo de ser la nueva chef de la isla.
—Siéntate y come, Silva —dijo ella con una chispa juguetona en los ojos—. Y no quiero ni una crítica constructiva. Si sabe a cartón, me dices que es el mejor cartón que has probado en tu vida.
Se sentaron los cuatro. Fue un desayuno caótico, como todos los desayunos con un bebé de un año. Alexander decidió que su panqueque se veía mejor en el suelo que en su boca, y Mia no paraba de contar un sueño rarísimo que tuvo sobre un delfín que usaba gafas de sol. Pero en medio de ese desorden, Jena se sintió completa. Ya no buscaba en su mente una pieza que faltaba; estaba disfrutando de las piezas que ya tenía.
El Tesoro de las Seis Cuerdas
Después del desayuno, mientras Damian lavaba los platos (un trato justo después de la cocina de Jena), ella subió al ático. Quería buscar unas mantas para un picnic, pero al mover una caja vieja, algo resonó con un sonido metálico y profundo.
Detrás de unas cortinas viejas, apoyada contra la pared, había una funda de lona llena de polvo. Jena la abrió con curiosidad. Era una guitarra acústica de madera oscura, con las cuerdas un poco oxidadas pero el cuerpo impecable.
Se sentó en el suelo del ático, cruzó las piernas y puso el instrumento sobre su regazo. Sus dedos, de forma automática, se posaron sobre el mástil. No lo pensó. No intentó recordar una lección. Simplemente, dejó que su mano izquierda formara un acorde y su mano derecha rozara las cuerdas.
Do mayor. El sonido llenó el pequeño espacio.
Abajo, en la sala, Damian dejó de secar el plato que tenía en la mano. Ese sonido… hacía años que no lo escuchaba. Dejó el trapo y subió las escaleras despacio, haciendo una señal a Mia para que guardara silencio.
Se quedaron los dos en la puerta del ático, observando a Jena. Ella tenía los ojos cerrados, balanceándose suavemente. Empezó a tararear una melodía dulce, una canción de cuna que no tenía palabras, pero que se sentía como un abrazo. Sus dedos se movían con una elegancia que ella misma desconocía.
—La tocabas para Mia cuando tenía cólicos —susurró Damian desde la puerta—. Decías que la música era la única forma de que ella entendiera que todo iba a estar bien.
Jena abrió los ojos, un poco asustada al principio, pero luego sonrió. Las lágrimas empezaron a asomar, pero no eran de tristeza. Eran de alivio.
—No sé cómo se llama la canción, Damian —dijo ella, acariciando la madera de la guitarra—. Pero mis dedos la quieren tocar. Es como si mi cuerpo guardara los momentos bonitos aunque mi cabeza se haya olvidado de ellos.
Mia corrió hacia ella y se sentó a su lado.
—¡Cántame, mamá! ¡Cántame la del delfín!
—No sé si me sé la del delfín, cariño —rio Jena—, pero puedo inventar una ahora mismo.
Y ahí, en medio del polvo del ático y la luz que entraba por el tragaluz, Jena empezó a improvisar una canción sobre una niña valiente y un bebé que amaba el puré, mientras Damian se sentaba con ellos, rodeándolos con sus brazos.
La Expedición al “Fin del Mundo”
Como el día estaba precioso, decidieron que era el momento de hacer algo que Mia pedía siempre: una expedición al faro abandonado en la punta norte de la isla, un lugar que ella llamaba “El Fin del Mundo”.
Prepararon una canasta con sándwiches, agua y muchos pañales para Alexander. Damian cargó la mochila grande y Jena se encargó de llevar a Alexander un rato, disfrutando de cómo el niño se quedaba dormido contra su pecho, con el calor del sol y el movimiento de la caminata.
El sendero estaba lleno de flores silvestres. Mia iba recogiendo piedras “mágicas” (piedras normales, pero para ella eran tesoros) y se las entregaba a Damian para que las guardara.
—Papá, ¿verdad que cuando mamá recupere toda la memoria seremos superhéroes otra vez? —preguntó Mia de repente.
Damian miró a Jena, quien estaba un poco más adelante observando un pájaro de colores.
—Ya somos superhéroes, Mia. No necesitamos capas. El poder de tu mamá es que ha vuelto a nosotros incluso cuando el camino estaba borroso. Y el tuyo es hacernos reír. Eso es más fuerte que volar.
Llegaron al faro. Era una estructura vieja de piedra blanca, rodeada de un campo de hierba alta que llegaba hasta el borde del acantilado. Se sentaron sobre una manta escocesa y empezaron el picnic.
Un Momento de Verdad
Mientras los niños jugaban a perseguir mariposas en la hierba (bajo la vigilancia atenta de Damian), Jena se quedó mirando el horizonte, donde el azul del mar se fundía con el del cielo.
—A veces me da miedo, Damian —confesó ella, sin mirarlo—. Me da miedo que un día me despierte y esta paz se haya ido. O que yo vuelva a ser esa “otra” Jena y no me guste la mujer que soy ahora.
Damian se sentó a su lado, tomando su mano y entrelazando sus dedos.
—La “otra” Jena era increíble, pero esta Jena… la que descubre canciones en el ático, la que quema panqueques y la que mira a sus hijos con este asombro… esta Jena es mi favorita. No tengas miedo de quién fuiste. Lo que importa es que hoy estamos aquí. Nadie nos está buscando, no hay misiones, no hay deudas. Solo somos tú, yo y esos dos bajitos que no paran de correr.
Jena lo miró y, por primera vez, sintió que el pasado era solo un libro que ya había terminado de leer. No necesitaba volver a abrirlo.
—Quiero casarme contigo otra vez —soltó ella de repente.
Damian soltó una carcajada de pura sorpresa y alegría.
—¿Otra vez? Pero si técnicamente ya estamos casados.
—Ya, pero yo no estaba “ahí” —insistió ella, con seriedad—. Quiero una fiesta pequeña, aquí en la isla. Con Marcus y Elena, y los niños. Quiero caminar hacia ti sabiendo exactamente a quién le estoy entregando mi vida. Quiero recordar el “sí”.
Damian se puso serio, conmovido hasta lo más profundo. Se acercó a ella y la besó, un beso que sabía a promesa cumplida y a un futuro infinito.
—Hecho. Nos casaremos todas las veces que haga falta, Jena. Hasta que te canses de decirme que sí.
La Noche de las Estrellas Fugaces
El día terminó con una fogata en la playa, justo frente a su casa. El fuego crepitaba, lanzando chispas hacia el cielo oscuro y cuajado de estrellas. Alexander ya dormía en su cuna dentro de la casa, y Mia estaba recostada sobre el regazo de Damian, casi vencida por el sueño.
—Mira, mamá —susurró Mia, señalando hacia arriba—. ¡Una estrella fugaz! ¡Pide un deseo!
Jena cerró los ojos un segundo. Pero cuando los abrió, no miró al cielo. Miró a su hija, a su esposo y la casa que los cobijaba.
—No puedo pedir nada, Mia —dijo Jena con una sonrisa llena de paz—. Porque ya tengo todo lo que el mundo me podría dar.
Se quedaron allí mucho tiempo, en un silencio que ya no era vacío, sino que estaba lleno de amor y de planes para el día siguiente. No había armas, no había secretos, no había dolor. Solo había una familia que, contra todo pronóstico, había aprendido que el amor no se trata de recordar el pasado, sino de construir el presente, un beso y una canción a la vez.
La película de sus vidas finalmente tenía el final feliz que se merecían… pero lo mejor de todo, es que esto no era un final, sino el primer capítulo de una historia que apenas estaba comenzando.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com