Viuda por Contrato - Capítulo 85
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Capítulo 85: Capítulo 84: Segundas Oportunidades
La mañana en la isla comenzó con un silencio cómplice. Jena se despertó con la sensación de que el aire era más ligero. Ya no buscaba sombras en los rincones del cobertizo ni intentaba descifrar códigos en su mente; ahora, sus mañanas tenían un propósito mucho más luminoso: organizar una boda. No una boda por obligación o por papeles, sino una celebración del “aquí y ahora”.
Bajó las escaleras y encontró a Damian intentando peinar a Mia, una tarea que claramente lo superaba. El cabello rizado de la niña parecía tener vida propia.
—Papá, me dejas como un león —se quejaba Mia, riendo mientras Alexander, desde su silla alta, aplaudía entusiasmado ante el caos.
—Es un estilo… “náufrago chic”, Mia —respondió Damian con una sonrisa derrotada, dejando el peine sobre la mesa.
Jena entró en la cocina, tomó el peine y, con una delicadeza que le nacía del instinto, comenzó a trenzar el cabello de su hija.
—Déjame a mí, capitán —dijo Jena, guiñándole un ojo a Damian—. Tú encárgate de convencer a Alexander de que el puré de manzana va en la boca y no en sus orejas.
El Plan del “Sí”
Mientras desayunaban fruta fresca y pan recién horneado, Jena extendió un mapa de la isla sobre la mesa. Pero no era para buscar rutas de escape, sino para elegir el lugar perfecto.
—Quiero que sea en el Acantilado de las Flores —anunció Jena—. Donde los árboles se inclinan hacia el mar. Quiero que el sonido de las olas sea nuestra orquesta.
Damian la miró, dejando de lado la cuchara de Alexander. Sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y una ternura infinita.
—Cualquier lugar que elijas será perfecto, Jena. Pero recuerda que Marcus y Elena llegan mañana en la lancha con los suministros. Marcus dice que si no hay pastel de chocolate, no piensa ser el testigo oficial.
—Habrá pastel, habrá flores y habrá música —sentenció Jena—. Mia, tú serás la encargada de las flores. Tienes que recoger las más bonitas que encuentres cerca del sendero. ¿Crees que puedes hacerlo?
La niña se puso firme, como si le hubieran dado la misión más importante de su vida.
—¡Sí, capitana mamá! Y Alexander puede llevar los anillos… bueno, si no se los intenta comer.
Un Descubrimiento en el Desván
Mientras Damian y Mia salían al jardín para empezar a limpiar el área de la ceremonia, Jena subió al desván. Buscaba algo específico. Recordaba haber visto un baúl de madera de cedro al fondo, bajo unas mantas viejas.
Al abrirlo, un aroma a lavanda y a tiempo guardado la envolvió. Allí estaba. No era un vestido de novia tradicional de encaje y velo largo, sino un vestido de lino blanco, sencillo y fluido, que ella misma había comprado años atrás en un viaje a Grecia que Damian le había mencionado una vez. Junto al vestido, encontró una caja pequeña con un par de sandalias de cuero y una corona de flores secas que, milagrosamente, aún conservaba su forma.
Se miró en un espejo viejo y manchado que había en la pared. Se puso el vestido por encima de su ropa y, por primera vez en semanas, no vio a una mujer perdida en la amnesia. Vio a una mujer que estaba floreciendo de nuevo.
—Sigues siendo la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dijo una voz desde la puerta.
Era Damian. Se había quedado allí, observándola en silencio. Se acercó y la rodeó por la cintura, apoyando su barbilla en su hombro.
—Este vestido… —susurró Jena—, siento que tiene historias. Pero lo que más me gusta es que mañana le escribiremos una historia nueva.
—Mañana —confirmó Damian—, el pasado se queda en este baúl. Solo existiremos nosotros.
La Llegada de los Amigos
Al día siguiente, el sonido de un motor rompió la calma del mar. Era la lancha de Marcus y Elena. Traían cajas llenas de comida, risas y ese apoyo incondicional que solo los verdaderos amigos ofrecen.
Marcus, un hombre de hombros anchos y sonrisa fácil, saltó al muelle y abrazó a Damian como si fueran hermanos de sangre. Elena corrió hacia Jena y la envolvió en un abrazo que olía a perfume de jazmín.
—¡Mírate! Estás radiante —dijo Elena, apartándose para observar a Jena—. Tenía miedo de que esta isla te estuviera volviendo una ermitaña, pero te veo más viva que nunca.
—Estoy bien, Elena. Realmente bien —respondió Jena con sinceridad—. Gracias por venir. Significa mucho para nosotros.
Pasaron la tarde preparando todo. Marcus ayudó a Damian a construir un arco de madera simple en el acantilado, mientras Elena y Jena preparaban una cena ligera y decoraban la mesa con velas y caracolas marinas. Mia corría de un lado a otro con su canasta, llenándola de flores silvestres amarillas y blancas.
Incluso Alexander parecía entender que algo especial estaba pasando. Estaba inusualmente tranquilo, sentado en su manta, observando el movimiento con sus grandes ojos oscuros, idénticos a los de su padre.
La Ceremonia bajo el Cielo de Oro
Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de violetas y dorados, todos se reunieron en el acantilado. El viento soplaba suave, moviendo el vestido de lino de Jena mientras ella caminaba hacia Damian, quien la esperaba bajo el arco de madera.
No hubo alfombras rojas ni grandes discursos. Solo estaban ellos cuatro, los niños y la inmensidad del océano.
Marcus dio un paso adelante.
—No soy juez, ni soy cura —comenzó Marcus con voz profunda—, pero soy testigo de que este amor ha sobrevivido a tormentas que habrían hundido a cualquier otro barco. Damian, Jena… la vida les dio un golpe, pero ustedes decidieron levantarse y seguir caminando juntos. Eso es más sagrado que cualquier contrato.
Damian tomó las manos de Jena. Sus manos estaban un poco ásperas por el trabajo en la isla, pero su tacto era la cosa más delicada del mundo.
—Jena —dijo Damian, mirándola fijamente a los ojos—, te amé cuando recordabas cada detalle de nuestra vida, y te amo ahora que estamos construyendo recuerdos desde cero. Prometo ser tu brújula cuando te sientas perdida, y prometo que siempre, sin importar lo que pase, este será tu hogar. No te pido que recuerdes quién fuimos, te pido que construyamos quiénes queremos ser.
Jena sintió que una lágrima de felicidad rodaba por su mejilla.
—Damian, no recuerdo el día que nos casamos la primera vez, pero recuerdo cómo me haces sentir cada mañana cuando me despierto. Me haces sentir a salvo. Me haces sentir que no necesito mi memoria para saber que mi corazón te pertenece. Te elijo a ti, hoy, mañana y todos los días que nos queden en esta isla o en cualquier parte del mundo.
Mia se acercó corriendo y les entregó los anillos. Eran sencillos, de oro liso, con pequeñas marcas del tiempo. Se los intercambiaron con manos temblorosas pero decididas.
—¡Ahora un beso! —gritó Mia, saltando de alegría.
Se besaron mientras el sol desaparecía en el horizonte. Fue un beso que selló todas las grietas, que borró los miedos y que dejó claro que, en esa familia, el amor era la única ley.
La Celebración de la Vida
La cena fue una fiesta de risas y anécdotas. Marcus contó historias de cuando Damian era un joven testarudo que no sabía ni freír un huevo, y Elena recordó la primera vez que Jena sostuvo a Mia en sus brazos. Jena escuchaba todo con una sonrisa, guardando cada palabra como si fuera un tesoro en una caja fuerte.
Alexander se quedó dormido en los brazos de Marcus, y Mia terminó recostada en un sofá improvisado con cojines, mirando las estrellas con Elena.
Jena y Damian se alejaron un poco del grupo, caminando hacia la orilla del agua. La luna llena iluminaba la espuma de las olas.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Jena, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo.
—¿El pastel de chocolate de Marcus? —bromeó él.
—No, tonto. Lo mejor es que ya no tengo miedo al vacío. Antes, cuando intentaba recordar, sentía un agujero negro en mi pecho. Ahora, ese espacio está lleno de ustedes tres. Me siento… completa.
Damian la abrazó por la espalda, meciéndose con ella.
—Lo logramos, Jena. Estamos a salvo. Estamos juntos.
El Mañana es un Regalo
Esa noche, cuando todos se retiraron a descansar y la casa quedó sumida en un silencio cálido, Jena se quedó un momento mirando a sus hijos dormir. Alexander con su respiración rítmica y Mia con su muñeca de trapo abrazada.
Se dio cuenta de que la vida no se trata de tener todas las respuestas, sino de tener a las personas adecuadas para enfrentar las preguntas. No había armas que pudieran protegerlos más que ese vínculo inquebrantable.
Se acostó al lado de Damian, y antes de cerrar los ojos, susurró:
—Mañana quiero que me enseñes a pescar.
Damian, entre sueños, sonrió y la acercó más a él.
—Mañana, Jena. Mañana haremos todo lo que quieras.
Y así, en esa pequeña isla perdida en el mapa, pero encontrada por el amor, la familia Silva comenzó su verdadera historia. Sin secretos, sin armas, solo con la fuerza de un “sí” que resonaría para siempre en el eco de las olas.
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