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​Viuda por Contrato - Capítulo 97

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Capítulo 97: Capitulo 96: Adíos mi amor

​El amanecer en Punta Silencio ya no traía el color rosado de la esperanza, sino un violeta eléctrico que hería la vista. Jena Silva no había dormido. No necesitaba hacerlo. Permanecía de pie en el límite donde la arena blanca se encontraba con el sargazo dorado, con los pies sumergidos en el agua que ahora vibraba a su paso.

​Damian la observaba desde el porche de la cabaña, con una taza de café frío entre las manos. Sentía una gratitud que le quemaba el pecho, pero el miedo era más fuerte. La mujer que había bajado a las profundidades para arrancarle el virus de las venas no era la misma que había regresado. Esta Jena se movía con una simetría perfecta, sin los tics humanos del cansancio o la duda.

​—Jena, entra —llamó Damian, su voz rompiendo el silencio antinatural de la mañana—. Los niños están despertando. Mia pregunta por qué el mar está haciendo ese ruido.

​El ruido al que se refería Damian no era el de las olas. Era un zumbido de baja frecuencia, un clic-clic-clic constante que parecía emanar de miles de gargantas sumergidas.

​Jena no se giró. Sus ojos, ahora salpicados con ese negro abisal que devoraba la luz, estaban fijos en el horizonte norte.

—Thorne ha cruzado la línea de las mil millas, Damian —dijo ella. Su voz no era fría, era algo peor: era absoluta—. No vienen a negociar. Vienen con redes de arrastre de impulsos electromagnéticos. Quieren asfixiar la isla antes de tocar tierra.

​La Anatomía del Poder

​Jena levantó la mano derecha. Las vetas esmeraldas en su brazo ahora latían con un ritmo violeta oscuro. De repente, el agua frente a ella explotó en una columna de espuma. No era un pez, ni un cetáceo. Era una de las Sombras de Vidrio, criaturas que habitaban a diez mil metros de profundidad y que nunca habían visto la luz del sol hasta ese momento.

​La criatura medía seis metros de largo, con un cuerpo translúcido que dejaba ver órganos que brillaban como neones orgánicos. Tenía hileras de dientes de obsidiana y ojos que funcionaban como radares térmicos.

​—No voy a esperar a que pongan un pie en mi hogar —susurró Jena.

​Damian bajó los escalones, dejando la taza a un lado. Se acercó a ella, pero se detuvo a dos metros. Había un campo de estática alrededor de su esposa que erizaba los vellos de sus brazos.

—Jena, esto no es defensa propia. Estás convocando cosas que… que Silas dijo que nunca debían despertar. Estás perturbando el orden natural del océano.

​—El orden natural murió cuando Thorne empezó a jugar con el ADN de mi familia —respondió ella, girándose por fin.

​Damian retrocedió. La mirada de Jena no contenía rastro de la calidez con la que solía mirar sus dibujos o cómo reía cuando él intentaba cocinar. Era la mirada de un depredador alfa evaluando una presa menor.

​—Prepara a los niños —sentenció ella—. Llévalos al búnker del faro. No por lo que Thorne pueda hacer, sino por lo que voy a desatar. El mar va a hervir hoy.

​El Despertar de la Legión

​Jena se adentró en el agua hasta que le llegó a la cintura. Cerró los ojos y conectó su sistema nervioso con la red de micelio de coral que se extendía por todo el lecho marino. En su mente, el océano se convirtió en un mapa de calor. Podía sentir los motores de los barcos de la Corporación Thorne a cientos de kilómetros: el Leviatán, el Segador y cuatro fragatas escolta. Eran cicatrices de acero sobre su piel líquida.

​”Despertad”, proyectó Jena. Su voluntad viajó como un pulso sísmico a través de las fosas marianas.

​En el abismo, los durmientes respondieron. Calamares colosales con piel blindada por minerales raros, bancos de medusas cuya picadura podía detener un corazón en milisegundos y anguilas capaces de generar pulsos de 5000 voltios comenzaron su ascenso. Era la Legión del Abismo, la guardia pretoriana de la Ciudad de Coral que no había sido invocada en tres mil años.

​El Contraataque

​A bordo del Leviatán, Arthur Thorne observaba sus monitores con una mezcla de fascinación y soberbia.

—Señor, las lecturas de biomasa están fuera de las escalas —informó un oficial de puente—. Algo está subiendo. Miles de firmas de vida, todas dirigiéndose hacia nosotros a una velocidad de 40 nudos.

​—Drones al agua —ordenó Thorne—. Usen las cargas sónicas. Aturdan a lo que sea que esa mujer esté lanzando.

​Pero Jena ya no era una simple humana defendiéndose. Ella era el sistema operativo de la isla.

​Desde su posición en el sargazo, Jena realizó un movimiento de desgarro con las manos. A kilómetros de distancia, el mar bajo el Segador se abrió en un remolino perfecto. No fue un fenómeno meteorológico; fue una manipulación de la densidad del agua. El barco de 200 metros de eslora se inclinó cuarenta grados mientras las Sombras de Vidrio comenzaban a trepar por el casco, usando sus garras de obsidiana para perforar el acero como si fuera papel.

​Los gritos de los soldados de Thorne llegaban a Jena no a través del aire, sino a través de las vibraciones del agua. Ella los sentía morir, y por primera vez, no sintió náuseas. Sintió justicia.

​El Refugio de las Sombras

​Dentro del faro, Damian abrazaba a Mia y Alexander. La luz del faro, que solía ser blanca, ahora giraba en un tono púrpura intermitente. Silas estaba allí, sentado en un rincón, con su forma parpadeando como una señal de televisión vieja.

​—Se está convirtiendo en lo que ellos querían crear —dijo Silas con una tristeza infinita—. Thorne quería un arma. Al infectar a Jena y obligarla a este sacrificio, ha obtenido exactamente lo que buscaba, aunque sea su propia destrucción la que la bautice.

​—No —dijo Damian, con los ojos llenos de lágrimas—. Ella lo hizo por mí. Jena sigue ahí dentro. Solo está… protegida por una armadura de monstruos.

​—Damian —Mia habló con una madurez que no correspondía a su edad—, mamá ya no huele a flores. Huele a tormenta y a metal. El mar me dice que ella está enfadada con todo el mundo, incluso con nosotros.

​Damian apretó los dientes. Miró hacia la ventana. A lo lejos, en el horizonte, se veían los destellos de las explosiones de los barcos de Thorne. El cielo se había vuelto negro, no por las nubes, sino por los millones de aves marinas que Jena había convocado para cegar los radares de los drones.

​El Encuentro Final en la Bruma

​Cuando el sol llegó a su cénit, el ataque preventivo había terminado. El Segador estaba en el fondo del océano y el Leviatán ardía a la deriva, con sus motores destruidos por las anguilas voltaicas.

​Jena emergió del agua. Su ropa estaba intacta, pero su piel brillaba con una capa de moco bioluminiscente que la protegía del sol. Caminó hacia el faro, donde Damian la esperaba en la puerta.

​—Se han ido, Damian —dijo ella. Su voz tenía un eco, como si varias personas hablaran al mismo tiempo—. Ya no hay amenaza.

​—¿A qué costo, Jena? —Damian bloqueó la entrada—. Casi hundes el continente. Mia está aterrorizada. Alexander no deja de brillar en azul porque siente tu rabia.

​Jena dio un paso adelante. La estática en el aire era tan fuerte que empezaron a saltar chispas entre sus dedos y el marco de la puerta.

—El costo es la supervivencia. He visto sus mentes a través de la conexión. Querían diseccionar a nuestros hijos, Damian. Querían convertir a Punta Silencio en una base de pruebas de armas biológicas.

​—Lo sé —dijo él, bajando la voz—. Pero si para salvarnos te conviertes en el monstruo que ellos temen, entonces Thorne ya ganó. Te ha quitado tu corazón.

​Jena lo miró. Por un breve segundo, el negro de sus ojos retrocedió, dejando ver el verde original, lleno de dolor y añoranza. Pero el latido de la isla fue más fuerte. La Ciudad de Coral exigía una Guardiana, no una madre.

​—La Jena que conocías está enterrada bajo tres mil años de historia —dijo ella, y esta vez su voz fue un susurro cortante—. Ahora solo queda la Voluntad de la Isla.

​El Diario de Ceniza

​Esa tarde, Jena regresó a la Cueva de los Cristales. Miró su diario. Ya no sentía la necesidad de escribir sobre sus sentimientos. Con un simple pensamiento, las páginas del diario se prendieron fuego, convirtiéndose en ceniza que el viento de la cueva dispersó.

​En su lugar, Jena tomó un fragmento de cristal puro y empezó a grabar coordenadas. No eran coordenadas de defensa. Eran coordenadas de ataque.

​Si Thorne podía encontrarlos, ella podía encontrarlos a ellos. Las sedes de la corporación en Ginebra, Nueva York y Tokio estaban cerca de la costa. Y Jena Silva ahora tenía un ejército que no conocía la piedad.

La luna sobre Punta Silencio no era blanca; era de un color cobalto enfermo, filtrada por el campo de energía que Jena había extendido sobre la cúpula de la isla. En el puerto natural, el agua estaba inusualmente quieta, como si los depredadores abisales que Jena había convocado estuvieran conteniendo el aliento, esperando una orden que aún no llegaba.

​Damian envolvía a Alexander en una manta térmica de alta densidad. Sus movimientos eran rápidos, mecánicos, fruto de años de entrenamiento militar que creía haber dejado atrás. Mia lo observaba desde la sombra de la cocina, con su mochila a la espalda.

​—Papá, ella nos va a oír —susurró Mia. Sus ojos estaban rojos de llorar en silencio—. El suelo le cuenta todo lo que pisamos.

​—No si caminamos por las raíces de mangle muerto, Mia —respondió Damian, apretando las correas de la mochila—. La madera seca no transmite la vibración igual que el coral vivo. Tenemos que llegar al Ícaro.

​El Ícaro era un viejo bote de rescate de casco de fibra de carbono que Damian había estado reparando en secreto en una cueva marina alejada del muelle principal. No tenía electrónica moderna, solo un motor de combustión interna analógico y velas de lona. Era invisible para los sentidos digitales de la isla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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