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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 264

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Capítulo 264: Kaltsit part 3 Arknights

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Y por última vez yo no sigo el canon de arknights

______________________________________________________________________

—¿Como que lady Theresa se fue?.

^^_____________^^^___________________

No debería estar vigilada.

Amiya había hecho decenas de misiones antes.

No era una novata, no era frágil, no era imprudente.

Kal’tsit lo sabía.

Aun así… estaba sentada frente a los monitores.

Se talló los ojos con dos dedos, cansada, y dejó escapar un suspiro bajo. Sus orejas felinas se movieron apenas, reaccionando a sonidos que nadie más notaría.

—…Solo un vistazo —murmuró.

En una de las pantallas, Amiya se ajustaba el abrigo, revisaba su comunicador y hablaba con Nearl. Sus orejas de conejo se movían con energía contenida.

—Todo listo —decía Amiya, sonriendo—. Ruta confirmada, evacuación prioritaria y retirada en cuanto aseguremos el perímetro.

—No te adelantes —respondió Nearl con calma—. Mantente detrás de mí.

—Sí, sí, lo sé —Amiya rió suavemente—. No soy imprudente.

Kal’tsit observó en silencio.

No intervino.

No corrigió.

No dio órdenes adicionales.

—Es fuerte… —susurró para sí—. Siempre lo ha sido.

Amiya salió del encuadre, y Kal’tsit cambió de cámara con un movimiento lento del dedo.

Otro pasillo.

Otra ala.

Ahí estaba Tn.

Arrodillado frente a un panel abierto, ajustando un cable suelto. Una luz parpadeó… y luego quedó estable. Tn suspiró con alivio y se limpió las manos en el pantalón.

—Listo… —murmuró para sí mismo—. Kal’tsit se molestaría si esto fallaba otra vez.

La comisura de los labios de Kal’tsit se curvó apenas.

La más leve de las sonrisas.

Apoyó la cabeza en una mano, el codo sobre el escritorio, y con la otra jugueteó con el control de cámaras, siguiendo a Tn mientras se levantaba y cargaba su caja de herramientas.

—Un humano… —susurró—. Un auténtico Homo sapiens.

Hacía cuánto tiempo que no existía una especie así en Terra.

Los humanos —los Ancestros— se habían extinguido hacía unos trece mil años, tras una catástrofe que ni siquiera los registros más antiguos lograban explicar del todo.

El mundo ahora pertenecía a los Antiguos, a los Ancianos, a las razas híbridas…

y aun así, ahí estaba él.

—Podrías ser el último… —murmuró—. O quizá solo el único que hemos encontrado.

Quien sabe, tal vez logren encontrar mas humanos. Seria bueno preservar la especie.

Kal’tsit lo había estudiado innumerables veces.

Sangre, ADN, estructura ósea, respuesta inmunológica, neuroquímica.

Aunque claro la obvia falta de otras extremidades dejaba ver que no era un hibrido evolucionado.

Pero más allá de los datos…

Ella siempre lo había observado.

Nunca dejó de hacerlo.

Nunca dejó de cuidarlo.

En otra cámara, Tn se detenía para ayudar a un operador más joven con una caja pesada.

—Gracias —decía el operador.

—No es nada —respondía Tn, con esa voz tranquila y dócil.

Kal’tsit sintió algo cálido… y peligroso… expandirse en su pecho.

Cambió de cámara otra vez.

Amiya ya partía.

El equipo avanzaba por la rampa de salida del landship, el viento levantando su abrigo. Amiya levantó la mano en señal de despedida a alguien fuera de cuadro.

—Volveré pronto —dijo, más para sí misma que para los demás.

Kal’tsit asintió levemente, como si Amiya pudiera verla.

—Todo estará bien —susurró—. Después de todo… tú eres fuerte.

Apagó el monitor de la misión.

Dejó solo el de Tn encendido.

No por necesidad.

No por desconfianza.

Simplemente… porque así se sentía correcto.

Kal’tsit cerró los ojos un instante, respirando con calma.

Nada iba a salir mal.

Nada.

…¿verdad?

Oh… qué cruel podía ser el destino.

Horas.

Kal’tsit contaba las horas.

Una tras otra.

El monitor seguía mostrando el estado del escuadrón de Amiya: sin actualización.

Canales abiertos.

Señales estables… pero ningún retorno.

—…¿Por qué no vuelven? —murmuró, con la voz apenas audible.

Sus dedos golpearon una vez el borde del escritorio. Una sola. Seca. Controlada.

Se obligó a apartarse del monitor y se estiró, arqueando la espalda con un suspiro cansado.

—Ha sido un día largo…

Demasiado largo.

Activó el comunicador.

—Tn. Preséntate en el ala médica para un último chequeo.

La respuesta llegó casi de inmediato.

—Entendido, doctora Kal’tsit. Voy en camino.

Eso estaba bien.

Todo debía seguir la rutina.

Salió de su oficina y caminó por los pasillos con paso firme. Mientras avanzaba, sus dedos se deslizaron por un panel abierto. Un ajuste mínimo. Una sobrecarga leve.

Y arranco un par de cables.

Una luz parpadeó.

Más adelante, un sensor dejó de responder.

Nada grave.

Nada urgente.

—Lo suficiente para que lo revise mañana… —pensó—. Así se mantendrá cerca.

El Doctor no diría nada. Nunca lo hacía.

Ella no se entrometía en sus decisiones estratégicas; él no cuestionaba las suyas médicas.

Una simetría perfecta.

Llegó a la zona residencial.

La habitación asignada a Tn estaba justo al lado de la suya.

—Tn —llamó, tocando la puerta con dos nudillos.

—Adelante —respondió él.

El chequeo fue breve. Demasiado rutinario para que Tn sospechara nada.

—Pulso estable —murmuró Kal’tsit, revisando el escáner—. Respiración normal.

—¿Todo bien, doctora? —preguntó él con suavidad.

—Sí. Has trabajado bien hoy.

Sacó el inyector.

—Esto es solo para que descanses mejor.

Tn asintió sin dudar.

—Ja claro. Confío en usted.

La aguja entró con precisión.

Sedantes.

Una dosis ligeramente mayor.

—Cena ligera —ordenó ella—. Luego, a dormir. No trasnoches con la tableta.

—Sí,entiendo.

Ella lo acompañó hasta que se recostó. Ajustó la manta con un gesto automático, casi… íntimo.

—Buenas noches, Tn.

—Buenas noches, doctora Kal’tsit.

Cerró la puerta.

Horas después, Kal’tsit estaba recostada en su propia cama, la espalda apoyada contra el respaldo, la tableta sostenida con una mano.

En la pantalla: Tn dormía.

Respiración tranquila.

Sin pesadillas.

—Bien… —susurró.

Era un hábito pequeño. Inofensivo.

Solo observar.

Por si acaso.

Apagó la luz de su habitación y dejó la pantalla encendida unos minutos más antes de colocarla a un lado. Miró el techo.

La rutina no la volvía loca.

Había vagado cientos de años acompañada únicamente por Mon3tr.

Ahora la criatura reposaba en un tanque de preservación, silenciosa, no le molestaria.

Kal’tsit apoyó los codos en la cama y entrelazó los dedos frente a su rostro. Sus ojos vagaron, sin foco.

—Supervisar la supervivencia de Terra… —murmuró—. Gestionar la Oripatía. Asegurar el futuro.

No era solo curar.

Nunca lo había sido.

Como jefa médica de Rhodes Island, como remanente de un proyecto antiguo, como algo que había visto civilizaciones enteras caer… eso era lo que le correspondía.

Y Tn…

Tn era parte de ese futuro.

—No permitiré que el mundo lo tome—susurró en la oscuridad—. No a ti.

El comunicador vibró de pronto.

Un mensaje entrante.

Sin señal del escuadrón de Amiya.

Retraso crítico.

Kal’tsit cerró los ojos un instante.

—…Amiya.

No gritó.

No se movió.

Solo respiró… y abrió los ojos con una calma peligrosa.

—Todo estará bien —se dijo—. Todo debe estarlo.

Apretó el dispositivo con fuerza.

El destino era cruel.

Pero ella…

ella había aprendido a ser más cruel que él, si era necesario.

.

.

.

Kal’tsit se quedó inmóvil.

—…¿Qué acabas de decir? —preguntó.

Estaba de pie en el marco de su habitación, la bata de dormir mal ajustada, a punto de deslizarse de su hombro. Frente a ella, una técnica del personal médico —orejas de perro, cola rígida, tableta temblando entre las manos— tragó saliva con dificultad.

—D-doctora… el informe acaba de confirmarse. La señorita Amiya y su escuadrón… —la técnica dudó— …desaparecieron en acción.

El mundo se contrajo.

—Repítelo —ordenó Kal’tsit, con una calma que no coincidía con la tensión en su mirada.

—Se perdió todo contacto hace seis horas. Comunicaciones, balizas, señales vitales… —la técnica bajó la vista—. La misión era solo de rescate de Infectados. No debía escalar.

Amiya.

CEO de Rhodes Island.

La cara pública.

La niña que cargaba con el futuro de los Infectados.

Unicamente la dejaban irse a misiones para ganar promocion y confianza.

—¿Cómo demonios…? —Kal’tsit dio un paso al frente.

Sujetó a la técnica por el cuello del uniforme, levantándola apenas del suelo. Sus orejas felinas se erizaron, tensas.

—¿Cómo desaparece ella en una misión de bajo riesgo?

—¡N-no lo sabemos! —la técnica casi lloraba—. El Originium en la zona se disparó de repente, interferencias masivas… ¡perdimos todo!

Kal’tsit la soltó con brusquedad.

—Fuera —dijo—. Ahora.

La técnica no esperó una segunda orden.

La puerta se cerró de golpe.

Kal’tsit giró sobre sí misma y tomó su tableta de la mesa. Sus dedos se movieron con rapidez casi enfermiza mientras accedía a los canales internos, a los registros de misión, a las últimas coordenadas.

—Vamos… —murmuró—. Responde.

Nada.

La señal de Amiya no aparecía.

Ni un eco.

Ni una distorsión reconocible.

—¿Interferencia por Originium…? —susurró.

Sus ojos se movían de un punto a otro, calculando posibilidades.

—No… demasiada estática. Demasiado raro.

Un gruñido bajo escapó de su garganta. Lanzó la bata a un lado y comenzó a vestirse con rapidez: ropa táctica, abrigo largo, guantes.

—Piensa, Kal’tsit —se dijo—. Piensa.

Si Amiya había desaparecido así…

no era un accidente común.

Ajustó el comunicador.

—Mon3tr —ordenó—. Estado.

Desde el tanque de preservación, la lectura respondió estable.

Lista.

Kal’tsit salió de la habitación con paso firme, sin mirar la puerta contigua donde Tn dormía profundamente, ajeno a todo.

Los pasillos parecían más largos.

Más estrechos.

Operadores se giraban al verla pasar. Algo en su expresión bastaba para silenciar cualquier intento de pregunta.

—Doctora… —intentó decir alguien.

—Ahora no.

Llegó a las oficinas centrales y empujó la puerta sin llamar.

El Doctor estaba allí, revisando mapas tácticos.

—Doctor —dijo Kal’tsit, sin rodeos—. ¿Qué diablos ocurrió con Amiya?

El Doctor alzó la vista lentamente.

—Ya lo sabes, ¿verdad…?

—Respóndeme.

—La misión se torció —dijo él con voz grave—. Demasiado Originium. Demasiadas anomalías. Ordené retirada inmediata, pero…

—Pero no volvieron —terminó Kal’tsit.

Silencio.

—Esto no fue casual —continuó ella—. Y tú lo sabes.

El Doctor apretó los labios.

—Estoy preparando un equipo de búsqueda.

Kal’tsit lo miró fijamente. Durante un segundo… pareció medirlo. Juzgarlo.

—Hazlo —dijo al fin—. Pero no esperes que me quede sentada.

Se giró hacia la salida.

—Si Amiya está viva, la traeré de vuelta.

Su voz bajó, peligrosa.

—Y si alguien hizo que desapareciera… Terra va a recordarlo.

Mientras caminaba, un pensamiento cruzó su mente, frío y punzante.

Amiya… Tn…

No debí permitir que salieras.

No debí dividir mi atención.

Sus puños se cerraron.

El destino había dado su golpe.

Y Kal’tsit…

ya estaba decidiendo cómo devolverlo.

.

.

Kal’tsit caminó de regreso a la zona residencial.

Sus pasos eran firmes, medidos… pero algo en su interior ya había cambiado.

Se detuvo frente a la puerta contigua a la suya y la abrió sin llamar.

La habitación de Tn estaba en penumbra. El chico dormía profundamente, envuelto en las mantas, respirando con regularidad. Todo estaba en orden. Demasiado en orden.

Kal’tsit se acercó a la cama y apoyó dos dedos en su cuello, midiendo el pulso por puro hábito.

—Estable… —murmuró.

Lo sacudió con suavidad.

—Tn. Despierta.

—¿Mhmmm~…? —él abrió los ojos lentamente, visiblemente desorientado—. ¿Doctora…? ¿Pasa algo?

—Necesito que te prepares —dijo ella con voz tranquila—. Vamos a movernos al sector C.

Tn parpadeó un par de veces.

—¿Sector C? ¿Hice algo mal?

—No —respondió de inmediato—. Nada de eso. Es… algo especial.

El chico asintió sin cuestionar. Nunca lo hacía.

—Está bien… deme un minuto.

Kal’tsit esperó, observándolo incorporarse con torpeza, todavía bajo el efecto de los sedantes. Cuando se levantó, ella pasó una mano por su cabeza, acariciando su cabello con familiaridad.

—Buen niño —susurró.

Tn sonrió débilmente.

—Gracias, doctora.

Kal’tsit salió primero de la habitación.

La sonrisa tranquila desapareció en el instante en que la puerta se cerró.

El sector C.

No era un ala médica.

No era una zona residencial.

Era un búnker reforzado, enterrado en lo más profundo de Rhodes Island. Un lugar diseñado para resistir asedios, colapsos estructurales… y horrores que no debían salir a la superficie.

El lugar donde solía confinar a Mon3tr algunas veces.

—Si Amiya sigue sin aparecer… —murmuró mientras caminaba— entonces no cometeré el mismo error dos veces.

Sus ojos estaban vacíos, enfocados solo en el objetivo.

Había dejado ir a Amiya.

Había permitido que el mundo la tocara.

No iba a permitirlo con Tn.

Llegó al acceso del sector C y pasó su identificación. Las compuertas se abrieron con un sonido pesado, profundo.

—Doctora… —dijo Tn, mirando a su alrededor con curiosidad—. Esto parece… más fuerte de lo normal.

—Lo es —respondió ella sin mirarlo—. Aquí estarás seguro.

Demasiado seguro.

Lo condujo al interior: paredes gruesas, sistemas redundantes, suministro independiente de energía y aire. Un lugar donde el Originium del exterior no podía filtrarse.

—Quiero que te quedes aquí —continuó—. Descansa. No salgas hasta que yo vuelva.

—¿Usted… va a salir? —preguntó Tn.

Kal’tsit se detuvo.

Por un instante, algo cruzó su expresión. Algo humano.

—Tengo que buscar a alguien —dijo al final—. Alguien importante.

Tn dudó.

—¿Amiya…?

El nombre cayó como una cuchilla.

—Sí —respondió—. A Amiya.

Colocó una mano firme sobre el hombro del chico.

—Confía en mí. Siempre vuelvo.

Tn asintió, aunque una inquietud comenzaba a anidarse en su pecho.

—La esperaré.

Kal’tsit se giró hacia la salida.

Mientras las puertas comenzaban a cerrarse detrás de ella, pensó:

¿Qué podría salir mal?

No miró atrás. Sabia que de hacerlo no querria salir.

Las compuertas sellaron el sector C con un estruendo metálico.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Kal’tsit eligió a uno, incluso si eso significaba perderlo todo……Estaba enojada.

La puerta terminó de cerrarse con un golpe seco.

Antes de que los seguros automáticos terminaran de encajar, Kal’tsit avanzó un paso y destrozó el cerrojo de un solo golpe, metal retorciéndose bajo su fuerza precisa.

—Bien… —murmuró, sin emoción—. Nadie va a abrir esta compuerta.

Activó de nuevo las señales holográficas de SECTOR RESTRINGIDO. Aquellos letreros siempre habían sido suficientes. En Rhode Island, prohibido no era una sugerencia, era una frontera mental. Nadie se metía en lo que Kal’tsit declaraba suyo.

Sus pasos resonaron en el pasillo vacío mientras avanzaba hacia la computadora central del búnker. El aire era frío, estéril. Ideal.

Colocó la mano sobre el panel y sus ojos recorrieron líneas de datos a una velocidad inhumana.

—Localización de Amiya… —susurró.

Los mapas cambiaron. Coordenadas antiguas, interferencias, zonas colapsadas.

Una imagen terminó fijándose en la pantalla: una ciudad en ruinas, devorada por polvo, Originium y algunos infectados ya perdidos.

Kal’tsit se quedó quieta un segundo más de lo necesario.

—Ahí estás…

Guardó las coordenadas sin dudar.

—Doctor dijo que enviaría un equipo —añadió en voz baja, casi con desdén—. Pero eso no es suficiente.

Se dio la vuelta y caminó hacia el tanque de contención. El líquido translúcido burbujeaba suavemente. Dentro, la silueta de Mon3tr permanecía inmóvil… hasta que ella se acercó.

—Despierta tenemos algo que hacer.

El tanque se abrió con un siseo hidráulico con el liquido bajando. La criatura emergió lentamente:

un dragón biomecánico, de placas verdes cristalinas, cuchillas orgánicas recorriendo su cuerpo, ojos que se abrieron revelando un verde cautivador y antinatural.

—Te necesito —dijo Kal’tsit sin alzar la voz—. Forma de bestia me seria util. Transporte aéreo es lo mas rapido que tengo.

Mon3tr emitió un sonido grave, metálico. No era una palabra, pero era obediencia.

—Bien.

Minutos después, ambos estaban en el techo de Rhode Island. La fortaleza móvil seguía su curso, ajena a la decisión que se acababa de tomar.

El viento azotaba el cabello de Kal’tsit mientras observaba el horizonte.

—Tn estará seguro aquí —se dijo, más para convencerse que por lógica—. Más seguro que afuera… más seguro que cerca de cualquiera.

Mon3tr desplegó sus alas o lo que podria decirse alas. La estructura colosal —casi nueve metros de altura— proyectó una sombra inmensa sobre la cubierta.

Kal’tsit subió sobre su lomo con un movimiento fluido.

—Vamos.

El dragón se elevó, rompiendo el aire con un estruendo contenido. Rhode Island quedó atrás, reducida a luces distantes.

Mientras avanzaban hacia las ruinas, Kal’tsit cerró los ojos un instante.

—Ya dejé ir a Amiya una vez… —susurró—. No cometeré el mismo error.

Sus dedos se tensaron.

—Ni con ella… ni con el.

El viento rugía. El destino avanzaba.

Y en algún lugar, muy lejos, las ruinas parecían esperarla.

El viento azotaba su cabello mientras Kal’tsit ajustaba la dirección.

Las coordenadas no mentían. Ya estaban cerca.

—Aquí… —murmuró.

Mon3tr descendió con un movimiento controlado. Al tocar tierra, Kal’tsit bajó de su lomo y levantó la mano.

—Perímetro defensivo. No ataques sin mi orden.

El dragón biomecánico respondió enroscándose alrededor de ella, placas cristalinas tensándose, ojos verdes atentos a cada sombra. No parecía una bestia… parecía un guardián.

Kal’tsit avanzó entre las ruinas. Edificios colapsados, calles partidas, rastros viejos de combate.

Se agachó, tocó el suelo, examinó marcas casi borradas.

—Pisadas… varias —analizó—. Equipo pequeño. Formación conocida en V.

Siguió caminando. Minutos se volvieron horas.

Nada.

El silencio de la ciudad era denso, incómodo. Incluso Mon3tr parecía inquieto.

Kal’tsit activó su comunicador.

—Amiya. ¿Me recibes?

Solo estática.

—Escuadrón de avanzada, respondan. Aquí Kal’tsit.

Nada.

Su expresión no cambió, pero sus dedos se cerraron con fuerza.

—No… no desaparecen así.

Siguió avanzando entre estructuras derrumbadas, llamando una y otra vez.

Cada intento sin respuesta aumentaba algo que no era miedo, sino determinación fría.

—No me obliguen a buscar más profundo… —susurró.

.

.

.

Mientras tanto, en Rhode Island, el Sector C permanecía en un silencio artificial.

Tn caminaba despacio por el búnker.

No era enorme, pero tampoco simple. Pronto se dio cuenta de que el lugar estaba diseñado como un sistema casi laberíntico.

—Vaya… —murmuró.

Pasó por el área central, luego por pasillos de seguridad que se bifurcaban. Vio habitaciones pequeñas, limpias, con camas simples. Aparatos médicos alineados con precisión quirúrgica.

—Esto parece… bastante del gusto de la doctora.Vaya jamas habia estado en esta zona —dijo en voz baja.

Entró en la cocina. Todo estaba ordenado, raciones selladas, agua suficiente.

—Kal’tsit pensó en todo…

Avanzó hacia el almacén de suministros, luego a la oficina de seguridad. Monitores apagados, pero listos para activarse.

Tn se detuvo en medio del pasillo.

—No sé por qué me dejó aquí… —admitió—. Pero si lo hizo, es por algo.

Recordó su voz. Su mano sobre su cabeza. Buen niño.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Ella siempre sabe qué hacer —se dijo—. Siempre me ha cuidado.

Se sentó en una de las camas, mirando el techo metálico.

—Así que… esperaré.

Cerró los ojos un momento.

—Confío en ti, Kal’tsit.

Confia en la persona mas lista del grupo.

El ser humano confía en personas consideradas listas o inteligentes principalmente por una necesidad biológica y psicológica de seguridad, eficiencia y reducción de incertidumbre en su entorno social. Se percibe a la inteligencia como una forma de competencia que garantiza mejores decisiones, lo que genera confianza en que esa persona puede resolver problemas, prever riesgos y aumentar el éxito grupal o individual.

.

.

.

.

Lejos de ahí, entre ruinas y polvo, Kal’tsit se detuvo de golpe.

Mon3tr levantó la cabeza, alerta.

—…Esto no está bien —dijo ella.

Sus ojos recorrieron la ciudad destruida una vez más.

—Amiya… no importa dónde estés —susurró—. Te voy a encontrar.

Y si algo se interponía en su camino…

No sería perdonado.

“THINK”

Kal’tsit chasqueó los dedos al percibir un sonido casi imperceptible.

—Mon3tr. Ahora.

La criatura reaccionó al instante. Un zarpazo brutal impactó contra una pared semiderruida, pulverizando concreto y polvo. El eco retumbó por la ciudad muerta.

Kal’tsit observó el interior expuesto con frialdad clínica.

—…Nada —murmuró—. Falso positivo.

Mon3tr se replegó, tenso.

—Suficiente. Seguimos.

Horas más de búsqueda. Ruinas tras ruinas. Llamadas sin respuesta. Señales corruptas por el originium en el ambiente.

Nada. Absolutamente nada.

Cuando finalmente regresó a Rhode Island, el cansancio no se reflejaba en su rostro… pero sí en su silencio.

—Regresa al tanque —ordenó.

Mon3tr obedeció. El dragón metálico se sumergió en el fluido de preservación, cerrando los ojos verdes con un leve destello antes de apagarse. Kal’tsit cerró el compartimento con más fuerza de la necesaria.

—Maldita sea…

Se giró y caminó directo al Sector C.

Al llegar, se detuvo frente a la compuerta reforzada. El cerrojo estaba destruido, el interruptor inutilizado… por su propia mano.

Una leve sonrisa cruzó su rostro.

—Bien. Perfecto.

Activó su tableta y revisó las cámaras internas.

.

.

.

.

Dentro del búnker, Tn caminaba con calma.

Había pasado el tiempo limpiando un poco, acomodando suministros, revisando por costumbre algunos paneles —sin modificar nada—. Ahora estaba sentado en el área central, con una bandeja de comida frente a él.

—Esto está… demasiado preparado —murmuró—. Kal’tsit no deja nada al azar.

Tomó un sorbo de agua y miró alrededor.

—Supongo que toca esperar.

.

.

.

.

En la pantalla, Kal’tsit lo observaba en silencio.

—Comida, agua, medicina, descanso y un poco de entretenimiento—enumeró—. Todo en orden.

Cambiaba de cámara una por una. Pasillos. Habitaciones. Oficina de seguridad.

—Nadie entrará ahí —dijo para sí—. Nadie hará preguntas innecesarias.

Apoyó la espalda contra la pared del pasillo exterior, cerrando los ojos un segundo.

—Amiya sigue desaparecida… —susurró—. Y el Doctor ya está movilizando recursos.

Abrió los ojos. Su mirada era firme.

—Pero tú no —añadió, mirando la pantalla donde Tn se acomodaba para dormir—. Tú te quedas a salvo.

Activó los protocolos de vigilancia.

—Te vigilaré yo misma.

En la pantalla, Tn apagó la luz de su habitación y se recostó.

—Buenas noches… —murmuró él, sin saber que lo escuchaban.

Kal’tsit no respondió.

Solo observó.

—Nada malo te va a pasar —dijo en voz baja—. No mientras yo siga aquí.

Bueno algunos dirían que tener a una persona encerrada no era lo mas ético.

Una persona sola en un búnker

enfrentará desafíos extremos de aislamiento, deterioro psicológico y la necesidad crítica de gestionar recursos limitados. La supervivencia a largo plazo depende de sistemas de filtración de aire, reservas de agua (necesaria en 3 días) y comida, evitando riesgos como la asfixia por acumulación de

𝐶𝑂2.

Aunque ella le dejó todo lo que necesitaba, y lo estará viendo por las cámaras.

Nada saldría mal.

________________________________________

unicamente trama de una doctora con delirios muy perturbadores y ya…..este tn es solamente el pobre tecnico con una gata abuela loca que ahora juega five nights at freddys.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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