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​Viuda por Contrato - Capítulo 95

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Capítulo 95: Capítulo 94: Te soñé

​—No te acerques —ordenó Damian, apuntando con su arma—. Podría ser un caballo de Troya de Thorne.

​Jena, sin embargo, sintió una punzada eléctrica en su nuca. El relicario de su madre vibró.

—Está muriendo, Damian. Pero no por el mar. Está infectado.

​El hombre abrió los ojos. Eran de un gris ceniza, carentes de cualquier rastro de malicia, solo llenos de un terror absoluto.

—Por favor… —logró decir, su voz era un raspado de cristal—. No dejen… que lo recuperen. El suero… la “Variante Ébano”… es lo que están usando para rastrear la isla.

​La Botica contra el Virus

​A pesar de las protestas de Damian, Jena decidió llevar al extraño al Invernadero de las Almas. Sabía que, si el hombre estaba infectado con algo creado por la corporación Thorne, la única medicina capaz de combatirlo estaba bajo sus pies.

​—Si nos traiciona, Jena, no podré protegerte de lo que vendrá después —advirtió Damian mientras cargaba al hombre por la escalera de caracol.

​—Si no lo salvamos, morirá con el secreto de cómo vencieron nuestro velo —respondió ella con una frialdad táctica que incluso a ella la sorprendió.

​En el invernadero, Jena puso en marcha sus nuevos conocimientos. Colocó uno de los cilindros de cuarzo cerca del pecho del herido. El cristal comenzó a brillar con una luz ámbar. Jena maceró hojas de la “Savia de Fuego” y las mezcló con el polvo de una perla que Mia había encontrado en la ciudad de coral.

​—Bebe —le ordenó al náufrago.

​El hombre bebió. En cuestión de segundos, las venas negras que recorrían su cuello comenzaron a retroceder. Su respiración se estabilizó.

​La Identidad del Intruso

​Horas después, el hombre, que se identificó como Elias, comenzó a hablar. No era un soldado, sino un biólogo tránsfuga de los laboratorios de Thorne.

​—Thorne no quiere el cristal para el mundo —explicó Elias, sentado débilmente entre las plantas luminiscentes—. Quiere usar la frecuencia de los cristales para activar un patógeno latente que ya han inoculado en el 10% de la población mundial a través de falsas vacunas. Si controlan la frecuencia del faro, pueden decidir quién vive y quién muere con solo pulsar un botón. Yo robé la muestra maestra del suero estabilizador. Pensé que, si llegaba a la “Isla de la Luz”, podría encontrar la forma de neutralizarlo.

​Jena miró a Damian. La magnitud de la amenaza era mayor de lo que imaginaban. No estaban protegiendo un tesoro; estaban protegiendo el interruptor de apagado de la humanidad.

​El Despertar de Silas

​Mientras tanto, en el faro, Silas había permanecido en un estado de trance desde la inmersión de la ciudad. Mia lo encontró sentado en la barandilla superior, mirando al vacío.

​—Abuelo Silas, ¿por qué no bajas a comer? —preguntó la niña, tirando de su manga.

​Silas se giró, y Mia retrocedió un paso. Los ojos del anciano ya no eran humanos; eran dos esferas de luz blanca, similares a las que iluminaban la ciudad submarina.

​—La niña de la aurora —dijo Silas, su voz sonando como si viniera de mil lugares a la vez—. El tiempo de la espera ha terminado. El Velo ya no es suficiente. Debemos convertir la isla en un faro de verdad, uno que no solo oculte, sino que cure. Pero para hacerlo, Jena debe entregar lo que más ama.

​Mia, asustada, corrió de regreso a la cabaña. No entendía lo que Silas quería decir, pero sentía que un gran frío se aproximaba, a pesar del sol tropical.

​El Experimento en la Cueva

​Jena, guiada por las palabras de Elias y el conocimiento de los cilindros, bajó a la Cueva de los Cristales. Sabía que la “Variante Ébano” de Thorne era una perversión de la energía natural de la isla. Si lograba sintonizar la vibración de los cristales con el suero que Elias había traído, podría crear una señal de radiofrecuencia que actuaría como una cura a nivel global, desactivando el patógeno en la sangre de millones de personas.

​—Es un riesgo, Jena —dijo Damian, observándola manipular los cristales—. Si lanzamos esa señal, revelaremos nuestra ubicación exacta. Seremos un faro en medio de una habitación oscura. Thorne vendrá con todo lo que tiene. Barcos de guerra, mercenarios, aviones.

​—Entonces lucharemos —dijo Jena, colocando el maletín de Elias en el centro de la formación de cristales—. Si este es el propósito de mi linaje, no voy a esconderme más. Mi madre no huyó para salvarse a sí misma, huyó para salvar la posibilidad de un futuro.

​La Traición del Cuerpo

​Justo cuando Jena se disponía a activar la secuencia, Elias entró en la cueva. Su rostro ya no mostraba debilidad, sino una sonrisa triste y afilada. En su mano derecha no llevaba un arma, sino un pequeño dispositivo de activación.

​—Lo siento, Jena —dijo Elias—. Todo lo que dije sobre el virus es cierto. Pero omití un detalle: Thorne ya está aquí. Yo no soy el mensajero de la salvación; soy el marcador.

​Elias presionó el dispositivo. Un pitido agudo resonó en la cueva, y Jena sintió que sus propios dientes vibraban. Afuera, en el mar, el agua comenzó a agitarse. No era un fenómeno natural. Tres submarinos de clase asalto emergieron a pocos metros de la orilla, rompiendo la superficie como monstruos prehistóricos.

​El Precio del Conocimiento

​Damian reaccionó con la velocidad de un rayo, derribando a Elias y desarmándolo, pero el daño ya estaba hecho. La señal de posicionamiento había sido enviada.

​—¡Llevad a los niños al búnker! —gritó Damian, mientras el primer proyectil de los submarinos impactaba contra la ladera del faro, haciendo temblar los cimientos de la isla.

​Jena, sin embargo, no se movió. Se quedó frente a los cristales, que ahora brillaban con una intensidad roja de alarma. Sabía que solo tenía unos minutos antes de que los mercenarios desembarcaran.

​—Damian, necesito que confíes en mí —dijo Jena, sus ojos fijos en el cilindro de cuarzo—. Silas tenía razón. El Velo ha caído. Ahora la isla debe convertirse en un arma.

​La Transformación de Punta Silencio

​Jena no huyó hacia el búnker. Corrió hacia el panel de control que conectaba el invernadero con el faro. Usando la sangre que aún goteaba de la herida de Elias (una sangre cargada con el virus de Thorne), la aplicó sobre el cristal central. El ADN modificado actuó como un catalizador negativo.

​La isla entera comenzó a emitir un zumbido que hacía sangrar los oídos. Las plantas del invernadero se estiraron hacia el cielo, emitiendo esporas bioluminiscentes que formaron una niebla densa y letal alrededor de la costa. Los soldados de Thorne que intentaban desembarcar cayeron de rodillas, alucinando con sus peores miedos, mientras la flora de la isla parecía cobrar vida propia, sus raíces moviéndose como látigos.

​El Final de la Inocencia

​Al final del día, los submarinos se retiraron, dañados por las interferencias electromagnéticas que habían destrozado sus sistemas de navegación. Elias fue encerrado en las celdas del búnker, bajo la vigilancia de un Damian que ya no recordaba lo que era la misericordia.

​Jena subió a la torre del faro. Silas seguía allí, pero su forma parecía más etérea, casi transparente.

​—Lo has hecho —dijo Silas—. Has unido la sangre con la piedra. Pero a partir de ahora, Jena, ya no eres solo una mujer. Eres la voz de la isla. Y la isla tiene hambre de justicia.

​Jena miró sus manos. Las puntas de sus dedos tenían un ligero tinte esmeralda que no se quitaba con el agua. Miró a su familia: Damian, Mia y Alexander. Estaban a salvo, por ahora, pero sabía que el mundo no dejaría de venir.

​En el diario, Jena escribió la entrada más oscura hasta ahora:

​”He salvado la isla hoy, pero a cambio, he dejado de ser humana. Siento el dolor de cada rama rota, el calor de cada pez en el arrecife. Thorne ha creado un monstruo, pero no es el virus. El monstruo soy yo, y no descansaré hasta que su imperio de ceniza sea devuelto a la tierra.”

La sensación fue similar a un terremoto, pero sin el sonido del desgarro. Fue un deslizamiento suave, un susurro de placas tectónicas acomodándose bajo el lecho marino. Jena, de pie en la balconada del faro, sintió cómo el norte dejaba de ser el norte. La brújula de latón que colgaba de su cuello comenzó a girar locamente hasta que la aguja se desprendió de su eje.

​—No se está hundiendo —dijo Silas, cuya transparencia era ahora casi total, como un reflejo en un cristal limpio—. Se está liberando. Las raíces de coral han soltado el anclaje del continente. Punta Silencio ha decidido que el mundo ya no merece saber dónde estamos.

​Jena miró hacia la costa. La espuma del mar no chocaba contra la arena; la arena cortaba el agua. La isla se desplazaba a una velocidad constante de doce nudos, dejando atrás la fosa donde había descansado durante milenios.

​La Anatomía de una Isla Viva

​Damian subió los escalones de tres en tres, con el rostro pálido.

—Los sistemas de navegación están muertos. El GPS marca que estamos en medio del Sahara, luego en el Polo Norte. La realidad física alrededor de la isla se está doblando.

​—Es el mecanismo de defensa de la Ciudad de Coral —explicó Jena, cerrando los ojos. Podía sentir el flujo del agua bajo la base de la isla, como si sus propios pies fueran aletas—. No estamos huyendo, Damian. Estamos cazando el equilibrio.

​Para entender la nueva naturaleza de su hogar, Jena descendió de nuevo al Invernadero de las Almas. Allí, las plantas ya no crecían hacia arriba, sino que sus tallos se inclinaban hacia la dirección del movimiento, actuando como sensores de corriente.

​El Despertar de Mia: La Lengua del Mar

​Mientras los adultos intentaban comprender la física del traslado, Mia estaba en la orilla, ajena al peligro. Para ella, el movimiento de la isla era un juego. Se dio cuenta de que, al tocar el agua, no sentía frío, sino una descarga de información.

​—Vienen los susurradores, mami —dijo Mia cuando Jena bajó a buscarla.

​De las profundidades, siguiendo la estela de la isla errante, emergieron criaturas que desafiaban la biología conocida: mantarrayas translúcidas con patrones de circuitos integrados en sus lomos y bancos de peces que emitían una frecuencia sónica que calmaba los nervios de cualquiera que los escuchara.

​Mia extendió la mano y una de las mantas se elevó sobre la superficie, flotando en el aire mediante una forma de levitación magnética. La niña se rió y, por un momento, Jena vio en su hija la misma luminiscencia que tenía la mujer del holograma. El linaje no solo se heredaba; se activaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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