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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 158

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Capítulo 158: Capítulo 158: Antes de que despierte

…

Los poseídos no se quedaban quietos. Aunque la criatura que los controlaba aún dormía, sus cuerpos respondían con precisión a una voluntad que parecía más allá de ellos mismos. Se movían entre el bosque con pasos medidos, cargando hojas secas, ramas, agua de arroyos cercanos, incluso pequeños animales que encontraban a su paso. Todo era para mantenerlo, para que pudiera recuperarse sin interrupciones.

—Rápido… todavía falta poco —murmuró uno mientras colocaba varias piedras formando un círculo a su alrededor, como si ese gesto ayudara a prolongar el descanso del espectro.

Otro de los poseídos trajo agua de un riachuelo y la vertió en una pequeña concavidad en la tierra, murmurando palabras que no tenían sentido, pero que reforzaban la presencia del Gran Espectro, como un ritual inconsciente.

Entre ellos, se podía percibir un murmullo constante: órdenes silenciosas, repetidas en voz baja como mantras que solo ellos podían escuchar:

—No lo despierten… manténganlo fuerte… —decían unos, mientras otros se movían para traer más alimentos, más agua, o simplemente mantener la zona limpia y protegida.

Pero no todo era perfecto. Sus cuerpos, aunque fuertes, no eran lo bastante poderosos para protegerlo si alguien lo atacara. Dependían completamente de su descanso. Cada uno de ellos sabía, aunque de manera instintiva, que si desaparecían todos los poseídos, el Gran Espectro se vería obligado a despertar antes de tiempo, y nadie podría contenerlo.

Desde la distancia, el bosque parecía un tablero vivo de sombras y murmullos, donde cada movimiento estaba calculado. El viento arrastraba hojas secas y las voces apagadas de los poseídos se mezclaban con los susurros de los árboles, formando un coro inquietante que hablaba de un poder dormido pero creciente.

Incluso la luz del sol, filtrada entre las copas de los árboles, parecía menos brillante, como si todo el bosque contuviera la respiración, esperando.

Un viajero desprevenido pasaba cerca del límite del bosque y, al ver las figuras moviéndose con precisión mecánica y sentir la presión en su pecho, se detuvo. Su instinto le gritaba que no debía avanzar más. Miró hacia atrás y vio un par de ojos brillando entre los árboles. Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y corrió hacia el camino abierto, sin atreverse a mirar atrás.

El bosque quedó nuevamente en silencio, salvo por el murmullo de los poseídos, que continuaban preparando todo para cuando su maestro despertara, organizándose y asegurándose de que nada interfiriera en su descanso.

—Ya falta poco… —repitieron, mientras la sombra de la criatura dormida parecía oscilar bajo la tierra, como un corazón que latía lentamente, acumulando fuerza.

…

—

La cueva de Kim estaba iluminada por la luz del sol que se filtraba desde la entrada, mezclándose con el resplandor tenue de cristales mágicos que él había colocado estratégicamente sobre estantes y mesas. Todo estaba ordenado y limpio: frascos alineados por tamaño y color, pergaminos enrollados con precisión, y herramientas de alquimia listas para usar. Para él, el orden no era solo estética, sino seguridad; cada cosa tenía un propósito y cada paso debía cumplirse con cuidado.

Kim revisaba un plano antiguo sobre la mesa de trabajo. La poción que necesitaba crear no era algo que pudiera improvisar; requería exactitud y preparación. Su objetivo era desarrollar una poción de paralización que pudiera detener temporalmente a la amenaza que estaba a punto de despertar en el bosque: el Gran Espectro. Con solo diez minutos de efecto, la poción daría tiempo suficiente a los héroes para actuar y evitar una catástrofe.

Sus dedos recorrieron las instrucciones: hierbas rojas, polvo de luciérnagas, lágrima de ciervo robusto y flor de montaña empinada. Ninguno de los ingredientes estaba allí. Kim suspiró, comprendiendo que la primera tarea del día sería recolectarlos.

—Bien… primero hay que conseguir los ingredientes —murmuró mientras enrollaba el plano cuidadosamente y lo guardaba en su mochila—. Sin ellos, esta poción no será más que un frasco vacío.

Sacó un pequeño frasco vacío y observó unas luciérnagas que revoloteaban cerca de la entrada de la cueva. Sus destellos dorados lo reconfortaban mientras se preparaba para salir. A Kim siempre le habían parecido criaturas tranquilizadoras, casi mágicas por sí mismas, y hoy le recordaban que debía mantener la calma.

—Ustedes me darán el polvo que necesito —dijo suavemente, guiándolas hacia un frasco adecuado para la recolección sin hacerles daño. El polvo debía ser suficiente para la poción, pero no podía perjudicar a los pequeños insectos que lo reconfortaban.

Luego, sacó un mapa de la región y estudió la ubicación de las hierbas rojas, la flor de montaña empinada y la lágrima del ciervo robusto. Cada ingrediente estaba en zonas diferentes, algunas de difícil acceso, pero Kim confiaba en sus habilidades y en la magia que lo acompañaba. Sabía que el tiempo apremiaba, pero también que apresurarse podría arruinar la poción.

Finalmente, se acercó a su grifo de cristal oscuro, la majestuosa criatura que había creado con magia, su compañero de vuelos y viajes. Sus garras de cristal se aferraban a la roca mientras sus ojos centelleaban con inteligencia. Kim acarició su crin, luego se inclinó sobre la silla improvisada en la entrada de la cueva.

—Vamos a tener un día largo —dijo mientras aseguraba su mochila y el frasco con el polvo de luciérnagas ya recolectado—. Pero si lo hacemos bien, nadie más sufrirá por esta criatura.

El grifo emitió un suave rugido, casi como un respiro de anticipación. Kim le palmeó la cabeza, subió a su lomo y se lanzó al aire. Sus alas no eran suyas, sino la fuerza y magia que habían dado forma al grifo. Se elevaron sobre los árboles, y la cueva quedó atrás, silenciosa y ordenada, mientras Kim comenzaba su misión: recolectar los ingredientes y crear la poción que podría salvar a muchos.

A medida que avanzaban, el viento traía consigo los aromas del bosque. Hierbas frescas, tierra húmeda y flores silvestres. Cada sentido de Kim estaba alerta, no solo para encontrar los ingredientes, sino también para percibir cualquier señal de peligro. Sabía que el Gran Espectro no había despertado completamente, pero la sensación de amenaza estaba presente en cada brisa que atravesaba el bosque.

—No podemos fallar —murmuró—. No esta vez.

Y así, el grifo y su mago surcaron los cielos de Beinever, dirigidos por la urgencia de recolectar todo lo necesario, conscientes de que cada paso los acercaba no solo a la creación de la poción, sino a un enfrentamiento inevitable con la oscuridad que pronto despertaría.

—

El viento rozaba el rostro de Kim mientras el grifo de cristal oscuro descendía entre los árboles. No había ido demasiado lejos de su cueva; conocía bien esa zona del bosque y sabía que el primer ingrediente debía encontrarse allí.

Las hierbas rojas.

No eran raras por cantidad, pero sí por condición. No crecían en cualquier lugar. Necesitaban sombra constante, humedad estable… y un equilibrio muy delicado de energía natural. Si se arrancaban mal, perdían completamente su efecto.

El grifo aterrizó con suavidad sobre una zona cubierta de hojas húmedas. Kim descendió con cuidado, observando el entorno en silencio.

No buscaba con prisa.

Buscaba con precisión.

Se agachó, pasando su mano por la tierra. Cerró los ojos un instante.

—Aquí… —murmuró.

La energía era leve, pero estaba ahí. No era magia como la suya, ni como la de los grandes hechiceros. Era algo más antiguo. Más natural.

Separó con cuidado unas raíces y hojas caídas… y entonces las vio.

Pequeños tallos oscuros, con hojas finas… y en el centro, un rojo intenso, casi brillante. No era un rojo común. Parecía latir suavemente, como si tuviera vida propia.

Kim no las tocó de inmediato.

Las observó.

—Siguen activas… eso es buena señal.

Sacó un pequeño cuchillo de recolección, mucho más fino que cualquier arma común. No servía para combatir, sino para cortar sin dañar la esencia de lo que tocaba.

Pero antes de hacerlo… dudó.

El bosque estaba demasiado silencioso.

No era un silencio normal.

Era ese tipo de silencio que no tranquiliza… sino que avisa.

Kim levantó la mirada lentamente.

Nada.

Ni movimiento.

Ni sonido.

Pero lo sentía.

Algo no estaba bien.

Exhaló despacio.

—Aún no… pero está cerca —pensó.

No necesitaba ver al Gran Espectro para saber que algo estaba cambiando en el equilibrio del bosque. Emir no se había equivocado.

Volvió su atención a las hierbas.

—No puedo fallar en esto.

Con extremo cuidado, cortó el tallo desde la base, sin tocar directamente la parte roja. Una… luego otra… y otra más. No necesitaba muchas, pero sí las suficientes para asegurar la mezcla.

Cada corte era lento. Preciso.

Sin errores.

Cuando terminó, las colocó en un pequeño recipiente especial que selló con un símbolo mágico simple, para mantener su energía intacta.

Se quedó en cuclillas unos segundos más.

Pensando.

Escuchando.

Sintiendo.

El viento volvió a moverse entre los árboles… pero esta vez traía algo más.

Un susurro.

Muy leve.

Casi imperceptible.

Kim frunció el ceño.

—…

No eran palabras claras.

Pero había una intención detrás.

Algo… que observaba.

Se puso de pie lentamente, sin hacer movimientos bruscos.

No era momento de investigar.

Todavía no.

Guardó el recipiente en su mochila y dio unos pasos hacia atrás, regresando al claro donde lo esperaba el grifo.

La criatura levantó la cabeza apenas lo vio.

También lo había sentido.

—Lo sé… —dijo Kim en voz baja mientras subía—. Tenemos que darnos prisa… pero sin cometer errores.

El grifo desplegó sus alas y se elevó nuevamente entre los árboles.

Desde arriba, el bosque parecía tranquilo.

Pero ya no lo era.

Y Kim lo sabía.

Apenas había conseguido el segundo ingrediente… y ya podía sentir que el tiempo empezaba a jugar en su contra.

—

El grifo avanzaba entre corrientes de aire más frías a medida que se alejaban de la zona baja del bosque. Kim no hablaba. Su mirada estaba fija en el horizonte, repasando mentalmente lo que seguía.

Las lágrimas de ciervo robusto.

Ese ingrediente no se encontraba.

Se obtenía.

Y eso lo hacía mucho más complicado.

—Tendremos que bajar… —murmuró, inclinándose levemente hacia adelante.

El grifo descendió en círculos hasta una zona más abierta del bosque, donde la vegetación cambiaba. Los árboles eran más altos, más separados entre sí, y el suelo estaba cubierto de hierba espesa, casi intacta.

Era territorio de criaturas grandes.

Y eso incluía al ciervo robusto.

Kim bajó con cuidado, esta vez sin apresurarse en absoluto. A diferencia de las hierbas, aquí no bastaba con encontrar algo y tomarlo. Si se equivocaba… el animal huiría, o peor aún, lo atacaría.

Se agachó y tocó el suelo.

—Pisadas… —susurró.

Eran profundas. Pesadas.

Recientes.

Se incorporó lentamente, siguiendo el rastro con la mirada. No caminaba directo. Rodeaba. Observaba. Escuchaba.

Pasaron varios minutos.

Tal vez más.

El bosque volvía a ese silencio incómodo que ya había sentido antes.

Pero esta vez… había algo más.

Un sonido.

Muy leve.

Como una respiración pesada.

Kim se detuvo en seco.

Ahí estaba.

Entre los árboles, parcialmente oculto por la sombra… una figura imponente.

El ciervo robusto.

Era más grande que cualquier animal común. Su cuerpo era ancho, fuerte, cubierto de un pelaje oscuro con reflejos grisáceos. Sus astas se extendían como ramas antiguas, gruesas y marcadas, como si hubieran crecido durante décadas.

Pero no era eso lo que hizo que Kim se tensara.

Sus ojos.

Había algo en ellos.

Cansancio.

Dolor.

El ciervo no estaba tranquilo.

Kim bajó lentamente la mirada, evitando contacto directo.

No debía parecer una amenaza.

Dio un paso.

Luego otro.

Sin magia.

Sin ruido.

El grifo, a lo lejos, permanecía completamente inmóvil.

El ciervo levantó la cabeza de golpe.

Lo había notado.

Sus músculos se tensaron, listo para reaccionar.

—Tranquilo… —susurró Kim, con voz suave—. No vengo a hacerte daño.

Sabía que no lo entendería con palabras.

Pero la intención… a veces sí se percibe.

El animal no atacó.

Pero tampoco se relajó.

Kim observó con más atención.

Y entonces lo vio.

Una herida.

No muy profunda… pero reciente.

En uno de sus costados.

—…

Eso lo explicaba.

El dolor.

La incomodidad.

Y también… la oportunidad.

Kim cerró los ojos un instante.

—Si te ayudo… —pensó—, tal vez…

Lentamente, levantó una mano.

No lanzó energía ofensiva.

No hizo ningún gesto brusco.

Solo dejó fluir una magia tenue… cálida… casi invisible.

Sanación.

El ciervo reaccionó, dando un paso hacia atrás.

Pero no huyó.

La energía llegó a la herida… y poco a poco, la tensión en el cuerpo del animal empezó a bajar. No desapareció del todo, pero dejó de ser una amenaza inmediata.

El aire cambió.

El silencio… se suavizó.

El ciervo lo miró.

Directamente.

Y por primera vez, no había agresividad.

Kim aprovechó ese momento.

Se acercó un poco más… lo justo.

—Solo necesito una lágrima… —murmuró.

No sabía si funcionaría.

No había garantías.

Pero no tenía otra opción.

Pasaron unos segundos.

Lentos.

Pesados.

Hasta que…

Una gota cayó.

Desde el ojo del ciervo.

Lenta.

Brillante.

Kim reaccionó al instante, tomando el pequeño frasco que llevaba preparado y atrapando la lágrima antes de que tocara el suelo.

La selló.

Con cuidado.

Con respeto.

Cuando volvió a levantar la mirada…

El ciervo ya se estaba girando.

Se alejaba.

Sin prisa.

Desapareciendo entre los árboles como si nunca hubiera estado allí.

Kim exhaló profundamente.

—Gracias… —dijo en voz baja.

Se quedó unos segundos más, procesando lo ocurrido.

No había sido suerte.

Pero tampoco control.

Había sido… algo intermedio.

Guardó el frasco con sumo cuidado.

Dos ingredientes.

Faltaban dos más.

Pero algo dentro de él ya lo sabía…

Cada vez iba a ser más difícil.

Y el tiempo…

Cada vez menor.

Se giró y caminó de vuelta hacia el grifo, que lo esperaba en silencio.

Antes de subir, miró una última vez el bosque.

Esa sensación…

Otra vez.

Más fuerte.

Más cercana.

—Se está despertando… —murmuró.

Y sin perder más tiempo, montó y alzó el vuelo una vez más.

El siguiente destino…

Sería aún más peligroso.

Solo le faltaba un ingrediente más para su poción…

—

…

El grifo ascendía esta vez mucho más alto que antes.

El bosque quedaba atrás poco a poco, transformándose en una extensión verde lejana, mientras el terreno comenzaba a volverse más irregular, más abrupto. Las colinas daban paso a formaciones rocosas, y estas, a su vez, a verdaderas paredes de piedra que se alzaban hacia el cielo.

El viento cambiaba.

Se volvía más fuerte.

Más frío.

Kim entrecerró los ojos mientras se sujetaba con firmeza.

—Estamos cerca…

No era un lugar al que cualquiera pudiera llegar caminando. De hecho, muy pocos lo intentaban. Las flores de montaña empinada crecían en los lugares más inaccesibles… donde la tierra apenas se sostenía y el más mínimo error significaba caer al vacío.

El grifo comenzó a descender en espiral, buscando un punto donde pudiera posarse.

No había muchos.

Finalmente, encontró una pequeña saliente de roca, apenas lo suficientemente estable.

Aterrizó.

Kim bajó con cuidado, apoyando primero un pie… luego el otro. El viento golpeaba con fuerza desde un costado, obligándolo a inclinar ligeramente su cuerpo para mantener el equilibrio.

Miró alrededor.

Nada.

Solo roca.

—…

Frunció el ceño.

—No puede ser tan fácil.

Se acercó lentamente al borde… y entonces las vio.

Más abajo.

Mucho más abajo.

Creciendo directamente desde la pared vertical de la montaña.

Pequeñas… delicadas… pero inconfundibles.

Pétalos alargados, de un tono violeta pálido, que parecían resistir el viento como si formaran parte de la misma roca.

Las flores de montaña empinada.

Kim soltó el aire lentamente.

—Claro… tenía que ser ahí.

Miró hacia abajo otra vez.

La caída era considerable.

No mortal para alguien con sus capacidades… pero sí lo suficientemente peligrosa como para no cometer errores.

Miró al grifo.

—Quédate.

La criatura no se movió, pero su mirada permaneció fija en él.

Kim se acercó al borde y apoyó una mano sobre la roca.

No iba a volar.

No quería depender de eso para algo tan delicado.

—Con calma…

Comenzó a descender, apoyando los pies en pequeñas grietas, sujetándose con las manos en salientes irregulares. Cada movimiento era lento, calculado.

El viento no ayudaba.

Golpeaba.

Empujaba.

Intentaba sacarlo de la pared.

En un momento, una ráfaga más fuerte lo obligó a detenerse por completo, pegando su cuerpo contra la roca.

—…

Esperó.

Respiró.

Y continuó.

Poco a poco fue acercándose a las flores. Ahora podía verlas mejor. No eran solo resistentes… también emitían una energía muy sutil. Casi imperceptible.

Pero ahí estaba.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, sacó otra de sus herramientas de recolección.

No podía arrancarlas sin más.

Si dañaba la raíz… perderían su efecto.

Extendió la mano con cuidado.

Muy despacio.

Pero justo cuando estaba a punto de cortar…

Un sonido.

Seco.

Un pequeño desprendimiento de roca bajo su pie.

—…!

Su cuerpo se inclinó hacia atrás por un segundo.

El vacío se abrió bajo él.

Instinto puro.

Se sujetó con una mano a una grieta, tensando todo el brazo para no caer.

El cuchillo cayó.

Rebotó contra la roca… y desapareció en el vacío.

El corazón le golpeó con fuerza en el pecho.

Respiración agitada.

Pero no cayó.

Se quedó ahí.

Sostenido.

En silencio.

Durante unos segundos… no se movió.

—…

Luego, poco a poco, volvió a estabilizarse.

—No puedo fallar ahora…

Cerró los ojos un instante.

Y en lugar de buscar otra herramienta…

Usó magia.

Pero no una fuerte.

No una explosiva.

Una fina.

Precisa.

Una línea casi invisible de energía se formó en sus dedos, como una hoja delicada.

Volvió a intentarlo.

Esta vez, sin margen de error.

Cortó el tallo con extrema precisión.

Una.

Luego otra.

Y una tercera.

Las guardó con cuidado en un recipiente especial, sellándolo al instante.

No intentó coger más.

Ya era suficiente.

Subir fue más difícil que bajar.

El cuerpo le pesaba más. El viento no había disminuido.

Pero no se detuvo.

Cuando finalmente alcanzó la saliente, se dejó caer de rodillas unos segundos.

Respirando.

Recuperando el aire.

El grifo lo observaba en silencio.

—Ya está… —murmuró Kim, levantándose poco a poco.

Guardó el recipiente junto a los otros ingredientes.

Todo estaba completo.

Miró por última vez hacia el borde de la montaña… y luego hacia el horizonte.

A lo lejos… el bosque.

Y esa sensación otra vez.

Más intensa.

Más clara.

Como si algo… estuviera empezando a abrir los ojos.

Kim apretó ligeramente la mandíbula.

—No llego tarde… —dijo en voz baja—. No voy a llegar tarde.

Subió al grifo.

Y sin perder más tiempo…

Alzó el vuelo de regreso a casa.

—

…

El ambiente dentro de Beinever se había vuelto extrañamente silencioso.

No era un silencio incómodo… pero tampoco tranquilo del todo. Era de esos que aparecen cuando todos sienten que algo grande se acerca, aunque nadie lo diga en voz alta.

Eiden apoyó la espalda contra una de las columnas cercanas, cruzándose de brazos mientras observaba a lo lejos.

Liam y Teneb ya habían salido del Santuario.

Y aunque no estaban tan lejos… algo había cambiado.

—¿Lo notaron? —dijo finalmente Eiden, sin apartar la mirada.

Karl, que estaba sentado en el suelo con una pierna flexionada, levantó un poco la cabeza.

—Sí…

No hizo falta que dijera más.

Azerion, de pie junto a ellos, tampoco tardó en responder.

—Su energía… es más estable.

Hablaba con calma, pero con atención. No era solo una sensación. Era algo real.

—Pero no completamente —añadió Lujius, que se encontraba un poco más atrás, observando con una mirada más analítica—. Sigue siendo inestable en el fondo… solo que ahora la está conteniendo mejor.

Eiden frunció ligeramente el ceño.

—O sea que… sigue siendo peligroso.

—No —corrigió Lujius—. Sigue siendo… impredecible.

El matiz era importante.

Karl soltó un leve suspiro, mirando hacia el suelo unos segundos antes de hablar.

—Aun así… ha mejorado rápido.

Azerion asintió.

—Demasiado rápido.

Hubo un pequeño silencio tras eso.

No era desconfianza.

Era otra cosa.

Algo más cercano a… respeto.

Y quizás un poco de preocupación.

Eiden se separó de la columna y dio un par de pasos hacia adelante.

—No es solo eso —dijo—. Desde que salió del Santuario… se siente distinto. No solo más fuerte.

Miró de reojo a los demás.

—Como si estuviera… cargando algo.

Azerion bajó la mirada un momento, pensativo.

—Tiene sentido.

Karl levantó una ceja.

—¿Por?

Azerion tardó un segundo en responder.

—Porque no solo está aprendiendo a usar su poder… también está entendiendo lo que significa tenerlo.

Esa frase se quedó en el aire.

Lujius lo observó con cierto interés.

—Exacto.

Se acercó un poco más al grupo.

—El poder no es solo fuerza. Es responsabilidad, presión… y en su caso, algo que ni siquiera comprende del todo.

Eiden apretó ligeramente la mandíbula.

—Entonces estamos confiando en alguien que ni siquiera sabe qué tiene exactamente…

Lujius negó con la cabeza.

—No.

Hizo una breve pausa.

—Estamos confiando en alguien que está empezando a enfrentarlo.

Eso cambió completamente el enfoque.

Karl apoyó los brazos sobre sus rodillas, mirando al frente.

—Supongo que eso ya es más de lo que muchos harían…

El silencio volvió, pero esta vez era diferente.

Más… reflexivo.

Azerion fue el siguiente en hablar.

—Igualmente… no podemos depender solo de él.

Eiden lo miró.

—Nadie dijo que lo haríamos.

—Pero está pasando —respondió Azerion con calma—. Todos lo están viendo como la clave para derrotar a Dark.

Lujius no intervino.

Dejó que siguieran.

Karl chasqueó la lengua levemente.

—Bueno… no es como si no lo fuera.

—Eso no significa que tenga que cargar con todo —añadió Azerion, más serio esta vez.

Eiden desvió la mirada.

Sabía que tenía razón.

—Entonces tendremos que estar a la altura —dijo finalmente—. Todos.

Esa vez, nadie discutió.

Porque todos pensaban lo mismo.

Un leve viento recorrió el lugar, entrando desde los pasillos abiertos del reino.

A lo lejos, el cielo comenzaba a cambiar ligeramente de tono.

El día avanzaba.

Y con él… todo lo que venía.

Lujius fue el último en hablar.

—No olviden algo.

Los tres lo miraron.

—Esto recién comienza.

No lo dijo con miedo.

Ni con duda.

Lo dijo como un hecho.

Y en ese momento… todos lo entendieron.

Lo que estaban viviendo ahora…

No era el conflicto.

Era solo el inicio.

—

El horizonte se abría ante ellos, y el reino se mostraba a lo lejos, entre colinas y extensiones de bosque que se extendían hasta perderse. Las murallas se recortaban contra el cielo, vigilantes y firmes, y el sol iluminaba las torres, reflejando destellos dorados.

Suli iba al frente, con Roger justo detrás y Yercal y Selindra siguiendo en formación. El viento los azotaba mientras ascendían y descendían suavemente sobre las corrientes. Cada uno permanecía concentrado; la ciudad estaba cerca, y con ella, su destino.

Dentro del reino, un cambio sutil recorrió el aire. Primero un cosquilleo, apenas perceptible, luego algo más concreto: presencias acercándose.

Eiden fue el primero en reaccionar. Su mirada se tensó y una sensación extraña le recorrió la espalda.

—¿Lo sienten? —preguntó, sin necesidad de mirar a nadie más.

—Sí… algo viene —dijo Karl, apretando los puños mientras su mente intentaba afinar el Sensire.

Era esa habilidad que permitía percibir a los demás: primero la presencia, luego el tipo de energía, y finalmente, si se concentraban, el poder real de aquel individuo. Poco a poco, no de golpe.

—Cuatro —murmuró Azerion, entrecerrando los ojos—. Cuatro presencias distintas, acercándose rápido.

El aire se cargó. Cada segundo que pasaba permitía a quienes dominaban el Sensire captar más detalles. La primera fase: la existencia de esos individuos. La segunda: el tipo de energía que emanaban. La tercera: su potencia total.

—Están entrenados… y no son cualquier grupo —dijo Lujius, frunciendo el ceño mientras sentía la densidad de su magia y su control—. No solo poseen fuerza, sino disciplina y capacidad de combate.

Teneb, Varka, Drosk y Selanne también percibieron lo mismo. Sus ojos se estrecharon y sus manos se tensaron. No era solo la llegada de un grupo cualquiera; sentían que cada uno de esos cuatro estaba ahí con un propósito definido.

—Ya casi llegan —susurró Selanne, aunque apenas más fuerte que el viento.

A cada instante, el Sensire revelaba más. La energía de Roger y Suli era firme, precisa, controlada; la de Yercal tenía un matiz caótico, impredecible pero fuerte; la de Selindra, constante y elegante. Sus habilidades, sus años de entrenamiento, todo se hacía perceptible a medida que se acercaban.

Eiden apretó los puños, concentrándose para percibir incluso los movimientos que podrían estar haciendo antes de llegar. Azerion respiró hondo, preparándose para cualquier sorpresa.

El reino parecía contener la respiración junto con ellos. El viento movía las banderas, pero el cambio real estaba en el aire: algo estaba por suceder.

Suli y su grupo avanzaban lentamente, sobrevolando las murallas, acercándose cada vez más. Cada instante les permitía a quienes estaban dentro del reino sentir con claridad la presencia de aquellos recién llegados.

—No vienen por casualidad —dijo Karl, con voz grave—. Y no están solos en esto.

La distancia se acortaba, y todos los que podían percibirlos comprendieron algo importante: estas cuatro presencias no solo eran fuertes; eran decisivas.

El Sensire no engaña. Y ahora, todo dentro del reino estaba listo para recibirlos.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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