Waifu yandere(Collection) - Capítulo 274
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Capítulo 274: Díalyn Zenles zona zero
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
—
Voces de cristal
retumban en mi corazón.
Muertos que jamás volverán,
susurros que se niegan
a abandonar este mundo.
Un dios blanco me dio un don.
Un regalo…
que terminó siendo el peor error.
Escucho las penas
de quienes se aferran a la existencia,
sus lamentos se clavan en mí
como agujas invisibles.
Pero contigo…
contigo no escucho nada.
Solo silencio.
Un silencio puro,
limpio,
casi sagrado.
Es increíble.
Es adictivo.
Por eso, perdóname…
Perdóname si tengo que quitarte tus alas.
Perdóname si mi deseo
es más fuerte que tu vuelo.
Soy un ángel avaricioso,
uno que no ansía luz ni gloria,
solo silencio.
Y el único lugar
donde lo encuentro…
es en ti.
____________________________________
Nombre: Tn
Afiliacion:Agente de bajo nivel de investigación forense
Armas: Pistola de shocke
__________________________________________________________
La niña caminaba.
Pequeña, con el cabello multicolor dividido de forma antinatural —mitad blanco, mitad negro— y ojos dorados que brillaban incluso en la penumbra de la cavidad. Sus pies descalzos rozaban el suelo irregular mientras avanzaba sin rumbo, con el pecho apretado y la garganta ardiendo de tanto llorar.
—M-mamá… —gimoteó, la voz rota—. ¿Papá…?
Nadie respondió.
Solo el eco.
Y las voces.
Siempre estaban ahí.
Gritos superpuestos, susurros, lamentos que no provenían de ningún cuerpo visible. Le zumbaban los oídos, la cabeza le dolía como si algo dentro de su cráneo quisiera salir a la fuerza.
—¡Cállense…! —sollozó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Por favor…!
Pero no se callaban.
Nunca lo hacían.
Había reconocido esas voces antes. Eran las mismas que escuchaba cuando corría a su habitación por las noches, llorando, tapándose los oídos mientras su madre la abrazaba fuerte, murmurándole una canción suave, casi un rezo.
Temblando, la niña empezó a cantarla, entre hipidos:
—Violines sonando… y los ángeles llorando…
cuando las estrellas se alineen… estaré ahí…
Algo cambió.
Las voces, poco a poco, dejaron de sonar como gritos. Ya no eran rugidos de desesperación, sino coros lejanos, etéreos. Como si todos fueran… ángeles.
Entonces lo vio.
Sus ojos dorados se alzaron.
Una figura alta emergía de la oscuridad de la cavidad. Un hombre de porte elegante, vestido de blanco, con ropa formal que debería haber sido inmaculada… pero estaba manchada de rojo, como si la tela hubiera absorbido sangre antigua.
La niña dio un paso atrás.
—¿Papa…? —susurró—. ¿Eres tú…?
El hombre no respondió.
Solo la observó.
Sus ojos amarillos brillaban con una intensidad imposible, como soles atrapados en un rostro humano. La joven miro la contraparte de un verde marino mas frio como el fondo del oceano.
La niña abrió la boca para gritar—
—¡NNNGH…!
RRRRRRIIIIIIINNNNGGGGGGGGGGGGG
El sonido del teléfono la arrancó del sueño.
Dialyn despertó de golpe, jadeando, con el corazón martillándole el pecho. Un gemido involuntario escapó de su garganta mientras se llevaba una mano a la frente empapada de sudor.
—¡Maldición!… —murmuró, la voz ronca.
El teléfono de disco anticuado seguía sonando con insistencia, el cable estirándose peligrosamente mientras vibraba sobre el escritorio.
Dialyn lo tomó de mala gana.
—¿¡QUÉ!? —gritó.
—Buenas noches, hablamos de la agencia de cobro de Nueva Eridu— dijo una voz monótona al otro lado—. Le informamos que su tarjeta ha sido rechazada y—
Dialyn colgó de golpe, estrellando el auricular contra su base.
—…genial. Perfecto. Justo lo que necesitaba.
Se dejó caer contra la silla, respirando hondo. Sus ojos estaban enrojecidos, por sangre que marcaba el blanco, por la falta de sueño acumulada. Otra noche más sin descanso. Otro sueño igual.
—Otra vez el mismo… —susurró, apretando los dientes—. ¿Cuántas veces más?
Miró a su alrededor.
La oficina era un desastre absoluto: cajas de comida rápida abiertas, latas vacías, documentos desperdigados, montañas de hojas apiladas sin ningún orden. Un chiquero urbano moderno, reflejo exacto de su mente.
Dialyn se pasó una mano por las trenzas de su cabello, suspirando. Su atuendo contrastaba con el caos: medias altas, hombros descubiertos, un estilo “genki” que ya no coincidía con su estado interno.
—Maldito sueño…
Su mirada se desvió hacia los dos aros circulares apoyados cerca del escritorio.
Armas.
Herramientas.
Milagros tecnológicos que nunca deberían haber existido.
Dialyn activó uno con un leve gesto. El aro flotó frente a ella, girando suavemente. El otro se elevó y quedó suspendido sobre una repisa grande.
—Vamos… —murmuró.
Introdujo la mano en uno de los aros.
Al instante, su mano emergió del otro aro, primero de tamaño normal… luego creciendo, deformando el espacio como si atravesara un agujero de gusano.
Dialyn retiró el brazo y desactivó el sistema.
—Funciona… —dijo con cansancio—. Al menos eso sí.
Tomó una botella de energizante de la repisa, la abrió con un chasquido y bebió un largo trago.
El líquido frío bajó por su garganta, pero no ahogó las voces.
Nunca lo hacía.
—…solo quiero dormir —susurró, mirando el suelo—. Solo una noche sin ángeles llorando.
El silencio no respondió.
Las voces, al fondo de su mente, rieron en coro.
Revisó el documento por pura flojera.
Ni siquiera se sentó bien; solo empujó una montaña de papeles con el dorso de la mano y tomó el archivo más cercano, uno con el sello de TOPS / Alianza de los Paragones Excepcionales impreso en la esquina superior.
—Veamos… ¿qué desastre corporativo toca hoy? —murmuró, bostezando.
Leyó.
Parque de diversiones subterráneo.
Inversión privada.
Costes de seguridad “optimizados”.
Mantenimiento reducido.
Sus ojos se movían rápido… hasta que se detuvieron.
—…¿niños? —dijo en voz baja.
Volvió a leer.
La mayoría de las víctimas eran niños.
El número de fallecidos no dejaba de aumentar.
Se sospechaba corrupción directa: recortes deliberados para maximizar beneficios.
El bostezo murió en su garganta.
Algo en Dialyn cambió.
Su expresión relajada se endureció. La sonrisa cansada se volvió fina, torcida. Cínica. Sarcástica. Esa que usaba cuando ya había tomado una decisión.
—Ah~… —exhaló lentamente—. Ya veo.
Apoyó el codo en el escritorio y sostuvo su mejilla con la mano.
—Un parque para “hacer felices a las familias”… construido como una trampa mortal —rió por lo bajo—. Clásico.
Pasó la página.
Nombre del responsable principal: Miles Luna.
—Miles Luna… —repitió, saboreando el nombre—. Ejecutivo. Claro que sí.
Las voces en su cabeza comenzaron a agitarse. No gritaban aún, pero susurraban, inquietas, como si reconocieran el patrón.
Dialyn cerró el expediente con un golpe seco.
—Ya sé a quién buscar —dijo—. Y sé exactamente cómo juzgarte.
Si había algo que todavía le gustaba de su trabajo en Krampus era esto.
Buscar a quienes rompían el delicado equilibrio de poder de Nueva Eridu y hacerlos pagar.
Empresarios, ejecutivos, figuras “intocables”.
—El dinero no te compra absolución~ —murmuró mientras se levantaba posando las manos sobre el escritorio dando una voltereta cayendo de pie al otro lado.
La mafia hacía cosas similares, claro. Pero entre ellos había reglas. Entendimientos. Límites no escritos.
Los ejecutivos, en cambio…
—Ustedes siempre creen que están por encima de todo.
Tomó su abrigo y pasó junto a los aros circulares, que flotaron suavemente y se ajustaron a su espalda como si entendieran su intención.
—Hora de trabajar.
.
.
.
El archivo describía a Miles Luna con una precisión casi insultante.
Hombre de tez clara.
Obeso.
Cabello negro con las puntas teñidas de rubio.
Desaparecido del ojo público tras el incidente.
—Desaparecer… —sonrió—. Mala elección de palabras.
Según los informes, frecuentaba un bar lujoso del distrito alto antes de “retirarse”.
Dialyn salió de la oficina, cerrando la puerta con el pie.
—Cuando un tipo como tú desaparece —dijo para sí—, no huye por culpa… huye por miedo.
Las luces de Nueva Eridu la recibieron con su habitual mezcla de neón, smog y mentiras.
Dialyn caminó con paso firme.
—Y los que huyen… —añadió, ajustándose las trenzas— …siempre dejan un rastro.
Las voces empezaron a subir de volumen.
No eran niños.
Eran adultos.
Llenos de excusas.
Dialyn sonrió.
—Tranquilos —susurró—. Ya voy.
Compromiso en su labor y se movio ya planeando todo el show.
.
.
.
Miles Luna salió del bar tambaleándose, con el traje caro arrugado y la corbata torcida. El aliento le apestaba a alcohol barato mezclado con licor importado. Tropezó con el borde de la acera y soltó una carcajada ronca mientras levantaba el teléfono.
—¡Te dije que no me importa! —gritó, escupiendo palabras—. ¿Demandas? Que ladren todo lo que quieran. ¡No vamos a pagar ni una sola ficha! Recorten más, muevan fondos, inventen informes… ¡el dinero no se pierde solo!
Del otro lado, alguien intentó interrumpirlo.
—¡No me interrumpas! —rugió—. Los niños no generan ingresos, ¿entendiste? Esto es negocio,Ahora enbiame a otra puta y que se ponga el cosplay de Astra yao.*llamada*. Que?. Si ya se depositare en la cuenta y envia los servicios de limpieza victoria cuando termine con ella.
Colgó de golpe y siguió caminando, arrastrando los pies.
No notó la sombra.
Se deslizaba tras él, pegada a las paredes, estirándose y encogiéndose con cada farol que pasaban. Cuando Miles entró al callejón, la sombra también lo hizo.
Entonces empezó la música.
Una melodía infantil, distorsionada, como salida de un juguete viejo. Miles frunció el ceño.
—¿Qué… qué mierda es esto? —murmuró.
Guardó el teléfono y aceleró el paso, mirando sobre su hombro. Nada. Solo oscuridad… y la música, cada vez más clara.
—Esto… esto no es gracioso —dijo, tragando saliva.
El callejón desembocó en un espacio amplio. Un hangar abandonado, con el techo alto y las paredes manchadas de humedad. La música infantil resonó con eco.
—¿Hola? —llamó—. ¿Hay alguien ahí?
Una televisión antigua de pantalla redonda, apoyada sobre una caja, se encendió con un chasquido eléctrico. La pantalla parpadeó y apareció una imagen borrosa… que poco a poco se enfocó.
Una chica sonreía desde el otro lado.
—¡Bienvenido~! —dijo una voz femenina, juguetona—. Wow, estamos tan felices de recibirte.
Miles se limpió la saliva del labio inferior, confundido, pero luego sonrio con sarna mirando las facciones de la joven en la pantalla.
—Oye, escucha… si esto es una broma… —rió nervioso—. Puedo pagar. Lo que sea.
La imagen se aclaró del todo.
Era Dialyn.
—Este es un juego de la suerte —continuó ella, inclinando la cabeza—. Para ganar premios, debes jugar al Gacha Point.
—¿Gacha… qué? —balbuceó Miles.
A su lado, con un sonido metálico, apareció una máquina tragamonedas. Colorida. Infantil. Fuera de lugar.
Miles la miró, luego miró la pantalla.
—Esto… esto es una alucinación —murmuró—. ¿El licor estaba caducado… sí, eso es?.
Introdujo una moneda con manos temblorosas.
La ruleta giró.
Luces. Sonidos alegres.
Pint. 6
Pint. 6
666.
La música se cortó de golpe.
La voz de Dialyn sonó de nuevo, esta vez más clara… y fría.
—¡Felicidades! —dijo—. ¡Has acabado con la vida de inocentes!.
—¿Qué…? —Miles giró sobre sí mismo, el pánico explotándole en el pecho—. ¿Quién anda ahí? ¡Esto no es real! ¡No es real!
Un aro apareció frente a él.
Pequeño. Inofensivo. Del tamaño de un hula hula.
—¿Q-qué es eso…?
Del otro lado del espacio, otro aro se abrió.
Y de él emergió un puño gigantesco, de al menos dos metros.
—¡ESPERA, YO—!
El golpe cayó como un martillo.
El impacto lo aplastó contra el suelo, arrancándole el aire de los pulmones. El concreto crujió bajo su cuerpo.
Miles jadeó, incapaz de gritar.
La música infantil volvió a sonar, suave.
—El juego aún no termina —dijo Dialyn desde la televisión—. Tranquilo… todavía quedan rondas.
Las voces comenzaron a susurrar en el hangar.
No eran infantiles.
Eran acusatorias.
Y todas sabían su nombre.
—Luna… Luna… Luna… Luna…
El nombre se repitió en coro por los altavoces del hangar, superpuesto, deformado, infantil y burlón a la vez. Miles intentó gritar, pero el aire apenas le alcanzaba para jadear.
La voz de Dialyn volvió a sonar.
—Shhh… no te esfuerces tanto —dijo con un tono casi cariñoso—. Aún no termina el juego.
El puño gigante seguía presionándolo contra el suelo. La extremidad surgía de un aro flotante, mientras Dialyn caminaba con la mano metida en el otro. Cada vez que avanzaba, la fuerza se reajustaba, como si el espacio mismo obedeciera su voluntad.
La mano desapareció de golpe al atravesar el agujero de gusano.
Dialyn estaba ahí.
De pie frente a él.
Físicamente no parecía imponente. Delgada. Sonrisa relajada. Ojos entrecerrados, brillando con diversión contenida.
—¿Sabes? —dijo inclinando la cabeza—. Mucha gente se deja engañar por las apariencias.
Señaló los aros flotantes y luego su delgado pero generoso cuerpo.
—Yo no soy fisicamente fuerte. —Sonrió—. Esto lo es.
Las luces del hangar se encendieron de golpe.
Miles parpadeó, desorientado… y entonces lo vio.
Máquinas.
Atracciones desmontadas.
Animatronics con sonrisas congeladas, pintura descascarada, cables expuestos. Los mismos diseños. Los mismos colores. El parque subterráneo.
—No… —susurró.
—Sí —respondió Dialyn—. Ellos.
Miles reunió fuerzas y gritó.
—¡SUÉLTAME! ¿¡SABES QUIÉN SOY MALDITA PUTA!? —rugió, la voz quebrada por el pánico—. ¡Tengo dinero! ¡Contactos! ¡Puedo hacer que te entierren en el agujero más profundo del barro! ¡Te enviaré al barrio rojo del placer como un juguete roto para esos putos enfermos de las elites! ¡NO SALDRÁS VIVA!
Dialyn no perdió la sonrisa.
De hecho… pareció divertirse más.
—Siempre dicen lo mismo —comentó—. Es casi reconfortante.
Se agachó frente a él, apoyando los codos en las rodillas.
—Y sí, hay riesgos. Siempre los hay —admitió—. Pero sabemos trabajar con ellos.
Ahhhh~ que bien se sentia trabajar para Krampus.
Se levantó y chasqueó los dedos.
—¿Qué te parece otra ronda del Gacha Point?
La máquina volvió a girar.
Luces. Música infantil.
El resultado apareció.
Pint. 4
Pint. 4
44.
Un sonido seco.
—Oh… —murmuró Dialyn llevándose una mano al pecho—. Mala suerte, mi estimado empresario.
Lo levantó sin esfuerzo aparente.
—¡ESPERA, YO PUEDO—!
Lo arrojó contra una de las máquinas.
El impacto fue brutal.
Todo se volvió negro.
.
.
.
Miles despertó con un pitido constante.
Intentó moverse. Intentó gritar.
No pudo.
Algo frío rodeaba su cabeza. Un dispositivo ajustado con precisión quirúrgica. Su mandíbula no respondía. Su lengua tampoco.
Dialyn estaba sentada frente a él, balanceando una pierna.
—Ah, ya despertaste —dijo—. ¿Te gusta el juguete?
Miles emitió un sonido ahogado.
—Lo copié de un amigo —continuó, pensativa—. Se llama Five. Él lo llamó… Trampa para osos inversa.
Se inclinó hacia él, tan cerca que pudo verle el reflejo en los ojos.
La trampa era un artefacto mecánico que se sujetaba a la cabeza de la víctima y se aseguraba con un candado. En la parte posterior se fijaba un temporizador. Normalmente, la víctima tenía 60 segundos para encontrar la llave, abrir la trampa y retirarla. Si no lo hacía, la trampa se abría de golpe y le destrozaba las mandíbulas, ya que la parte frontal de la trampa estaba enganchada en la mandíbula superior e inferior.
—No muerde cuando hablas con tu asquerosa boca~—susurró—. Muerde cuando mientes con esta boquita tan asquerosa~ .
Las luces de los animatronicos parpadearon.
—Bienvenido a la fase final del juego, Miles Luna —dijo con una sonrisa dulce—.
Ahora… vamos a escuchar a los ángeles.
Las voces empezaron a cantar.
Y esta vez, no hubo alcohol al que culpar.
Ella dejó caer dos documentos frente a él.
Los sostuvo con cuidado, como si fueran simples formularios… y no sentencias.
—Reglas finales del Gacha Point —anunció con voz cantarina—. Muy sencillo.
Colocó el primero más cerca de su mano inmóvil.
—Este culpa a terceros. Fallas técnicas, empleados negligentes, mala suerte… ya sabes, el paquete corporativo estándar.
Luego deslizó el segundo.
—Y este —continuó— asume toda la responsabilidad. Nombres, firmas, decisiones conscientes. El tipo de verdad que pesa.
Se inclinó un poco, sonriendo.
—Dependiendo de cuál elijas… la trampa se activa.Asi ~ que elije ahora~.
Miles gruñó, un sonido animal, desesperado. Forcejeó con todo lo que le quedaba, negándose, sacudiendo la cabeza.
—Mmm… —Dialyn ladeó la cabeza—. El silencio también es una elección, ¿sabes?
Entonces ocurrió.
Una gota cayó.
No sangre.
No agua.
Una mancha oscura se extendió lentamente sobre el documento que culpaba a terceros, empapando la esquina inferior.
Dialyn se quedó quieta.
—Awww… —dijo al cabo de un segundo, con falsa tristeza—. Qué lástima.
Levantó ambos papeles y los observó a contraluz.
—En algunos sistemas… una simple mancha cuenta como validación —sonrió—. Así que eliges este. Bien.
Los dobló con cuidado.
—Por cierto —añadió—, uno es falso. El otro es real.
No dijo cuál.
—El juego terminó.
El mecanismo se activó.
Un chasquido seco. Un sonido interno, profundo, como engranajes cerrándose donde no deberían existir. Miles convulsionó una vez… y luego, nada.
*EXPLOTAR*
El mundo siguió sin él.
Dialyn giró la cabeza, satisfecha.
—Justicia hecha.
Recogió sus cosas con calma. Dejó pruebas suficientes. Demasiadas, incluso. Todo apuntaría al empresario. A su avaricia. A sus decisiones.
—Seguridad Pública no tardará —murmuró.
Salió del hangar y, ya en un callejón cercano, sacó su teléfono girando la rueda marco los numeros.
—¿H-hola? —dijo con voz chillona y temblorosa—. O-oficial, p-por favor… vi algo horrible… un hombre… dentro de un hangar… creo que está muerto…Kyaaaaaaaa ay sangre p-por favor envien ayuda.
Colgó antes de que hicieran demasiadas preguntas.
Rió por lo bajo.
—Ay… casi me creo yo misma.
Se alejó unas calles más y se apoyó contra una pared, esperando. No tardó.
Una patrulla se estacionó cerca.
Y entonces lo vio.
Un chico algo despeinado corría hacia el lugar, murmurando para sí mismo.
—Diablos… diablos… llegué tarde…El capitan se enfadara.
Pasó cerca. Muy cerca.
Por una fracción de segundo.
Las voces desaparecieron.
Dialyn se quedó rígida.
—…¿qué…? —susurró.
El silencio era absoluto.
Por primera vez en años.
Sus ojos dorados siguieron, casi por instinto, la dirección por donde había corrido el chico antes de perderse en el callejón.
Dialyn no se movió.
No de inmediato.
—…imposible —murmuró.
No pasó mucho tiempo antes de que una patrulla se detuviera cerca. Dos oficiales thiren gato con orejas y cola felina bajaron del vehículo, armas bajas pero alertas, y se internaron en el mismo callejón.
Dialyn seguía ahí, quieta.
Silencio.
Un silencio real.
No el acostumbrado murmullo amortiguado. No el descanso momentáneo entre voces. Nada.
Vacío.
—No… no, no —susurró, llevándose una mano a la sien—. Esto debe ser un error.
Tal vez estaba demasiado cansada. Demasiadas noches sin dormir. Demasiados juegos.
Se rascó el dorso de la mano.
Luego el hombro.
Después el pecho.
—¿Por qué…? —frunció el ceño.
Todo el cuerpo le picaba, como si algo invisible quisiera salir de debajo de la piel.
Entonces, de golpe, las voces regresaron.
Un murmullo colectivo. Familiar. Sofocante.
Dialyn exhaló despacio.
—Ah… ahí están —dijo, con una mezcla de alivio y fastidio—. Genial. Solo estaba delirando.
Se encogió de hombros.
—Necesito comer algo.
Y se fue.
.
.
.
.
Mientras tanto, en el hangar, las luces de emergencia bañaban la escena de un tono pálido.
—Central, solicitamos refuerzos. Tenemos una muerte sospechosa —dijo uno de los oficiales thiren por el comunicador—. Sí, parece… violenta.
El otro acordonaba la zona cuando una figura llegó trotando, ajustándose los guantes.
—¡Perdón, perdón! —dijo el recién llegado, algo despeinado—. El tráfico estaba horrible y mi café decidió conspirar contra mí.
—¿Tú debes ser el forense? —preguntó uno de los agentes.
—Tn. Departamento forense de Seguridad Pública —respondió con una sonrisa educada—. Prometo hacer un trabajo de la mas alta calidad… hoy.
Se acercó al cuerpo y su expresión se volvió seria, aunque sin perder del todo su calidez habitual.
—Bien… veamos qué tenemos aquí.*Exaltar* !Su puta madre!.
Ok primera imprecion el tipo murio agonizando.
Comenzó asegurando el cadáver, marcando posiciones, tomando fotografías desde distintos ángulos.
—Muerte rápida… mecanismo complejo ….. dios le destrozo la mandibula—murmuró—. Esto no es obra de pandilleros comunes.
Ninguno era tan listo y el que si lo era, es por que son los jefes.
Notó los documentos a un lado.
Los recogió con cuidado.
—¿Hmm?
Los hojeó. Nombres. Cargos. Infracciones. Crímenes. Demandas evitadas. Decisiones firmadas.
Y un logo.
Krampus.
Tn alzó una ceja.
—…oh.
Ohhhhhhhhh.
Volvió a mirar el símbolo.
—Vaya —dijo en voz baja—. Eso explica muchísimas cosas.
Uno de los oficiales se le acercó.
—¿Algo raro?
—Depende de tu definición de “raro” —respondió Tn—. Pero digamos que esto no va a salir en las noticias.
Suspiró y cerró el expediente.
—Escuadrón Krampus hizo su jugada —añadió—. Limpio, quirúrgico… y políticamente invisible.
—Entonces ya sabes el protocolo.
—Sí —asintió Tn—. Silencio mediático, control de filtraciones, nada de cibercomunicantes jugando a héroes en la red oscura. Y tendremos que sobornar a la funeraria de nuevo.
Terminó de documentar todo y se incorporó, estirándose un poco la espalda.
—Listo. Pueden llamar a la ambulancia.
—¿Ya acabaste? —preguntó un compañero desde la entrada.
—Todo en orden, solo fue afectado en la cabeza y por lo que note solo tiene cirrosis y una enfermedad veneria —respondió Tn—. El cuerpo ya puede ser trasladado.
Miró la hora en su reloj y abrió mucho los ojos.
—Oh no… —murmuró—. Otra vez tarde.
Se quitó los guantes.
—Bueno, al menos esta vez no fue mi culpa directa —sonrió—. Voy a comer algo antes de que mi estómago declare huelga.
Mientras la ambulancia se encargaba del resto, Tn salió del hangar, sin saber que, a unas pocas calles de ahí, alguien acababa de sentir por primera vez en años…
Lo que era el silencio.
.
.
.
Dialyn se sentó en el puesto de comida callejero y dejó caer los hombros, como si el cansancio recién ahora se le permitiera existir. El lugar olía a aceite caliente, masa frita y salsa picante. Reconfortante. Terrenal.
—Un tazón doble, con todo —pidió sin levantar demasiado la voz—. Y… takoyaki también.
Las voces seguían ahí, suaves, casi educadas. Murmullos. Nada que no pudiera ignorar. Fuera de las cavidades siempre era así: un fondo constante, como estática.
Recibió el pedido al poco rato. El vapor subía lento.
—…itadakimasu —murmuró, más por costumbre que por fe.
Abrió la boca.
Y entonces—
Silencio.
Dialyn parpadeó.
Las voces se habían ido.
No amortiguadas.
No alejadas.
Idas.
La comida quedó suspendida a medio camino de sus labios. Sus ojos dorados se abrieron un poco más.
—…¿qué…? —susurró.
Fue entonces cuando alguien se sentó a su lado.
—Oye, Jonny, ¿me traes tres tacos con salsa roja, por favor? —dijo una voz masculina, animada, despreocupada.
El cocinero suspiró.
—Sí, sí… ya voy.
Dialyn giró lentamente la cabeza.
Era el mismo chico.
El despeinado. El que había corrido. El que, por una fracción de segundo, había apagado el infierno.
El chico —Tn— se recargó sobre la mesa metálica, sonriendo un poco mientras revisaba su celular.
—Ugh… otra notificación del trabajo —murmuró—. Prometo responder mañana, palabra de forense.
Dialyn seguía con la boca ligeramente abierta, los palillos detenidos en el aire.
Silencio absoluto.
—…no —pensó—. No es posible.
Tn guardó el celular y miró al frente, tarareando algo sin importancia.
—¿Siempre hay tanta gente a esta hora? —comentó, sin mirarla—. Supongo que todos sobreviven a base de tacos. No puedo culparlos saben tan bien.
El cocinero dejó el plato frente a él.
—Aquí tienes.
—¡Gracias! —respondió Tn con una sonrisa sincera—. Me salvaste la noche.
Tomó un taco y dio el primer bocado, claramente feliz.
Dialyn tragó saliva.
—Oye… —dijo al fin, probando su propia voz—. ¿Siempre… comes aquí?
Tn la miró entonces. Sus ojos eran tranquilos. Normales.
—Cuando puedo —respondió—. Es barato, rápido y Jonny siempre atiende bien.
Rió suavemente.
—¿Tú también tuviste una noche larga?
Dialyn no respondió de inmediato. Bajó los palillos. Sus manos temblaban apenas.
—…algo así —dijo al final.
Las voces no regresaron.
Ni una.
Dialyn sonrió despacio, incrédula.
—Vaya… —murmuró—. Entonces existes de verdad.
—¿Eh? —Tn ladeó la cabeza—. Espero que sí. Si no, mi jefe se va a enojar bastante conmigo.
Ella soltó una risa breve. Extraña. Real.
Por primera vez en años, pudo comer.
En silencio.
Pero no todo lo bueno dura.
Cuando terminaron de comer, Tn ya estaba sacando la billetera.
—Déjalo, yo— —empezó Dialyn.
—Nah, invita el forense cansado —respondió él con ligereza—. Hoy fue… raro. Pero raro manejable. Ademas me caes bien.
Pagó, se levantó y tomó su abrigo.
—Bueno, fue un gusto —dijo—. Que tengas buena noche.
Dialyn lo miró con atención. Demasiada.
—Oye… —lo llamó justo cuando él ya se giraba para irse—. ¿Volverías mañana?
Tn se detuvo. Frunció un poco el ceño, pensativo, rascándose la nuca.
—Mmm… —miró el puesto—. Siempre tengo trabajo, y en mis horarios de comida trato de venir acá —sonrió—. Así que… posiblemente sí.
—Ya veo —murmuró ella.
—Cuídate —añadió él, alzando la mano.
Y se fue.
Dialyn se quedó sentada.
Parpadeó.
Las voces regresaron.
No de golpe. No gritando. Primero como un murmullo lejano… y luego el coro familiar, pesado, constante.
“No me quiero ir. Pero bebé, ambos sabemos.Este no es nuestro momento.Es hora de decir adiós .Hasta que nos volvamos a encontrar.Porque este no es el final .Va a llegar un día .Cuando encontremos nuestro camino.”
No había sido un delirio.
Se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos un segundo.
—Así que es real.
Las voces se habían ido cuando ese chico estaba con ella.
No debilitadas. No ahogadas.
Ausentes.
Dialyn exhaló despacio y dejó caer la mano.
—Esto es nuevo…
Su padecimiento siempre había sido un callejón sin salida. En el hospital de Nueva Eridu la respuesta era la misma, una y otra vez.
No es médico.
No hay daño neurológico.
Podría ser estrés.
O sugestión.
O la peor.
—Si insiste en decir que escucha voces, tendremos que remitirla a evaluación psiquiátrica.
Dialyn había aprendido rápido.
Demasiado rápido.
Dejó de hablar.
Dejó de preguntar.
Dejó de investigar.
Porque sabía lo que seguía: un centro cerrado, observación constante… y adiós libertad…..Y con los rumores sobre esos lugares dios no. No iba a termina ahi.
Así que durante gran parte de su vida con Krampus, se lo tragó todo.
Los murmullos.
Los gritos.
Las noches sin dormir.
Incluso pensó que la cumbre Yunkui podría ayudarla alguna vez… pero su gran maestra, Yixuan, llevaba tiempo convertida en algo distinto. Inestable. Cruel. Insoportable.
La palabra perra reprimida era apropiada.
—No… no iba por ahí —murmuró con una mueca.
Pero ahora…
Ahora había algo distinto.
Un factor externo.
Un chico despeinado, forense, que llegaba tarde, costumbre de siempre llegar a ese local y hacía desaparecer el infierno con solo sentarse a su lado.
Dialyn sonrió.
Una sonrisa lenta. Calculadora. Viva……al fin viva.
—Bien… —susurró—. Supongo que es hora de investigar.
Las voces se quejaron al fondo de su mente.
Dialyn no les hizo caso.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía una pista.
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El que se haya visto jigsaw porque sabran 7w7 que se viene la esenciaaaaaaaa esta dialyn le modifique un poco adaptando sus labores acorde del universo yandere que eh creado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com