Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Waifu yandere(Collection) - Capítulo 273

  1. Inicio
  2. Waifu yandere(Collection)
  3. Capítulo 273 - Capítulo 273: Scathach part 3 Fgo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 273: Scathach part 3 Fgo

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Maestro…

maestro…

¿puede escucharme?

Su cuerpo está frío.

Sus manos ya no responden,

su voz ya no me llama.

Dígame, por favor…

¿por qué usted, tan sabio,

compartió todo su conocimiento conmigo?

Yo hice un pacto:

moriría si perdía mi pureza

con alguien que no fuera usted.

Y usted…

ya tenía su propia condena:

perder parte de su fuerza

si entregaba su corazón a otro ser.

Aun sabiendo eso,

aun con el destino sellado,

usted me concedió ese amor.

Cumplió mi capricho,

mi egoísta deseo…

y ahora lo sostengo

frío y sin vida entre mis brazos.

No hay lágrimas suficientes

para pagar este pecado.

No hay lanza capaz

de atravesar esta culpa.

Pero escucharé esto como su último mandato.

Seguiré luchando

en esta tierra estéril.

Seré la reina de las sombras.

Seré una bruja.

Seré inmortal ante todo.

Hasta el día

en que pueda verlo otra vez.

Con amor…

Scáthach.

__________________________________________________________________________

Solo quedaban dos inviernos.

El geas que Scáthach había prometido se estaba acercando. Ya contaba con 18 inviernos, y aunque su relación con su maestro había progresado, ambos seguían moviéndose por Irlanda, ayudando a pueblos y derrotando bestias. Ella aún portaba el colgante con la joya rúnica en su cuello; era su mayor tesoro. De hecho, ahora mismo caminaban por un bosque con una misión simple: cazar a los Sluagh, huestes de espíritus que robaban almas. Bestias bípedas de gran tamaño, con dos brazos fornidos al frente, piernas de caballo y una mandíbula enorme. Habían causado demasiados destrozos.

Scáthach avanzaba lentamente, lanza en posición de guardia. Su cabello largo, morado —a veces descrito como vino o castaño teñido— se movía con el viento. Sus ojos carmesí barrían el entorno, calculando ángulos, rutas de escape, sombras sospechosas.El collar que Tn le había dado vibraba cada vez que sentía una presencia maligna.

.

.

Arriba, entre las copas, Tn se desplazaba con saltos precisos; tan rápidos que apenas dejaban una estela de polvo. Hasta que, al pisar otra rama, el árbol explotó.

Tn cayó al suelo derrapando, clavó el talón para frenar y alzó la vista. Un Sluagh le gruñó de frente, arrojando saliva verde y viscosa. Alrededor, al menos seis pares de ojos lo observaban con hambre.

—Así que eran más —murmuró Tn, acomodando su lanza—. Bien… vengan.

El primero embistió. Tn giró la muñeca, la hoja describió un arco limpio y el golpe fue desviado; la fuerza sacudió la tierra. El Sluagh retrocedió un paso, sorprendido. Otro se lanzó desde el flanco.

—¡Maestro! —la voz de Scáthach cortó el aire.

Ella corría a toda prisa, con otro Sluagh saltando entre los árboles tras ella. Sus pasos eran ligeros, casi danzantes; cada zancada medía la distancia exacta. Giró sobre sí misma, la lanza silbó y rozó la mandíbula de la criatura, arrancando un chillido furioso.

—No te acerques demasiado —respondió Tn sin mirarla—. Mantén la línea.

—Lo sé —replicó ella, con una sonrisa tensa—. Enséñame algo nuevo… o no me contengo.

El Sluagh de Scáthach cayó desde arriba. Ella se deslizó bajo el golpe, apoyó la lanza en el suelo y se impulsó, clavando la hoja en el costado de la bestia. No la remató; saltó atrás, respirando con fuerza, ojos brillantes.

—Todavía —susurró—. Todavía no.

Del otro lado, Tn bloqueó una mordida que habría partido un tronco. La mandíbula chocó contra la hoja y chispas verdes salpicaron el aire. Él dio medio paso, firme.

—Coordina conmigo —ordenó—. Dos a la vez. Ahora.

Scáthach asintió. Sus manos se ajustaron al asta, el colgante rúnico golpeó su pecho una vez, como si respondiera al llamado. Los Sluagh se reagruparon, gruñendo, cerrando el cerco.

—Maestro —dijo ella en voz baja, sin apartar la vista—. Pase lo que pase… no te apartes.

—Jamás —respondió Tn.

Las bestias avanzaron al unísono. El bosque contuvo el aliento.

Ambos gritaron el nombre del ataque al unísono.

La lanza de Scáthach ardió en un carmesí profundo, como sangre viva. El impulso fue directo, implacable: atravesó al Sluagh de lado a lado entrando por la voca destruyendo todo hasta salir por el exterior, al contacto, la criatura se desintegró en fragmentos de sombra que el viento dispersó entre los árboles.

La lanza de Tn, en cambio, brilló de verde esmeralda. Avanzó como una flecha… y aunque la bestia logró esquivarla por un instante, el suelo respondió a la voluntad del druida. Un camino de estacas de madera brotó desde la tierra, creciendo con furia ancestral; perforaron al Sluagh desde abajo y lo borraron del mundo con un alarido hueco mientras estacas atravesaban brazos,torso, craneo, hasta que una en particular atraveso desde la parte baja del ocico hasta el cerebro.

El bosque quedó en silencio.

Scáthach recuperó su lanza, jadeando. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y miró a su maestro, una sonrisa ladeada dibujándosele en los labios.

—Fue una cacería interesante Maestro—dijo, respirando hondo—. Pero… quiero más. Ya me estaba aburriendo.

Tn rió levemente, apoyando la lanza en el suelo.

—Sigues siendo una pequeña revoltosa cuando hay batalla de por medio.

Le dio un suave golpe con el asta en la cabeza, apenas un toque correctivo. Scáthach gimió, cerrando un ojo y llevándose la mano al lugar.

—¡Oye! —protestó—. ¡Eso dolió!.

Se llevo su mano sobando la parte afectada aunque realmente no dolia nada.

—Si quieres llamarte druida —respondió él con calma—, primero debes aprender paciencia. Y abandonar esas tendencias tuyas hacia las batallas sangrientas.

Ella frunció el ceño y desvió la mirada.

—Las batallas son mucho más emocionantes que rezar todo el día…….y toda la noche.

Tn negó despacio, con una sonrisa cansada pero dandole algo de razon.

—Algún día lo entenderás.

Se incorporó del todo y comenzó a recoger lo necesario, como si el combate hubiera sido solo un trámite más del camino.

—Anímate —añadió—. Hoy comeremos estofado otra vez.

Los ojos de Scáthach brillaron al instante.

—¿De verdad?

—Sí. Ciervo rojo… y tejón.

—… —ella tragó saliva—. Maestro, eso fue cruel. No se dicen cosas así a la ligera.

Con un pequeño grito emocionado, se abalanzó sobre él, aferrándose a su brazo como una niña impaciente.

—¡Dime que ya está casi listo! ¡Por favor, dime que sí!

Tn soltó una carcajada, acomodándose el manto.

—Primero el campamento. Luego el caldero. Y después, si te portas bien, repetirás.

Scáthach gimió de pura anticipación, llevándose una mano al estómago.

—Luchar, entrenar y comer lo que tú cocinas… —murmuró, saboreando la idea—. Supongo que puedo soportar un poco más de paciencia.

Y mientras retomaban el camino entre los árboles, el colgante rúnico en su cuello tintineó suavemente, como si la tierra misma escuchara su promesa no dicha.

.

.

.

.

La fogata crepitaba con un ritmo constante. Scáthach comía tazón tras tazón de estofado, sorbiendo y masticando como si su vida dependiera de ello. Algo de caldo le quedó en el labio; ni se molestó en limpiarlo antes de llevarse otra cucharada a la boca.

Tn, en cambio, comía despacio. Miraba las estrellas entre bocado y bocado, como si leyera en ellas un calendario invisible.

—Otra vez se acerca la época de la cosecha —murmuró—. Deberíamos asistir a otro banquete.

Scáthach se quedó quieta. La cuchara suspendida en el aire.

Banquetes.

Por lo general, su maestro y ella acudían a esas fiestas organizadas por reyes y jefes tribales. Tn ostentaba el cargo de sabio druida, y su presencia no solo era importante, sino casi obligatoria. Ella, en cambio, odiaba asistir. Y no por la comida.

Bajó la cuchara lentamente.

Las mujerzuelas que creían que podían ganarse una noche de placer con su maestro.

Malditas arpías.

Jura que si una zorra de pechos grandes se acercaba de nuevo a su Maestro…..

Su ojo temblo aun mas al recordar la otra parte.

Y luego estaban los guerreros ebrios, convencidos de que podían encantarla con palabras torpes y llevarla a la cama. Idiotas. Más de uno había terminado en el suelo, con el trasero dolorido y el orgullo destrozado, después de que Scáthach les demostrara —con sus propias manos— que no era una doncella inofensiva.

Pero, sobre todo, lo que más odiaba era estar rodeados de gente.

Porque les robaban tiempo.

Tiempo con su maestro.

Ese pensamiento le cruzó la mente mientras observaba a Tn, tranquilo, vigilando el fuego como si nada del mundo pudiera perturbarlo.

—Maestro… —dijo al fin—. ¿Crees que esta vez asista algún dios?

Tn alzó la vista hacia el cielo nocturno, pensativo.

—Es probable —respondió—. En especial los Tuatha Dé Danann. No solo suelen asistir… a veces interactúan estrechamente con los humanos durante banquetes y festividades.

Scáthach frunció ligeramente el ceño.

—¿Interactúan cómo?

—Conversan. Observan. Juegan —dijo con calma—. Algunos ponen a prueba a los mortales. Otros simplemente disfrutan del vino y la música.

Ella apretó el cuenco entre las manos.

—No me gusta eso.

Tn la miró de reojo, notando el cambio en su tono.

—¿Los dioses?

—La gente —corrigió ella sin dudar—. Y los dioses… menos aún.

Tn esbozó una leve sonrisa.

—Los banquetes son parte del equilibrio, Scáthach. Compartir, celebrar la vida, honrar la tierra.

—La tierra la honro luchando y entrenando —refunfuñó—. No sonriendo a desconocidos.

Hubo un breve silencio, roto solo por el fuego.

—No tienes que hablar con nadie si no quieres —dijo él al fin—. Estarás conmigo.

Ella alzó la vista, sorprendida.

—¿De verdad?

—De verdad.

Scáthach volvió a comer, más despacio esta vez. Pero por dentro, su corazón latía con fuerza.

Mientras esté contigo, pensó.

Eso es lo único que importa.

.

.

.

Las festividades podían durar tres días y tres noches en las plazas de los pueblos o en la gran casa del jefe o rey. Se realizaban festines y rituales: la ofrenda de las primicias —los primeros frutos de la cosecha— y sacrificios de animales para honrar a la tierra y a los espíritus. En esta ocasión, todo ocurría dentro del gran castillo del señor que organizaba el banquete.

Las mesas rebosaban. Asados contundentes y guisos espesos, productos locales preparados con orgullo. Lechones dorados, grullas y faisanes asados; pescados como el breme y el broke braune. Sopas densas como Gele y Blandesore, pan recién horneado con mantequilla, y platos más pesados de patatas, bacon y estofados con cerveza. Corrían la hidromiel y la cerveza; en jarras más pequeñas, aguardientes que ya olían a lo que algún día llamarían whisky.

Tn y Scáthach permanecían juntos, tal y como ella quería. Bebían, comían y escuchaban a otros guerreros relatar sus grandes aventuras. Scáthach apoyaba el codo en la mesa, la lanza recostada a su lado, y lanzaba miradas afiladas cuando alguna mujer osaba acercarse demasiado a su maestro. Aquella sutil amenaza bastó para mantenerlas a distancia.

—Así está mejor —murmuró Scáthach, probando otro trozo de carne—. Nadie interrumpe.

Tn sonrió apenas, sin apartar la vista del salón.

—La paz en los banquetes también es algo que me gusta, aunque recuerdo lo escandalosos que eran los guerreros del norte.

Ella resopló, divertida.

—Prefiero las que se celebran con sangre y peleas.

Recordo un banquete en especial donde todos los invitados bebieron tanto que terminaron peleando entre todos.

Las risas y la música llenaban el aire cuando, de pronto, una presencia se hizo notar. No fue un anuncio, ni un grito. Fue el peso mismo del silencio cayendo sobre la sala.

Las puertas se abrieron.

Como invitado especial apareció Neit, antiguo dios de la guerra, miembro de los Tuatha Dé Danann y esposo de las diosas Badb y Nemain. Alto, de casi tres metros, avanzó con paso firme. Portaba una gran espada y una lanza cuya sombra parecía multiplicarse, como si mil armas marcharan con él.

Muchos callaron. Algunos bajaron la mirada. Los músicos, sin embargo, siguieron tocando; el ritmo no se rompió, como si obedecieran una ley más antigua que el miedo.

El rey se levantó, tragó saliva y alzó la voz:

—¡Honra para nuestro salón! —proclamó—. Neit, señor de la batalla, seas bienvenido a mi mesa.

Neit inclinó apenas la cabeza. Sus ojos recorrieron el lugar… y se detuvieron un instante más largo de lo normal en Tn y Scáthach.

—Huelo hierro —dijo con voz grave—. Y juramentos. Tch el hierro irlandes se a deteriorado. Los juramentos a Lugh parecen ser tomados como la mierda de los cerdos en sus establos.

Scáthach tensó los dedos alrededor de su cuenco. Su mirada se afiló.

—Maestro… —susurró—. Nos vio.

Tn bebió un sorbo, sereno.

—Los dioses ven muchas cosas.

Neit dio un paso más. La madera del suelo crujió bajo su peso.

—Y tú —añadió el dios, clavando los ojos en Scáthach—, pequeña lanza… ¿por qué tiemblas?

Ella alzó el mentón.

—No tiemblo.

Neit sonrió, una mueca peligrosa.

—Bien. Entonces come. Bebe. Y escucha. Las guerras siempre empiezan en los banquetes.

El rey indicó que le sirvieran. La música creció de nuevo, pero el aire había cambiado. Scáthach no apartó la vista del dios… y luego, lentamente, volvió a mirar a Tn, acercándose un poco más a él.

—No me gusta —murmuró—. Pero si intenta algo…

—Paciencia —respondió Tn en voz baja—. Esta noche, observa y mantente cerca de mi.

Ella apretó el colgante rúnico en su pecho.

Observaría.

Y recordaría.

.

.

El banquete continuó durante los primeros dos días, pero la presencia del dios incomodaba profundamente a muchos. No porque fuera indeseado —al contrario, su honra era incuestionable— sino porque la sed de sangre que emanaba de él era tan densa que resultaba imposible ignorarla. Era como si la guerra misma hubiera tomado asiento entre los mortales.

Scáthach permaneció al lado de Tn en todo momento. No se separó ni un paso. Aun así, era evidente su desconfianza; sus ojos seguían cada movimiento del dios, cada gesto, cada risa cargada de violencia contenida.

Durante otra reunión, ya entrada la noche, Neit había bebido demasiado. Su voz era más alta, su risa más áspera. Se acercó a Scáthach con pasos pesados, el olor a hidromiel y hierro mezclándose en el aire.

—Una lanza bonita… para una humana bonita —dijo, inclinándose—. Ven, siéntate conmigo.

Scáthach dio un paso atrás, el pulso acelerado.

—Soy aprendiz de un druida —respondió con firmeza—. No me propaso con dioses borrachos.

Neit soltó una carcajada, jactándose.

—¿Aprendiz? ¿De un humano? —alzó la voz—. Yo soy señor de la batalla. Mi nombre hace temblar reinos.

—Entonces compórtate como tal —replicó ella, sin bajar la mirada—. No como una bestia lujuriosa con hancias de manchar su hombria con damas humanas.

El silencio cayó como una losa.

La sonrisa de Neit se desvaneció. En su lugar surgió algo más oscuro. Ofensa. La pura aura de muerte del dios se desató; el aire se volvió pesado, irrespirable. Scáthach cayó de rodillas, temblando, los dientes apretados con furia y resistencia.

No… no voy a ceder…

Una mano enorme se acercó a ella.

Entonces, otra mano la detuvo.

Scáthach abrió los ojos.

Tn se había interpuesto entre ella y el dios, sujetando con fuerza la muñeca de Neit. Su expresión era serena, pero sus ojos estaban tensos como acero a punto de quebrarse.

—Lord Neit, señor de la batalla —dijo con cuidado—. Habéis sobrepasado la cordialidad con vuestras acciones. Os sugiero que os apartéis.

Por mucho que ostente ser druida, la cordialidad ante un Dios era importante.

Un murmullo recorrió la sala.

Neit bajó la mirada lentamente hacia la mano que lo sujetaba… y luego al rostro del druida.

—¿Un humano… me ordena?

Tn no aflojó el agarre, aunque su corazón le golpeaba los oídos. Sabía lo que era Neit. Incluso entre dioses, era temible. Y él… él solo era un druida.

—Defiendo a mi alumna —respondió—. Nada más. Nada menos, Lord.

El dios rugió, liberando su brazo de un tirón.

—¡Ninguna perra humana me faltará el respeto! —bramó—. ¡Y tú pagarás por interponerte!

Neit alzó su lanza, que vibró como si mil armas despertaran al mismo tiempo.

—Te reto a un combate de sangre —declaró—. El primero en derramar sangre gana… o aquel que mate a su rival.

El salón quedó mudo.

Scáthach sintió que el mundo se detenía.

—¡Maestro, no! —gritó, poniéndose de pie—. ¡Es un dios!

Tn cerró los ojos un instante. Sabía que no podía negarse. Un reto divino no admitía rechazo: hacerlo traería deshonra sobre él… y sobre Scáthach.

Exhaló despacio.

—Acepto —dijo al fin.

Scáthach lo miró con horror.

—¡Tn…!

Él no se volvió.

—Quédate atrás —le ordenó con suavidad—. Pase lo que pase.

Neit sonrió, mostrando los dientes.

—Entonces, humano… —dijo, mientras la sala comenzaba a despejarse—. Muéstrame cuánto vale tu sabiduría frente a la guerra.

Y en el pecho de Scáthach, el colgante rúnico ardió como nunca antes.

-Que sucede aqui.-

El rey había aparecido.

El Dios y el sabio miraron a la figura de autoridad llegar.

Cuando se le informó del duelo, entró en duda. Negarle a un dios su batalla era una ofensa imperdonable… pero condenar a un sabio druida, pilar del equilibrio entre hombres y espíritus, era igual de grave. El murmullo del salón creció mientras el rey meditaba, sudor frío recorriéndole la sien.

Al final, alzó la voz.

—El duelo no será esta noche —decretó—. Primero terminarán las festividades. En el último día, se alzará una arena y allí se batirán como dicta la ley antigua.

Un silencio pesado siguió a sus palabras.

Neit gruñó. Las venas de su cuello se hincharon de rabia, su aura de guerra onduló como un campo de cuchillas. Durante un instante, pareció que atacaría allí mismo… pero finalmente escupió una risa áspera.

—Un día más no salvará al humano —dijo—. Acepto.

Tn, por primera vez desde el reto, sintió que su corazón volvía a latir con normalidad.

Scáthach, en cambio, no compartió ese alivio.

Sus ojos temblaron.

.

.

.

Esa misma noche, maestro y alumna estaban en su habitación. La luz de una lámpara oscilaba contra las paredes de madera. Tn estaba sentado en la cama, observando su lanza como si la viera por primera vez.

—Jamás pensé que tendría que enfrentarme a un dios —murmuró.

Scáthach caminaba de un lado a otro, inquieta, como una fiera enjaulada.

—Entonces lucharé contigo —dijo de pronto—. Dos humanos contra un dios… debería ser justo, ¿no?

Tn negó con la cabeza de inmediato.

—No —respondió con firmeza—. Un duelo de sangre solo admite dos participantes. Si esa regla se rompe…

Alzó la vista y la miró con gravedad.

—El castigo de Lugh caería sobre nosotros.

Scáthach apretó los puños.

—¡Eso es injusto!

—Lo es —admitió—. Pero es la ley.

Hubo un silencio largo. Tn respiró hondo.

—No sé si ganaré —dijo al fin—. Y por si las dudas…

—No —lo interrumpió ella—. Vas a ganar.

Tn alzó la mano.

—Siéntate.

Scáthach dudó, pero obedeció. Se sentó frente a él, la espalda recta, los ojos fijos en su maestro.

—Te daré todo el conocimiento rúnico que poseo —dijo—. Todo.

—¿Qué…? —sus labios temblaron—. ¡Eso es una locura!

Tn no respondió. Alzó la mano derecha y comenzó a recitar cánticos antiguos. Cada vez que uno terminaba y otro comenzaba, el aire vibraba. Una esfera azul cobró vida entre sus palmas; runas giraban a su alrededor como anillos alrededor de un planeta.

La habitación se llenó de luz.

—Cuando estés lista —continuó—, absorbe este conocimiento. Es tuyo.

Los ojos carmesí de Scáthach se llenaron de lágrimas. Estas cayeron sobre la esfera luminosa mientras su cuerpo temblaba.

—Qué estupideces dice, maestro… —susurró con rabia contenida—. Usted va a ganar. Y cuando lo haga, se lo devolveré todo.

Lo miró con una ira nacida del miedo.

—Esto es solo en caso de emergencia —respondió él con suavidad.

Entonces, de pronto, los ojos de Tn se abrieron de par en par.

—Espera…

Su mirada se clavó en ella, más allá de lo visible.

—¿Por qué… siento un geas dentro de ti, Scáthach?

El aire se volvió denso.

—¿Qué…? —ella tragó saliva.

Tn frunció el ceño, concentrándose. Justo ahora, después de liberar todo su conocimiento rúnico, podía verlo con claridad: un juramento atado al alma de su alumna, antiguo, peligroso… absoluto.

—Tú… —murmuró—. Has hecho un geas.

El silencio que siguió fue más aterrador que la guerra misma.

Ella se apartó un poco, aún sosteniendo la esfera brillante entre las manos. La luz azul temblaba al ritmo de su respiración. Tn la miraba, incrédulo, con una gravedad que pesaba más que cualquier herida.

—Scáthach… —repitió—. ¿Qué geas hiciste?.

Espera que sea posiblemnte un trato para poder ganar mas ferza, pero siendo asi deberia de revisar que eso no perjudique a su alumna.

Ella agachó la cabeza. El cabello le cubrió el rostro, ocultándole la mirada. Cuando habló, su voz fue tan débil que casi parecía no querer existir.

—Si… cuando cumpla veinte inviernos… —tragó saliva— y no he perdido mi pureza con usted… entonces mi corazón se detendrá. Y moriré.

El mundo se quebró.

Tn salió disparado y la tomó de los hombros. Sus manos temblaban. Su mirada era puro pánico.

—¿¡Qué hiciste!? —exigió—. ¿Sabes lo que eso significa? ¡Te quedan dos años de vida! ¿En qué estabas pensando?

Una gota de oscuridad cayo en su corazon, rompio lo que era y la llevo a esa traicion.

Scáthach alzó la vista. Por primera vez lo vio así.

Ni siquiera cuando un dios lo había retado a muerte…

jamás lo había visto perder la calma.

Y, de forma absurda, ese fue su primer pensamiento:

Vaya… mi maestro es tan lindo cuando se preocupa así.

La esfera rúnica resbaló de sus manos. Cayó y rodó, apagándose poco a poco bajo la cama, mientras las runas se dispersaban como polvo de estrellas.

—Lo hice porque lo amo —dijo al fin, con una calma temblorosa—. Desde que me salvó… lo supe. Usted es sabio, justo… bueno. La única persona por la que valdría la pena morir.

Tn soltó los hombros de la joven como si quemaran. Retrocedió un paso, respirando de forma errática.

—Scáthach… eso no es amor. Es un juramento de muerte. Sabes lo que te pasaria si……si yo.

—No —negó ella, con una sonrisa triste—. Es mi decisión.

Tn se pasó una mano por el rostro. Sabía que lo que iba a hacer condenaría cualquier posibilidad de victoria contra el dios. Sabía que rompería reglas antiguas, votos sagrados, caminos que había seguido toda su vida.

Pero también sabía algo más.

No podía perderla.

Se acercó despacio. Scáthach contuvo el aliento. Tn levantó la mano, dudó un instante… y luego apoyó la frente contra la de ella.

—Eres una niña imprudente… —murmuró—. Y demasiado valiente para tu propio bien.

Entonces, con una ternura que no tenía nada de guerra ni de ritual, la besó.

Fue breve. Suave. Tembloroso.

Cuando se separó, ambos respiraban agitados.

—No debí hacer eso —susurró Tn.

Scáthach lo miró, con lágrimas brillando en los ojos… pero sonriendo.

—Entonces… —dijo— ya no se arrepienta, maestro.

Afuera, en la noche silenciosa, algo antiguo se movió.

Los juramentos habían cambiado.

Y los dioses… escuchaban.

.

.

.

(SUCULENCIAAAAA)

.

.

.

-Quizás debería tomar la iniciativa-, dijo, alejándose un momento. Se llevó la mano a la espalda para desabrocharse completamente la blusa, dejándola caer al suelo. Hizo lo mismo con la parte inferior de su ropa, dejándose ver completamente. Aprendió un poco en todo ese tiempo de viajar.

Pero Tn era la primera vez que veía a una mujer desnuda. Scathach era preciosa, tal como él suponía. Su piel era suave al tacto, su vientre firme y plano, como ya lo había visto, y sus partes íntimas estaban depiladas y sin vello. Estaba ligeramente mojada, probablemente excitada por el beso de pecho improvisado que le había dado. Al igual que el propio Tn, Scathach no dudó, tirando de su camisa y sus pantalones hasta que ambos se los quitó.

Se arrodilló ante él y, sin previo aviso, se metió su palpitante erección en la boca. Recorrió su glande con la lengua mientras comenzaba a menearse, esparciendo su saliva por todo su miembro. Apretó los dientes; el calor y la humedad de su boca le provocaron escalofríos. Le temblaron las piernas ante esta nueva sensación. Seguramente lo había imaginado, pero nunca pensó que le sucedería en la vida.

Scathach siguió chupándola, absorbiendo su longitud como una profesional. Sus suaves labios ayudaban a lubricar su pene mientras lo penetraba cada vez más. Sus ojos violetas se clavaron en los de él y le guiñó un ojo. Le costó todas sus fuerzas no correrse en ese preciso instante. Sin saber qué hacer, le puso las manos en la cabeza, agarrando la base de sus dos colas. Gimió suavemente mientras empezaba a penetrar su boca.

Ella relajó un poco la mandíbula, soltándolo mientras lo dejaba continuar con sus embestidas. Podía sentir su pene contraerse con cada embestida. La abrazó fuerte, su pene golpeando profundamente su garganta. Rápidamente se apartó de ella, dejándola respirar por un momento, su baba goteando de su pene mientras ella tosía, tratando de recuperar el aliento. Esto duró un instante mientras él hundía su pene de nuevo en su garganta, follándole la boca con desenfreno. Sintió que se acercaba cada vez más hasta que finalmente.

—Hrk… Scathach, estoy a punto de… —se detuvo, se retiró por completo, masturbándose lo más rápido que pudo, con la saliva de ella ayudándole a alcanzar el clímax. Dejó escapar un gemido mientras le llenaba la cara de semen. Ella cerró el ojo, sintiendo el primer chorro en su mejilla. Abrió la boca, dejando que exprimiera lo último de su semen en su lengua, con la cara blanca goteando su semen.

-Mmm… absolutamente delicioso-, dijo ella, sorbiendo lo que quedaba de su semen. Con cuidado, se llevó a la boca lo que le quedaba en la cara, secándose los dedos. -Hiciste un trabajo excelente, Tn~ -.

-Ja… gracias, supongo-, dijo. Scathach volvió a mirar su pene, frunciendo el ceño al ver que había perdido algo de grosor. En cambio, tuvo una idea: Tomo su collar. Escribió una runa justo encima de su entrepierna, y el resplandor de su poder se filtró por su cuerpo. No fue antes de que su pene volviera a estar completamente erecto. -¿Qué…?-

—No puedo permitir que me abandones antes de saciarme, esa runa le permitirá unir nuestro placer. Lo que yo sienta usted lo sentirá —dijo ella, acercándose hacia la cama. Se inclinó hacia adelante, abriendo las piernas mientras le ofrecía una buena vista de su trasero—. Ahora bien, quiero que me lo des todo.

-Jaja… yo… eh… es mi primera vez.-

-Igual la mia maestro~…

-*Suspirar* Esta, lo juro-.

-Instinto o no, lo harás bien, no me hagas esperar~-, dijo ella con un guiño. Él obedeció su petición, acercándose por detrás y frotando la cabeza contra su entrada antes de sumergirse.

-Aaahh… se siente tan raro-, dijo, estremeciéndose un poco de placer al sumergirse. La humedad de Scathach y la saliva restante le permitieron entrar sin problema. Scathach gimió levemente, con los ojos fijos en él mientras él se retiraba lentamente, hundiéndose de nuevo.

—Mmm… ya está. Sé un poco más ruda, ahhhhhh, me gusta así.

-¿Más duro?- preguntó, haciendo una pausa sólo para darle una palmada en el trasero.

-¡Sí, más fuerte!-

Así que la abofeteó de nuevo, acelerando el paso. Sus manos la sujetaron firmemente por la cintura mientras recordaba todas las películas que había visto. Se dejó guiar por su instinto, sumergiéndose hasta el fondo en la cálida caverna de Scathach. Cualquier inhibición previa desapareció, reemplazada por una necesidad feroz de complacer a esta mujer. Los gritos de Scathach llenaron la habitacion, sin importarle que no estuvieran completamente solos.

Sus manos se deslizaron por su frente, apretando sus pechos con fuerza mientras la obligaba a retroceder contra su fuerza. Apretó los dientes, respirando entrecortadamente mientras su pelvis seguía golpeando el flexible trasero de Scathach. Tiró y pellizcó sus pezones, recorriendo su piel con los dedos, apoyando las manos brevemente sobre sus hombros antes de volver a bajar por sus costados hasta su cintura. Ella tenía los ojos cerrados, las manos agarrando los bordes de la isla mientras su fuerza la mantenía inmovilizada.

-¡Eso es, ahhhh ahhhh, más rápido!-

El hombre obedeció, acelerando el paso, su mano descendiendo lentamente hasta su pierna. La levantó rápidamente, elevándola hasta apoyarla en su hombro. La abrazó con fuerza mientras se hundía más en ella. Scathach simplemente gimió, con las mejillas rojas al mirar hacia atrás; la abertura en la que se encontraba la excitaba aún más, su coño se humedecía más con cada embestida. Tn no tardó mucho en volver a girarla; sus piernas estaban separadas del suelo, sus manos agarrando la isla mientras él la sostenía.

Ella gimió con fuerza, inclinándose para besarlo mientras rodeaba su cintura con las piernas, ignorando el dolor en la espalda al sentir que la empujaban contra la cama. Sus labios se rozaron con fuerza, la mujer hundiendo la lengua en la garganta de él mientras continuaban haciendo el amor. No les importaba babearse el uno sobre el otro; la conexión entre ellos era demasiado fuerte como para que permanecieran inactivos.

—Hgn… Mmmmm~, ¿Ahhh~ Scathach? —murmuro Tn al cabo de un segundo.

Echó la cabeza un poco hacia atrás, sintiendo las piernas de ella envolviéndose con más fuerza alrededor de su cintura, lo que le hizo ganar velocidad. Su pene entraba y salía tan rápido que apenas podía verlo. Sintiendo una opresión en la zona inferior, dio varias embestidas más con fuerza antes de correrse finalmente. Su fuerte gemido llenó la habitación mientras inyectaba chorros de semen en lo profundo de la alumna. Ella sintió un escalofrío al alcanzar el orgasmo; el calor de su eyaculación era como si un volcán hubiera estallado en su interior.

La pareja jadeó levemente mientras permanecían inmóviles, con el sudor goteando de sus rostros, jadeando con dificultad en busca de oxígeno. Tn se inclinó para besarla, a lo que Scathach accedió, sintiendo una renovada sensación de vigor que la invadía, como nunca antes. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan eufórica.

-¡Ah~!-, jadeó la alumna al sentir el grosor del falo de su Maestro dentro de ella. La sensación la recorrió como una corriente eléctrica. Cuanto más penetraba la polla, más se intensificaba. El ahogó un gemido, mordiéndose el labio inferior. Scathach rió de lo adorable que le hacía parecer esa expresión mientras ella comenzaba a moverse arriba y abajo. Arriba y abajo.

-Aahhh… mmmmm… uhhhh~-, los gemidos del Maestro se hicieron más fuertes al sentir los pliegues del interior del coño de Scathach envolver su miembro en un abrazo amoroso.

Sus pechos rebotaban al acelerarse la velocidad, su rostro brillaba de placer con los ojos cerrados y la boca abierta, y la lengua lamía sus labios saboreando la sensación del sexo. Sin querer sentirse excluido, Tn sujetó la cintura de Scathach con ambas manos mientras sus caderas también comenzaban a moverse, sincronizándose con el ritmo de Scathach. Esto sorprendió a la alumna por un momento antes de continuar. La sensación era tan buena que no quería que se detuviera.

-Sí… ahhhhh sí… ahhhhh oh, Tn… más ahhhhh… por favor… más ahhhhh…-, gimió Scathach extasiada mientras su rostro se acercaba cada vez más al de Tn. Aunque el Maestro no asintió, sus acciones hablaron con más fuerza: sus caderas se movían aún más rápido, su pene entrando y saliendo de Scathach como un pistón en un motor.

-Scathach… Scathach… te amo…-, gimió Tnmientras continuaba empujándola desde abajo.

-Yo… yo soy tuya por siempre… mi amado Tn… mi Maestro…-, respondió Scathach mientras se inclinaba aún más cerca para darle otro beso apasionado.

Tn solo necesitaba oír eso, pues su pene empezó a hincharse aún más, listo para liberar su esencia en su interior. Su ritmo disminuyó, dando paso a embestidas más fuertes, sin soltar los labios de su amante.

-MMMMMMMMMMMMMM……-

Los gemidos tanto de la alumna como de Tn amortiguaron cualquier grito que hubieran emitido si sus labios se separaran. El coño de Scathach volvió a soltar un chorro mientras que, al mismo tiempo, el pene de Tn, con una última embestida, soltó una descarga de semen directamente dentro del útero de Scathach. La sensación era… cálida, pero no desagradable desde el punto de vista de la alumna.

Pero la dejó exhausta hasta el punto de caer sobre el pecho de su amado. Se había acostumbrado a este calor después de ser su alumna durante tantos años.

Sin embargo era tan diferente ahora.

Mientras tanto, Tn respiraba con dificultad después de ese orgasmo, pero esbozó una sonrisa mientras acariciaba el largo cabello morado de Scathach. Era tan sedoso al tacto.

.

.

.

(FIn de suculenciaaaaa)

.

.

.

Al despertar, Tn se talló los ojos y notó a Scáthach durmiendo tranquilamente a su lado. Su respiración era lenta, serena, como si el mundo no pudiera tocarla. Él alargó la mano y acarició su cabello con cuidado, memorizando la textura.

Entonces lo sintió.

Un brillo verde abrazó su cuerpo… y se rompió como cristal.

Tn cerró los ojos.

Había roto su geas.

Aquel juramento le otorgaba el apoyo de la naturaleza misma a cambio de mantenerse lejos de las relaciones comunes, de los lazos de amante. Y lo había sacrificado para salvar a su alumna. Para salvarla a ella.

—Hice lo mejor que pude… —susurró.

Suspiró y sonrió con tristeza.

Se levantó despacio, buscó su ropa y tomó su lanza. Al alzarla, frunció el ceño: pesaba más. No solo metal y madera… ahora cargaba el costo de una decisión.

Alzó dos dedos y trazó una runa en el aire. La luz descendió suavemente sobre Scáthach, hundiéndola en un sueño más profundo.

—Perdóname —murmuró—. Intentarías detenerme.

Se inclinó, besó su frente con cuidado y se marchó.

.

.

.

El gran campo ya estaba dispuesto. La arena delimitada, las antorchas encendidas. A lo lejos, una pequeña multitud observaba en silencio. Todos esperaban ver el duelo de un dios contra un sabio druida.

Tn respiró hondo.

A unos metros, Neit lo aguardaba. Alto, imponente, apoyado en su lanza multiplicada. Sonrió con una mueca cargada de guerra.

—Llegas solo, humano —gruñó—. ¿Tu perra aprendiza se escondió?

Tn apretó los dedos alrededor de su lanza, pero su voz salió firme.

—Está a salvo. Eso es lo único que importa.

Neit rió, un sonido que erizó la piel de los presentes.

—Has perdido tu favor verde —dijo—. La tierra ya no te canta. ¿Aun así vienes a morir?

Tn dio un paso al frente.

—No vine a morir —respondió—. Vine a cumplir.

El dios ladeó la cabeza, divertido.

—¿Cumplir qué?

—Mi deber.

El rey alzó la mano desde la tribuna.

—¡Que conste ante todos! —proclamó—. ¡Duelo de sangre! ¡El primero en derramar sangre vence… o aquel que mate a su rival!

El viento cruzó la arena. Tn sintió el peso del mundo en los hombros… y, aun así, enderezó la espalda.

Neit golpeó el suelo con la lanza.

—Entonces, druida —dijo—. Muéstrame qué vale un juramento roto.

Tn alzó la suya, la punta temblando apenas.

—Y tú —respondió—, recuerda esto: incluso sin la naturaleza… no estoy solo.

Las antorchas chisporrotearon.

El duelo comenzó.

________________________________________

Y volvemos con la reina sadica favorita de fate wooohoooooooo y aclaro que se vienen cositas

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo