Viuda por Contrato - Capítulo 96
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Capítulo 96: Capítulo 95 : El diario
La Caza de la Corporación Thorne
En algún lugar del Atlántico Norte, a bordo del Leviatán, el buque insignia de la corporación Thorne, las pantallas se volvieron estáticas. Arthur Thorne, un hombre cuya mirada era tan fría como el acero quirúrgico, observaba el punto donde Punta Silencio debería estar.
—Ha desaparecido del sonar activo, señor —informó un técnico—. Pero los sensores de gravedad detectan un desplazamiento de masa masivo moviéndose hacia el sur. Es… es como si una montaña estuviera nadando.
Thorne sonrió, una expresión carente de calidez.
—No es una montaña. Es el futuro de la evolución. Lancen los drones de búsqueda térmica de espectro amplio. Si la isla se mueve, dejará un rastro de vida. Y la vida siempre es caliente.
El Dilema de la Guardiana
De vuelta en la isla, Jena se enfrentaba a una crisis de identidad. Su conexión con Punta Silencio era tan fuerte que sentía la fatiga de la tierra. Mover una masa de miles de toneladas requería una energía inmensa, y los cristales de la cueva empezaban a mostrar grietas de color púrpura.
—Si no nos detenemos pronto, el núcleo estallará —advirtió Damian, que había estado analizando los niveles de radiación en el búnker—. Jena, tienes que tomar el control. No podemos dejar que la isla decida el rumbo por sí sola.
Jena se sentó en el centro de la Cueva de los Cristales. Colocó sus manos sobre el cristal maestro, el que latía con una luz roja de advertencia.
”Punta Silencio, escúchame”, pensó Jena, proyectando su voluntad hacia las raíces de coral. “No somos tus prisioneros, somos tus pilotos. Detente en el Giro del Sargazo. Allí las corrientes nos ocultarán de forma natural sin agotar tu corazón.”
La respuesta de la isla fue un espasmo. Una ola gigante barrió la selva, pero no destruyó nada; simplemente limpió los restos de la batalla anterior. Lentamente, el movimiento cesó. Se encontraban ahora en una zona del océano donde las algas formaban una alfombra tan densa que ningún barco convencional podía navegar.
El Encuentro en el Sueño
Esa noche, mientras dormía agotada, Jena no soñó con su pasado. Soñó con Arthur Thorne. Se encontró en una oficina de cristal suspendida sobre un abismo de nubes.
—Eres persistente, Jena Silva —dijo la proyección de Thorne, sentado frente a ella—. Pero no puedes proteger lo que no entiendes. La isla te está consumiendo. Mira tus manos.
Jena miró sus dedos; las vetas esmeraldas habían subido hasta sus codos. Ya no era piel, era algo similar a la corteza de un árbol antiguo mezclada con fibra óptica.
—No me consume —respondió Jena en el sueño—. Me completa. Tú buscas el poder para dominar; yo busco la armonía para sobrevivir. Nunca entenderás la diferencia.
—Lo entenderé cuando diseccione tu cerebro y extraiga la frecuencia del cuarzo —sentenció Thorne antes de que el sueño se disolviera en un estallido de luz blanca.
El Nuevo Amanecer
Jena despertó con el sabor del ozono en la boca. A su lado, Damian dormía con la mano sobre su pistola, un hábito que no podía abandonar. Ella se levantó y salió al porche.
La isla estaba rodeada por un mar de sargazo dorado. El aire era denso y lleno de vida. Mia estaba sentada en los escalones, hablando en un idioma de clics y silbidos con una de las mantas flotantes. Alexander, en su cuna, emitía un pequeño fulgor azul desde su pecho cada vez que respiraba.
Silas apareció junto a ella, casi invisible ahora.
—Has elegido un buen lugar para esconderte, Jena. Pero recuerda: un faro que no brilla para otros termina por apagarse a sí mismo. Pronto, el mundo vendrá no por tu poder, sino por tu medicina. El virus de Thorne está mutando.
Jena miró hacia el horizonte infinito. Ya no tenía miedo. Había aceptado que su familia era el último bastión de una civilización que no conocía la codicia.
En el diario, escribió con letras que parecían brillar en la penumbra:
”Día 1 del Éxodo. Ya no estamos en los mapas. Somos una leyenda que respira. Thorne cree que me está cazando, pero no sabe que ha entrado en mi territorio. La isla tiene hambre, y yo soy su voluntad. Que vengan.”
El sargazo dorado que rodeaba la isla no era solo un escondite; era un filtro. Pero incluso los filtros más perfectos dejan pasar venenos sutiles. Damian fue el primero en sentirlo. No fue un ataque, fue un desvanecimiento. Cayó mientras reforzaba las vigas del muelle, sus ojos volviéndose negros como pozos de petróleo, una señal inequívoca de que la “Variante Ébano” de Thorne no solo viajaba por la sangre, sino por la intención.
—Jena… —susurró Damian, su voz era un eco metálico—. Siento que algo… me está borrando por dentro.
Jena lo sostuvo, sintiendo el frío glacial de su piel. El virus de Thorne había mutado para atacar el sistema nervioso de quienes poseían una voluntad fuerte. Estaba diseñado para convertir a los guerreros en cáscaras vacías.
El Descenso al Trance
—No hay medicina en la superficie para esto —dijo Silas, apareciendo como una mancha de luz junto a la cama—. El virus está anclado en su subconsciente. Para arrancarlo, debes bajar a la Ciudad de Coral, pero no con tu cuerpo. Debes proyectar tu esencia.
Jena sabía el riesgo. Si su espíritu se perdía en las corrientes de datos de la ciudad sumergida, su cuerpo físico en la isla se convertiría en una estatua de sal.
—Mia, cuida a tu padre —ordenó Jena, besando la frente de la niña—. Alexander, quédate cerca de él. Tu luz es lo único que mantiene a raya la oscuridad.
Jena se sentó en el suelo de la Cueva de los Cristales. Rodeó su cuerpo con los cilindros de cuarzo y comenzó a respirar al ritmo del corazón de la isla. El mundo físico se desvaneció. El sonido del mar fue reemplazado por un coro de miles de voces: los recuerdos de todos los Guardianes que la precedieron.
La Ciudad de los Espejos
En su forma astral, Jena descendió por la columna de agua como un rayo de luz verde. La Ciudad de Coral ya no era una ruina; para su mente, era una metrópolis de luz vibrante, llena de bibliotecas de ADN y salones de resonancia.
Pero algo estaba mal. En el centro de la plaza principal, una mancha de oscuridad crecía. Era la proyección de la infección de Damian, una masa de zarcillos negros que intentaban asfixiar el núcleo de la ciudad.
—Buscabas la cura, Guardiana —dijo una voz que no era de Thorne, sino algo mucho más antiguo—. Pero para curar a uno, debes entender que la enfermedad es parte de la evolución.
Frente a ella apareció una figura hecha de agua y electricidad. Era la Matriarca del Arrecife, la primera Guardiana.
—Thorne no creó este virus de la nada —continuó la Matriarca—. Lo robó de nuestros registros. Es una herramienta de limpieza que usamos cuando la superficie se volvía demasiado codiciosa. Él la ha pervertido, pero la base es nuestra.
El Sacrificio de la Identidad
Jena comprendió la ironía cruel. Para salvar a Damian, no tenía que luchar contra el virus, tenía que reclamarlo. Tenía que absorber la oscuridad de Damian en su propio ser astral, usando su conexión con la isla para neutralizarla.
—Si lo haces —advirtió la Matriarca—, parte de esa oscuridad se quedará en ti. Ya no podrás sentir emociones humanas simples. Serás tan fría como la profundidad del océano.
Jena miró hacia arriba, a través de los kilómetros de agua, y visualizó el rostro de Damian y la risa de Mia.
—Prefiero ser un océano frío que una mujer sola en una isla de muertos.
Jena extendió sus manos astrales y tocó la masa negra. El dolor fue indescriptible. Sintió cada pecado de la corporación Thorne, cada muerte, cada gramo de ambición. La oscuridad subió por sus brazos, fundiéndose con su luz esmeralda. El equilibrio en la ciudad se restableció, pero el alma de Jena cambió de color.
El Regreso al Cuerpo
En la superficie, Damian dio un grito ahogado y sus ojos recuperaron su color miel. La fiebre desapareció instantáneamente. Se sentó en la cama, buscando desesperadamente a Jena.
En la cueva, Jena abrió los ojos. No gritó. Se levantó con una elegancia inhumana. Sus ojos, antes verdes, ahora tenían motas de un negro absoluto, como estrellas muertas.
—¿Jena? —preguntó Damian, entrando en la cueva minutos después, tambaleándose—. Lo has hecho… me has salvado.
Jena se giró. Su mirada era distante, como si estuviera observando a Damian desde el otro lado de una galaxia.
—Estás limpio, Damian. Pero el precio ha sido pagado.
La Nueva Jerarquía
Esa noche, la isla no se movió, pero el sargazo a su alrededor comenzó a brillar con una luz violeta siniestra. Jena ya no escribía en su diario con pluma; simplemente tocaba el papel y las palabras aparecían quemadas por su voluntad.
”La compasión era un lastre. Ahora entiendo la verdadera función de Punta Silencio. No es un hospital. Es un tribunal. Thorne cree que viene por un tesoro, pero se encontrará con su propia sentencia de muerte.”
Silas observaba desde las sombras del faro. Estaba asustado. Por primera vez en siglos, el poder de la isla estaba en manos de alguien que no tenía miedo de usar la oscuridad para proteger la luz.
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