Waifu yandere(Collection) - Capítulo 280
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Capítulo 280: Mordred pendragon part 7 fgo
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
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Idiota…
¿qué haces en esta Guerra por el Grial?
Se suponía que yo sería quien la ganara.
Yo.
La heredera.
La que cargaría con el peso del trono.
Y después…
te reviviría.
Lo haría para compensar
lo que te hice.
Soy un caballero.
El heredero de Arturo…
o eso quise creer.
Claro…
mi género siempre delata
mi naturaleza femenina.
Mi debilidad, dicen.
Mi error, murmuran.
Pero no entienden nada.
No lucho por orgullo.
No lucho por el trono.
No lucho por el nombre.
Solo quería arreglarlo todo.
Solo quería que me miraras
y dijeras que lo hice bien.
¿Es tan ridículo?
Idiota…
si te matan aquí,
si desapareces antes de que cumpla mi promesa…
entonces todo esto
no habrá servido de nada.
Yo cargaré con el odio.
Con la traición.
Con la mancha en la historia.
Pero esta vez
seré yo quien gane.
Y esta vez…
no dejaré nada sin reparar.
— Mordred
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La noticia de la caída de un dragón trajo aún más prestigio a Camelot y a su gente, quienes desconocían los detalles reales del enfrentamiento. Para el pueblo, solo importaba una verdad sencilla: los caballeros del Rey habían derrotado a una bestia de poder legendario. Las campanas repicaron, se encendieron antorchas, hubo cantos y oraciones de agradecimiento.
Pero no todo fue celebración.
El santo clérigo, acompañado por miembros de la Mesa Redonda, rindió homenaje a los caídos. Sir Uwain y sir Villians habían muerto en combate, sus nombres grabados ya en la memoria del reino. Sir Wingates yacía entre la vida y la muerte, su armadura destrozada, su cuerpo apenas sostenido por vendas y rezos.
Mordred, por su parte, descansaba en una de las habitaciones del palacio. Su armadura había sido retirada, dejando al descubierto un cuerpo cubierto de quemaduras y heridas profundas, la magia de Morgan siguio manteniendo la ilusión sobre ella. El boticario real trabajaba en silencio, cambiando vendajes, aplicando ungüentos espesos, mientras varias sirvientas se movían con cuidado.
Tn estaba allí. Sentado al lado de la cama.
No se había movido en horas.
Observaba el rostro inconsciente de Mordred, el ceño fruncido incluso en el sueño, como si siguiera luchando contra algo invisible. Sus manos se apretaban lentamente sobre sus rodillas, conteniendo pensamientos que no debía permitirse.
El más ligero de los rubores pasaron por sus nobles facciones ante el caballero que reposaba en sueño.
Entonces la puerta se abrió.
.
Artoria caminó por los pasillos del palacio con paso firme, su expresión seria, su presencia imponiendo silencio. Al llegar a la habitación, habló con voz clara.
—Déjennos.
El boticario y las sirvientas se inclinaron y salieron sin protestar. Tn, sin embargo, no se movió.
Artoria frunció apenas el ceño.
—He dicho que nos dejen solos.
Tn alzó la mirada lentamente.
—¿Por qué?
El aire se tensó.
Artoria abrió un poco los ojos. Nunca había sido cuestionada por su hijo. No así. No en ese tono.
—Tn… —dijo con advertencia— no me hagas repetirlo.
El príncipe se puso de pie con esfuerzo, conteniendo el temblor de su cuerpo. Caminó lentamente hasta quedar frente a su padre… (o madre). Sus ojos esmeralda se encontraron, reflejando el mismo brillo, la misma determinación.
—Sir Mordred cazó un dragón peligroso, Padre —dijo Tn con voz firme—. Salvó tierras del reino. Debería ser ascendido dentro de la Mesa Redonda.
Artoria apretó los labios.
—Sir Mordred abandonó Camelot con tres caballeros sin permiso —respondió—. Puso en riesgo sus vidas. Dos de ellos murieron. Eso no es honor. Será reprendido por su conducta.
—Eso es injusto —replicó Tn, chasqueando la lengua—. Murieron luchando contra una amenaza real. No—
No terminó la frase.
Un coágulo de sangre negra salió de su boca y cayó al suelo con un sonido húmedo. Tn se dobló hacia adelante tosiendo con violencia, su respiración volviéndose errática. El maná brotó de su cuerpo sin control, llenando sus crestas mágicas, venas de un azul brillante apareciendo bajo su piel.
—¡Tn! —exclamó Artoria.
Se arrodilló de inmediato a su lado, sosteniéndolo antes de que cayera por completo. Una mano firme en su espalda, la otra sacando la funda de Avalon de su cintura y colocándola cerca del cuerpo del príncipe. El aura sagrada se expandió, intentando aliviar el colapso interno.
—Respira… mírame… —ordenó con voz tensa—. No fuerces tu maná dejalo fluir.
Tn jadeaba, sus dedos clavándose en la manga de Artoria.
—No… no es justo… —murmuró entre tos—. Él… Mordred…
Artoria cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo roto en su mirada.
—Lo sé —susurró—. Pero este reino no se gobierna solo con hazañas. Se gobierna con orden… y con sacrificios.
Apretó a su hijo contra su pecho, ignorando la sangre que manchaba su túnica real.
—Y tú ya estás cargando con demasiados….. Solo concentrate en tu futura esposa.
La habitación quedó en silencio, rota solo por la respiración irregular del príncipe y el débil latido del maná en conflicto.
Y en la cama, inconsciente, Mordred dormía sin saber que su destino, su castigo y su recompensa se estaban decidiendo a pocos pasos de distancia.
.
Artoria levantó el cuerpo de su hijo con sorprendente facilidad. A pesar de su estatura —apenas 154, la misma que Mordred— su fuerza seguía siendo la de un rey forjado en batallas imposibles. El contraste era casi irónico: Tn, con sus 189 de altura, parecía ahora frágil, demasiado liviano en sus brazos.
Lo llevó hasta sentarlo de nuevo en la silla junto a la cama de Mordred. Colocó con cuidado la funda de Avalon cerca de su pecho y dejó que su aura comenzara a envolverlo. La luz era tenue, constante, como un pulso que se sincronizaba con la respiración del príncipe.
Artoria lo veía.
La sangre del dragón rojo de Gales, mezclada con su maná, estaba devorándolo desde dentro. Era un poder demasiado inestable, demasiado corrosivo. El cuerpo mortal de Tn simplemente no estaba hecho para soportarlo por mucho tiempo.
—Tu maná… —murmuró Artoria, más para sí misma que para él—. Cada día empeora tu condicion.
Tn cerró los ojos, dejando escapar un suspiro cansado.
—Lo sé —respondió en voz baja—. No necesito que Merlin me lo repita.
Artoria se enderezó y cruzó los brazos.
—En cuanto a sir Mordred —continuó—, hablaré con él personalmente. Su castigo será leve. Tal vez limpiar los establos durante un tiempo… o misiones de reconocimiento lejos de Camelot. Nada más.
Tn abrió los ojos de golpe.
—¿Eso es todo…? —preguntó, intentando sonar indiferente.
—Es más de lo que merece por desobedecer órdenes —replicó ella—, y menos de lo que merece por matar a un dragón. Considera que es un equilibrio.
Luego añadió, cambiando el tono:
—Mientras tanto, tú deberías concentrarte en lo importante.
Tn ya sabía lo que venía.
—La esposa que elegiré para ti —dijo Artoria con firmeza—. El reino necesita estabilidad. Y tú… —lo observó con atención— necesitas un ancla por ahora y ya tengo ala noble en mente.
Una mueca afligida cruzó el rostro del príncipe. Sus dedos se cerraron lentamente, como si buscara aferrarse a palabras que no lograban salir. Abrió la boca, pero su garganta se negó a obedecer.
Desvió la mirada.
Sus ojos se posaron en Mordred.
Inconsciente. Vulnerable. Vivo.
Si Artoria hubiera tenido emociones como un humano común, habría entendido en ese instante. Habría visto la tensión en los hombros de su hijo, la forma en que su mirada se suavizaba solo al observar a ese caballero. Pero no lo hizo.
—No te fuerces —dijo finalmente, apartándose de él—. Haré que Merlin te revise de nuevo. Solo para que estés tranquilo.
Tn asintió lentamente.
—Gracias… padre.
Tomó Avalon con cuidado y se la devolvió. Sus dedos rozaron los de Artoria por un segundo antes de soltarla. Ella la guardó sin decir nada más y se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Descansa —ordenó—. Eso no es una sugerencia.
La puerta se cerró.
Tn quedó solo con el sonido de su respiración y el débil resplandor de Avalon apagándose. Volvió a mirar a Mordred, su expresión cansada, llena de cosas no dichas.
—Ojalá… —susurró, sin terminar la frase.
Y Mordred, aún dormida, no pudo escucharlo.
.
.
.
Artoria caminó por los pasillos de piedra del palacio, el eco seco de sus pasos acompañando sus pensamientos. Las antorchas proyectaban sombras largas sobre los muros, como si los antiguos reyes observaran cada una de sus decisiones. Recordó, uno por uno, los rostros de las mujeres nobles que había entrevistado en los últimos dias. No buscaba amor, ni afinidad.
Solo fertilidad.
Solo continuidad.
Un heredero rápido, pensó con frialdad. Por si Tn muere.
Ya había descartado por completo la idea de tener otro hijo con su reina, Ginebra. No por rencor, sino por lógica. El reino no podía depender de un deseo tardío ni de sentimientos humanos que ella nunca terminó de comprender del todo.
Aparte odiaba usar ese organo reproductor en Ginebra. Ella era tan apretada e incomoda que Artoria terminaba reorganizando sus tripas e intestinos con cada embestida. Fue doloroso para ambas.
Entonces, entre los recuerdos, apareció un nombre.
—Alice… —murmuró.
Una joven de belleza frágil, piel pálida y ojos claros, casi demasiado claros, como si la vida de palacio pudiera romperla con facilidad. Retacada, de movimientos contenidos, mirada baja. Sumisa, o al menos eso parecía.
Perfecta, pensó Artoria.
Perfecta para un hijo que no sabía socializar.
Perfecta para una unión funcional.
—Yo tampoco era buena hablando con humanos… —se dijo en voz baja, casi como una excusa.
Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron hasta la torre sur del palacio, el lugar donde Merlin solía instalar su taller cuando no estaba “demasiado ocupado” durmiendo, bebiendo o evitando responsabilidades.
Empujó la puerta.
El interior olía a pergamino viejo, hierbas secas y alcohol. Frascos y viales ocupaban estanterías enteras, algunos burbujeando suavemente, otros completamente inertes. Artoria avanzó con cautela, su mirada entrenada revisándolo todo.
Entonces lo vio.
Un vial pequeño, de cristal fino, con un líquido que oscilaba entre el azul y el verde. No brillaba de forma agresiva, pero su mana era… distinto.
Artoria lo tomó entre sus dedos.
Sus ojos se abrieron apenas un poco.
—Magia de hadas… —susurró.
No era una suposición. Era una certeza. Lo sintió de inmediato, recorriendo su brazo como una corriente fría. Avalon, aún sujeta a su cintura, reaccionó con un leve pulso, casi imperceptible, como si reconociera algo antiguo… o peligroso.
—¿Por qué tendrías algo así, Merlin…?
No era una poción común. No era algo que un mago normal preparara por simple curiosidad. Artoria frunció el ceño, y sin dudarlo, guardó el vial entre los pliegues de su ropa.
—Luego —decidió.
Avanzó más en la torre, elevando la voz.
—Merlin.
—Merlin, preséntate de inmediato.
-Merliiiiiiiin……
Silencio.
Su paciencia, ya de por sí limitada, se agotó cuando dobló una esquina y lo encontró.
Merlin yacía tirado en una esquina, apoyado contra el muro, rodeado de botellas vacías. Su cabello blanco estaba desordenado, su túnica manchada, y roncaba suavemente como si el mundo no existiera.
El ojo de Artoria tembló.
No dijo nada.
Simplemente levantó el puño… y lo dejó caer.
—¡DESPIERTA!
El golpe resonó seco. Merlin soltó un gemido ahogado y rodó sobre sí mismo.
—Aaaah… por los cielos… —masculló, llevándose una mano a la cabeza—. ¿Ya es de noche…?
—Es mediodía —respondió Artoria con voz helada—. Y ya estás ebrio.
Merlin parpadeó, tratando de enfocar.
—Ah… eso explica el dolor —sonrió torpemente—. Qué eficiente eres, mi rey.
—Explícate —ordenó ella—. ¿Cómo es posible que no hayas revisado a Tn aún?
El mago intentó incorporarse, falló, y terminó sentado de mala gana.
—No tenía ganas…Y lo revise hace horas cuando fuimor por Sir Mordred —murmuró—. Estaba bien cuando lo deje.
El aire alrededor de Artoria se volvió pesado.
—No es una opción —dijo—. Mi hijo se está muriendo.
Merlin levantó la mirada por primera vez. La expresión burlona desapareció un segundo.
Tenia que fingir delante de Artoria.
—…¿El mana del dragón? —preguntó con voz más seria aunque claramente falsa.
Artoria no respondió. No hacía falta.
Merlin suspiró, pasándose una mano por el rostro.
—Te dije que mezclar esa sangre con su cuerpo mortal era peligroso pero claro~ necesitabas un hijo heredero.
—Y aun así lo permitiste, sabes que tendria un hijo tarde o temprano.
—Porque él lo eligió —replicó Merlin—. Y porque tú lo dejaste.
Silencio.
Merlin bajó la voz.
—Pero si su mana ya está reaccionando así… entonces el tiempo no está de su lado.
Artoria apretó los dientes.
—Por eso estoy aquí —dijo—. Y por eso quiero respuestas.
Hizo una pausa.
—Y quiero saber qué es esa poción.
Merlin se tensó.
—…No deberías haberla tocado.
La mirada de Artoria se endureció.
—Explícate, mago. Ahora.
Merlin comenzó a sudar frío.
Lo sintió en la nuca antes siquiera de pensarlo. Artoria no era estúpida. Nunca lo había sido.
Bueno al menos no cuando el podia salirse con la suya.
Reconocía el mana de las hadas como quien reconoce el filo de una espada: no por estudio, sino por instinto.
Intentó sonreír.
—Vamos, vamos… —dijo, alzando ambas manos—. No pongas esa cara. Es solo uno de mis… experimentos.
Los ojos esmeralda de Artoria no se apartaron de él.
No parpadeó.
—Habla —ordenó.
Merlin tragó saliva. Suspiró. Una verdad envuelta en mentiras, pensó. Era lo único que podía ofrecerle sin destruirlo todo.
—Es magia de hadas, sí —admitió al fin—. Estaba investigando sus efectos. Comparándolos con el mana humano… ya conoces mis métodos jejejeje~ .
Artoria inclinó apenas la cabeza.
—¿Para qué necesitarías algo así? —preguntó—. No eres un aprendiz curioso, Merlin. Eres el mago de Camelot.
El albino se rió suavemente, forzando ligereza, y dio un paso hacia ella.
—Oh, ya sabes. Prevención, hipótesis, posibles amenazas futuras…Cositas por ahi —alargó la mano con aire juguetón—. Déjame eso, antes de que lo rompas sin querer.
Artoria se apartó un paso, manteniendo el frasco fuera de su alcance.
—No.
Merlin se quedó quieto.
—Yo lo conservaré —continuó ella—. Hasta que salgamos de aquí. Después decidiré qué hacer con él.
Durante un instante, el rostro de Merlin cambió.
No fue ira.
No fue miedo.
Fue cálculo.
Si Tn se cura…
Su visión de la caída de Camelot cambiaría de forma drástica. Demasiado. El hilo del destino se retorcería hasta volverse irreconocible.
Merlin apretó los dientes y, fuera de la vista de Artoria, se mordió el dedo con fuerza. Una gota de sangre brotó.
Seré tachado de traidor, pensó.
Pero no puedo permitirlo.
—Como desees, mi rey —dijo al final, bajando la mirada—. Haré revisar a Tn de nuevo. Solo… para tu tranquilidad.
Artoria lo observó un segundo más, como si midiera el peso real de sus palabras. Luego se dio la vuelta.
—No me mientas, Merlin —dijo mientras se marchaba—. No otra vez.
El mago no respondió.
Artoria descendió la torre, el sonido de sus pasos marcando un ritmo constante. Sus dedos rodeaban el frasco, y el líquido azul verdoso parecía reaccionar a su mana, ondulando levemente.
—Por pura curiosidad… —murmuró—. Yo misma investigaré.
.
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Muy lejos de allí, en los aposentos de la noble Alicia, la culpa era un peso imposible de ignorar.
Estaba sentada frente al espejo, las manos apretadas sobre su regazo. Recordaba las caricias furtivas, los abrazos prolongados, los besos y los musculos que se habian restregado con ella, las palabras suaves que Sir Mordred le había susurrado en momentos de descuido.
No debía haber pasado…
Pero pasó.
—Eres una idiota… —se dijo en voz baja.
Sabía que pronto se anunciaría la elección. No sabía quién de las jóvenes nobles sería elegida como futura reina de Camelot al casarse con el príncipe. Su padre ansiaba esa alianza más que cualquier otra cosa. Prestigio. Poder. Seguridad.
Y ella…
Ella ya había entregado algo que no podía recuperar.
—Concéntrate, Alicia —susurró, cerrando los ojos—. Ahoga tus penas. Haz lo que se espera de ti.
Se puso de pie lentamente.
Porque en Camelot, los sentimientos no tenían valor.
Solo el destino… y las decisiones que lo forzaban.
.
.
.
Mordred sudaba.
Su cuerpo se retorcía sobre las sábanas mientras los recuerdos la arrastraban sin piedad.
Soñaba con su nacimiento.
Un llanto débil rompiendo el silencio.
Una bebe llorando con fuerza, mientras una mirada de decepcion nacio de su progenitora.
“No es un baron”.
Unos brazos que la recogían, firmes, cálidos. Un pecho contra el que fue acunada para alimentarse.
Mientras los suaves colmillos recien salidos mordian el pezo y absorbian la leche de su progenitora.
Escuchaba vagamente una voz femenina, suave, distante… palabras que no lograba comprender, pero que la envolvían.
Madre…
Luego el sueño cambiaba.
Días interminables de entrenamiento.
Sangre en las manos.
Huesos rotos que sanaban solo para volver a quebrarse.
El sudor mezclado con barro y orgullo.
Hasta convertirse en caballero de la Mesa Redonda.
Recordaba el juramento.
Recordaba la mirada del Gran Rey Artoria Pendragon.
La admiraba.
No… la veneraba.
Era el rey más digno que había existido.
Y entonces, la voz de su verdadera madre.
Morgan le Fay.
La bruja.
La exiliada.
La medio hermana del rey.
Eres su hija.
La revelación cayó como un rayo. Incesto. Destino. Sangre real. Artoria no solo era su rey… era su padre.
Mordred se había llenado de orgullo. De júbilo.
Por fin…
Por fin seré reconocida.
Corrió. No pensó. Solo quiso decir la verdad.
Y fue rechazada.
—No eres digna —recordó aquella voz fría—. Nunca lo fuiste. Ya tengo un hijo. Un verdadero príncipe.
Esas palabras dolieron más que cualquier espada.
Más que cualquier hueso roto.
El odio nació ahí.
El plan también.
Derrotar a Tn frente a Artoria. Demostrar su valor. Obligarla a reconocerla como heredera.
Pero incluso en el sueño, algo se torcía.
Tn estaba enfermo.
Tan débil que vencerlo sería como aplastar a un inválido.
Y entonces… su rostro.
Los detalles mas vividos pasaron ante ella.
El jadeo entrecortado.
La respiración temblorosa.
El cuerpo frágil en aquella habitación, cuando Mordred lo había ayudado sin saber por qué.
Tan indefenso.
Tan… hermoso.
El corazón de Mordred latía con violencia.
—¡Ah…!
Despertó con un grito.
El sudor empapaba su cuerpo. Sus manos buscaron instintivamente su espada… y no la encontraron. Su respiración era errática mientras miraba a su alrededor, desorientada.
—¿Dónde…?
La habitación era silenciosa. Reconocía ese techo. El olor a ungüentos y hierbas.
Entonces lo vio.
Tn.
Estaba sentado en una silla junto a su cama, el cuerpo inclinado hacia delante, los brazos cruzados. Dormía mal, incluso sentado. Su ropa estaba manchada de sangre negra seca.
Mordred frunció el ceño.
—…espera.
Su mente tardó unos segundos en procesarlo.
—Ese… —murmuró—. Ese tonto…
Se quedó mirándolo.
¿De verdad se quedó?
Movió un poco la mano, sintiendo el dolor recorrerle las costillas. Apretó los dientes para no gemir. El pequeño sonido fue suficiente.
Tn se movió.
Levantó la cabeza de golpe, los ojos aún nublados por el cansancio.
—…¿Mordred?
Se levantó torpemente, casi perdiendo el equilibrio.
—Estás despierto… —corrigió enseguida—. Estás despierta.
Mordred desvió la mirada.
—No me hables como si fuera a morir —gruñó—. He tenido heridas peores.
Tn sonrió apenas, pero enseguida tosió, llevándose un puño a la boca. Mordred lo vio tensarse.
—Mírate —dijo con fastidio—. Pareces peor que yo.
—No empieces —respondió él, respirando hondo—. No ibas a despertar y no… no quería irme.
Mordred apretó la sábana con fuerza.
—¿Por qué te quedaste? —preguntó en voz baja—. No soy tu responsabilidad, príncipe.
Tn dudó.
—Porque… —miró al suelo— porque eras tú.
Silencio.
Mordred lo observó de reojo. Su pecho se sentía extraño. Inquieto. Incómodo.
—Eres un idiota —murmuró—. Un idiota enfermo.
—Lo sé —respondió él, sin ofenderse—. Pero sigues viva y bajo mi supervision recuerda que soy el principe.
Mordred cerró los ojos un instante.
Maldita sea.
—No vuelvas a hacer algo así —dijo al fin—. No… no quiero deberte nada.
Tn la miró con atención.
—Entonces mejora —dijo suavemente—. Y no me hagas irme.
Mordred abrió los ojos.
Por primera vez desde que despertó… no supo qué responder.
Ambos se quedaron en silencio.
El aire parecía demasiado denso para una habitación tan pequeña. Mordred notó el calor subirle a las mejillas al darse cuenta de lo cerca que estaba el rostro de Tn. Él también desvió un poco la mirada, incómodo, claramente sonrojado.
—E-ejem… —Tn carraspeó—. Por cierto… derrotar a un dragón no es algo menor. Felicidades.
Mordred frunció el ceño y giró el rostro con brusquedad.
—Bah, esa lagartija no era la gran cosa —bufó—. Cuando me recupere lo celebraré como se debe. Bebida, ruido… y unas cuantas prostitutas HAH.
Intentó sonar confiada. Arrogante. El típico Mordred.
Pero el silencio que siguió fue incómodo.
Tn parpadeó un par de veces.
—Ah… ya veo —murmuró, sin mucha emoción.
Mordred apretó los dientes.
Maldita sea.
—¿Eso es todo? —gruñó—. ¿Ni una mueca?
—No es mi estilo juzgar cómo celebran los caballeros —respondió él con una sonrisa cansada—. Además… dudo que estés pensando en eso ahora mismo.
Mordred abrió la boca para replicar, pero una tos seca le cortó el aire. Se llevó el antebrazo a la boca, respirando con dificultad durante unos segundos.
—Tch…
Tn se inclinó hacia ella al instante.
—Tranquila, no te fuerces.
Mordred apartó la mirada, fastidiada.
—Oye… —dijo luego, en voz más baja—. Los otros. Los que vinieron conmigo… ¿qué pasó con ellos?.Los encontraron.
Tn tardó un segundo en responder.
—Recuperamos los cuerpos —dijo al fin—. Sir Uwain y Sir Villians recibieron la ceremonia debida. Los clérigos supervisaron todo.
Mordred chasqueó la lengua, mirando el techo.
—Esos idiotas… —murmuró—. Pelearon hasta el final. No huyeron ni un paso.
—Lo sé —asintió Tn—. Camelot los recordará.
Ella cerró los ojos por un momento.
—Más les vale.
El silencio volvió a caer entre ambos.
—Ah… —añadió Tn, con cautela—. Padre Artoria planea imponerte un castigo ligero. Por haberte ido sin permiso.
Mordred giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Castigo? —arqueó una ceja—. ¿Y tú cuánto sabes exactamente sobre mí?
Tn se tensó un poco.
—¿A qué te refieres?
Mordred lo observó fijamente, evaluándolo.
—Dime algo, príncipe —dijo con voz grave—. ¿Conoces a Morgan le Fay?
Tn parpadeó.
—Claro. Es la medio hermana de Artoria… así que técnicamente es mi tía.
Mordred asintió despacio.
—¿Y sabes algo de sus hijos? Gareth. Gawain. Agravain.
—Un poco —respondió él—. No es un tema que se mencione mucho, pero… sí. ¿Por qué?
Mordred respiró hondo.
Lo miró directo a los ojos.
—Porque yo también soy de la progenie de Morgan.
Esperó.
Esperó rechazo. Desprecio. Asco.
Pero lo único que vio fue confusión.
—…¿En serio? —preguntó Tn, genuinamente sorprendido—. Entonces… ¿eres como mi primo?
Mordred lo miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.
—¿Eres imbécil? —gruñó—. Eso es lo único que sacas de todo esto.
Tn negó suavemente con la cabeza.
—No —dijo con calma—. Solo que… no me importa.
Mordred parpadeó.
—¿Cómo que no te importa?
—Eres de la sangre de Morgan —continuó él—. Pero también eres un caballero de Camelot. Y al final… sigues siendo familia.
El pecho de Mordred se tensó.
—Tú… —apretó los dientes—. De verdad no entiendes nada.
—Puede ser —admitió Tn, esbozando una leve sonrisa—. Pero no voy a darte la espalda por algo así, al final del dia tengo que dar buen ejemplo como principe.
Mordred giró el rostro, molesta.
—Tch… maldito príncipe.
Pero esta vez… su voz no sonó tan dura.
Aunque.
Mordred pareció debatirse internamente durante unos segundos.
Su mirada se perdió en algún punto indefinido del techo, como si las palabras se agolparan detrás de sus labios sin encontrar salida. Decirle que Artoria también era su padre… no. Su garganta se cerró de inmediato ante esa idea.
Tn tal vez había aceptado que fueran parientes lejanos, pero mencionar que eran medio hermanos complicaría todo. Demasiado.
Además… todavía quería derrotarlo en combate algún día. Ganarle limpiamente. No arrastrar ese peso encima.
Frunció el ceño.
—…Espera —murmuró de pronto.
Empezó a palpar la cama con torpeza, apartando mantas y sábanas.
—¿Qué buscas? —preguntó Tn, ladeando la cabeza.
—Un frasco —gruñó Mordred—. Verde. Raro. Lo tenía conmigo.
Donde diablos metio esa cosa por la cual arriesgo su trasero.
Tn pareció pensarlo unos segundos.
—Mhp. Cuando te encontraron… Merlin y dos caballeros te escoltaron primero hasta el campamento —respondió—. Luego las sirvientas te trajeron aquí, al palacio.
Mordred chasqueó la lengua.
—Maldita sea…
Sin pensarlo demasiado, se incorporó y salió de la cama. Apenas llevaba vendas, ungüentos y poco más. Empezó a mirar debajo del lecho, moviendo cosas con impaciencia.
—Mordred, espera —dijo Tn, girando el rostro con rapidez.
Él suspiró, llevándose una mano a la frente. Sus mejillas estaban notablemente rojas.
—No deberías moverte así —añadió, con voz tensa—. Estás herida.
—No me jodas —respondió ella desde debajo de la cama—. Ese frasco era importante.-Menciono mientras meneaba el trasero que aunque era poco parecia tonificado y duro.
Tn apartó la mirada, incómodo. Se reprendió mentalmente.
“Es un caballero. Un hombre. No pienses tonterías.”
Apretó los puños sobre sus rodillas. Ignorante el hehco de la magia de la bruja.
—¿Qué tenía ese frasco para que arriesgaras la vida por él? —preguntó al fin.
Mordred se quedó quieta un segundo.
—Nada que te incumba —respondió con brusquedad.
—Eso no suena muy convincente.
Ella salió de debajo de la cama, visiblemente molesta.
—Escucha, príncipe —dijo, señalándolo—. No todo gira en torno a ti ni a Camelot.
Tn sostuvo su mirada sin retroceder.
—Lo sé —respondió—. Pero sí gira en torno a tu vida. Y casi la pierdes.
Mordred apretó los dientes. Apartó la mirada.
—…Tch.
El silencio volvió a instalarse.
—Si Merlin estuvo contigo primero —añadió Tn con cautela—, quizá él sepa algo del frasco.
Los ojos de Mordred se afilaron.
—Ese bastardo…
Se dejó caer otra vez en la cama, respirando hondo.
—Si lo tomó… —murmuró—. Lo mato.
—No creo que Artoria lo permita —dijo Tn, con una pequeña mueca.
—Entonces lo haré fuera de su vista.
Tn no pudo evitar soltar una leve risa nerviosa.
—Sigues siendo un problema.
Mordred alzó una ceja.
—¿Y tú sigues siendo un idiota, príncipe?
Pero esta vez, cuando lo dijo… no sonó como un insulto del todo.
Mordred quiso incorporarse otra vez, pero apenas el pánico por el frasco se disipó, el dolor real la alcanzó como un martillazo tardío. Sus músculos temblaron, la respiración se le desordenó y un gruñido bajo escapó de su garganta.
—…Maldita sea.
Antes de que pudiera caer, Tn ya estaba de pie.
—¡Oye, basta! —dijo, sujetándola con cuidado—. No te muevas.
La ayudó a recostarse de nuevo en la cama, acomodando las almohadas con torpeza pero con una atención casi excesiva. Mordred apretó los dientes, molesta consigo misma más que con él.
—No me trates como porcelana… —murmuró.
—No lo hago —respondió Tn—. Te trato como mereces ahora mismo.
Eso la hizo callar.
Cuando terminó de cubrirla con las mantas, Mordred habló en voz baja, sin mirarlo.
—Si encuentras ese frasco… bébetelo.
Tn se quedó rígido.
—¿Qué?
—Que te lo tomes —repitió ella, con un gruñido cansado—. Para eso sirve.
Él frunció el ceño.
—¿Para qué exactamente?
Mordred giró el rostro hacia la pared.
—Para tu problema.
El silencio cayó como una losa.
—…¿Tú lo sabes? —preguntó Tn, muy despacio.
—No soy ciega —respondió ella—. Pareces más un muerto ambulante que un príncipe.
Si esa cosa funciona y sigues respirando… entonces vuelve a verme.
Tn tragó saliva.
—Mordred…
—Vete —interrumpió—. Antes de que vuelva a intentar levantarme.
Él dudó un segundo más, luego asintió.
—Lo encontraré —dijo—. Lo prometo.
Cuando salió de la habitación, Tn se llevó una mano a la boca. El corazón le latía con demasiada fuerza, de una forma que no lograba explicar.
¿Por qué…?
¿Porque Mordred sobreviviera?
¿Porque sanara?
¿O porque ese caballero —ese hombre, se recordó con insistencia— le resultaba peligrosamente atractivo?
Sacudió la cabeza, perturbado.
No. Está mal.
Mordred era un caballero de la Mesa Redonda.
Un varón.
Y además… familia.
El deseo de compartir una cama, de sentir compañía real, lo atravesó como un pensamiento prohibido. Algo que jamás creyó capaz de sentir. Algo que no debía sentir.
—…Esto no está bien —susurró para sí.
Recordó palabras escuchadas en murmullos, en pasillos oscuros: mollies, hombres que rompían las reglas, que se desviaban del camino correcto.
Él y Mordred… no. No podía ser.
Y sin embargo…
Ni él ni nadie sabía la verdad del cuerpo de Mordred.
Así que un pecado parecía desvanecerse antes de nacer.
Pero otro permanecía, intacto y mucho más peligroso.
La sangre.
Tn apretó los puños y siguió caminando por el pasillo, decidido a encontrar el frasco…
aunque no supiera si estaba buscando una cura para su cuerpo
o una condena para su corazón.
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Ok se jodio la meta de la pócima…..toca plan B….si mordred supiera cual era el plan A.
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