Wednesday: The Strongest Psychic (Final Arc) - Capítulo 36
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Capítulo 36: The last hug
Luke se incorporó y se giró para ver a Stanley de rodillas, con una amplia sonrisa en el rostro dirigida hacia él.
“No…”, resopló Luke, corriendo y dejándose caer de rodillas para deslizarse por el suelo. Soltó a Eclipse a un lado. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba concentrar rápidamente un aura verde en sus palmas.
Stanley elevó la vista. Veía un poco borroso, pero divisaba su rostro preocupado.
“Luke…”, mencionó débilmente. Aliviado de escuchar su voz. Tosiendo un poco de sangre.
“¡No hables! Quédate quieto”, pidió Luke, intentando concentrar su aura verde desesperadamente para sanar sus heridas.
Lastimosamente, no funcionaba. Su energía psíquica era insuficiente.
“¡Vamos, vamos!”, se repetía con exigencia, observando cómo cada herida apenas cerraba unos pocos milímetros. Algunas, simplemente, no lo hacían.
Luke se frustró, intentando forzar su aura verde para salvarlo. Una línea de sangre le corría por la nariz como señal de su esfuerzo; estaba llegando al límite.
“Detente… se acabó”, dijo Stanley con calma, sujetándole las manos para que se detuviera.
Luke apretó los dientes, el corazón le latía con impotencia y las manos le temblaban al verlo así.
Nada salió como se esperaba
Se suponía que solo venían por Rodric, pero terminaron encontrándose con Albert y, para rematar, con Zartos, uno de los grandes demonios antiguos.
Fester llegó como pudo, dejándose caer al suelo sin apartar la mirada de su colega, que yacía exhausto y desangrándose frente a Luke.
Stanley respiraba mientras expulsaba sangre que se acumulaba en sus pulmones, pero aún tenía el aliento y la fuerza suficientes para hablar.
“Esto solo es el comienzo… de la guerra… Lamento no poder ayudar más… Luke”, balbuceaba entre dientes. Sabía que no resistiría mucho tiempo más.
“No digas eso… aguanta. La ayuda llegará pronto, ya vienen en camino”. Luke había extendido su dominio todo lo posible con la poca energía que le quedaba. A 10 kilómetros, un gran grupo de parias avanzaba hacia su posición.
Entre ellos, Gómez, Wednesday, Enid, Nyra, Verónica, Natasha, y otras presencias poderosas.
Stanley negó con la cabeza. “Tienes que prometerme… que te harás más fuerte. No quiero un nieto vago”, continuó entre pequeñas risas que se mezclaban con sangre.
Esto los puso en alerta.
“Suficiente. No te esfuerces”, pidió Luke, combinando una sonrisa tensa con una profunda preocupación.
Stanley lo miró fijamente a los ojos, manteniendo la mirada por unos segundos. Sus ojos azules, idénticos a los de Sophie.
“Eres… sin duda, muy parecido a tu madre.”
Con esas palabras, Luke comenzó a quebrarse por dentro.
“Cuando ella murió… fue el día más doloroso de mí vida. Me arrepentí de no haber estado a su lado, aunque eso significara poner en riesgo a mí familia”, continuó.
“Pero… al enterarme de que tú estabas vivo… que la sangre de ella y tu padre corrían por tus venas… que algo de ellos aún prevalecía en este mundo… fue como una esperanza. Una chispa que me hizo querer estar a tu lado”, añadió. Mientras Luke apretaba los puños.
Fester veía todo en silencio. No quería interrumpir.
“Hice muchas cosas en mí vida… Pero entrenarte, estar junto a ti y Verónica… Es algo que no cambiaría por nada en el mundo. De alguna forma, la voluntad de tus padres… Sigue viviendo en ti”.
Luke se acercó más, mientras Stanley iba bajando el ritmo y el tono de su voz, cada vez más débil.
“Eres fuerte. Más fuerte de lo que jamás llegué a imaginar. No dejes morir la voluntad de los Poe, ni de todos los que confiamos en ti”, decía, viendo a Luke morder sus labios. Apretándolos con fuerza.
“Eres mí más grande orgullo… me siento feliz de que… por primera vez… hice algo por ti… que por primera vez… pude salvarte”, añadió con cariño y los ojos cristalizados. Después de todo, era la última vez que podría hablar con él.
Luke no aguantó más. Unas lágrimas brotaron de sus ojos y resbalaron por sus mejillas hasta caer al suelo, mientras otras quedaban atrapadas, contenidas con fuerza. Apretaba la mandíbula.
Eran lágrimas de impotencia, de dolor, de frustración, de odio hacia sus enemigos y de una tristeza que le llenaba el pecho.
“No quiero que te vayas… abuelo”, susurró Luke, con el dolor impregnando cada palabra, esforzándose por no perder la compostura.
Stanley abrió los ojos con sorpresa. Esbozando una sonrisa victoriosa.
“Me llamaste abuelo… Por primera vez”, respondió, feliz de haber escuchado esas palabras luego de todos estos meses intentando lograrlo.
Fester sonrió tristemente. “Nunca cambias”, comentó, haciendo que riera un poco.
Stanley colocó su mano en el hombro derecho de Luke, haciendo que lo mirara a los ojos. Ambos los tenían humedecidos.
“Protégelos a todos. Acaba con esta guerra… Ten muchos hijos”, aconsejó, dibujando una leve curva melancólica en los labios de Luke.
“Y si algún día volvemos a encontrarnos… Me encantaría pasar la eternidad contigo, con los Poe, tus padres… Y, por supuesto, con todos los que nos acompañen en la otra vida”.
El tiempo se detenía alrededor de ellos.
La ciudad destruida solo era escenario de la despedida que se estaba dando.
El cielo se disipó. La luna volvió a la normalidad. Las estrellas podían verse en el cielo.
Luke no tenía fuerzas para formular palabra alguna. Estaba concentrado en ver la vitalidad de su abuelo y escuchar sus palabras.
Sabiendo que, sería la última vez que escucharía su voz.
Aquella que alguna vez no le interesaba oír. Y ahora…
Deseaba con todas sus fuerzas que no se detuviera. Que continuara hablando, como siempre lo hacía.
Cuando siempre trataba de entablar una conversación con él. Cuando lo corregía en todos los entrenamientos.
Hasta solo para saber si se encontraba bien; luego de la despedida de Edgar.
Nunca dejó de intentar reconciliarse con él. Nunca.
Y ahora que por fin lo logró, esto estaba pasando.
El mundo nunca será justo.
La visión de Stanley empezó a nublarse. Sus oídos dejaron de escuchar. Su nariz dejó de percibir olores. Ya no sentía dolor ni nada en absoluto.
Se estaba desvaneciendo.
De pronto, un recuerdo vivido vino a su mente. Era eso, o algo más profundo.
Eclipse, presenciando todo, solo emitió un tenue brillo en sus runas. Casi imperceptible, pero visible.
…
Miró a Sophie, de unos 8 años, que jugaba con su telepatía en la mansión Umbrio.
Mientras William deambulaba por ahí, Elizabeth, su esposa, disfrutaba viéndolos desde el sofá. Se notaban claramente más jóvenes.
Stanley sintió una calidez y un vuelco indescriptible en el corazón. Recordaba aquel día. No podía intervenir; era solo un recuerdo.
“¡Mira, papá! ¡Puedo leer tu mente!”, exclamó con ternura, intentando adentrarse en los pensamientos de Stanley, aunque sin mucho éxito.
“Cariño… aún eres muy joven para eso. No tengas prisa por crecer”, respondió Elizabeth entre risas.
Stanley soltó una leve risa, justo cuando William apareció solo para burlarse de Sophie.
“¿En serio crees que puedes leer la mente de papá? Ni siquiera puedes entrar en la mía”.
Sophie infló las mejillas en un puchero. “¡Cállate, William! ¡Soy mejor psíquica que tú!”, alardeó, algo que su hermano no se tomó nada bien.
“Ya, ya, cálmense los dos”, intervino Stanley. Cargándolos a ambos con mucha facilidad. Uno en cada brazo.
“¡El empezó!”, se quejó Sophie. Mientras William decía lo mismo.
“No importa. Son hermanos, actúen como tal”.
Ambos guardaron silencio y poco después soltaron una ligera risa.
“Está bien, papá… No te enojes”, murmuró Sophie, algo apenada.
“No pasa nada, Sophie. Jamás me molestaría con ustedes. Son mi mayor orgullo”, dijo, abrazándolos con cariño. “Los amo.”
“Tal vez un poco más que a mamá”, bromeó Stanley en voz baja.
Elizabeth frunció el ceño, fingiendo indignación. “Escuché eso”, dijo, cruzándose de brazos.
Stanley se giró un poco, riendo entre dientes. “Lo sé”.
No tardó en ir hacia el sofá para unirse a un abrazo familiar, cargando a los tres como si nada.
“¡Papá es tan fuerte como Superman!”, exclamó William con entusiasmo, después de leer los cómics de su superhéroe favorito.
“Entonces… ¿siempre nos vas a proteger?”, preguntó Sophie, inocente y con un brillo en los ojos.
Stanley sonrió de oreja a oreja. “Por supuesto, yo sí existo”, respondió divertido.
“Una promesa… Que no cumplí…”
Pensó el subconsciente de Stanley. Desvaneciendo la lucidez.
De pronto, la última vez que vio a Sophie fue el día en que dejó la mansión.
Había enfrentado a Elizabeth y al resto de la familia Umbrio, que intentaban convencerla de abandonar a John en su disputa familiar con los Spellman.
La vio marcharse, exiliada de su propia familia.
A pesar de ser el patriarca, no pudo hacer mucho frente a la opinión de la mayoría.
“¿En qué me convierte?”
“En un mentiroso…”
“En un pésimo padre”
Se repetía una y otra vez, como un método de castigo. De haber conocido la verdad, se habría enfrentado al mismísimo Edward Spellman sin dudar.
“En un cobarde…”
En ese instante, una voz lo detuvo.
“Padre…”
Una voz suave y delicada, inconfundible. Alzó la mirada y ahí estaba Sophie, de pie frente a él, envuelta en un aura luminosa y espectral.
“Sophie…”, murmuró Stanley, incrédulo.
Ella permanecía erguida, serena como siempre, pero con una sonrisa cálida que carecía de hostilidad.
La luz blanca lo envolvía todo. Era la otra vida, o quizá su cerebro le estaba jugando una última broma antes de morir.
Sophie lo miraba sin el menor rastro de rencor. Todo lo contrario, había algo que podía entender: gratitud.
“Gracias, padre”, susurró cálidamente, dejando que sus palabras resonaran por todo el lugar.
En su mirada se reflejaban su orgullo y determinación.
Stanley sonrió con amplitud, mientras unas lágrimas corrían por sus mejillas. Por fin, encontró la paz en su interior. Aquello que siempre lo atormentaba desapareció por completo.
…
Derramó unas cuantas lágrimas, con la mirada perdida, mientras Luke le apoyaba una mano en el hombro.
Sin querer soltarlo.
Vio cómo Stanley sonrió al recobrar la conciencia, mirándolo con pleno orgullo.
Luego de unos segundos, sus ojos se cerraron.
Su respiración se detuvo.
Su cabeza cayó, su brazo en el hombro de Luke, finalmente se retiró.
Luke lo abrazó antes de que pudiera caer.
El último abrazo.
Su corazón, poco a poco, dejó de latir.
Dejando un eco de silencio en todo el lugar.
Fester bajó la cabeza. Sin poder contener la tristeza en su interior.
Luke se abrazó con más fuerza a Stanley, para que supiera que estaba a su lado en sus últimos momentos.
“Tú no me ayudaste solo una vez… Lo hiciste todas las veces que pudiste hacerlo…”, murmuró Luke, roto por dentro.
Recordaba la vez en que aceptó tenerlo bajo su protección en la mansión Umbrio durante las primeras vacaciones de Nevermore.
En aquel entonces, no tenían una buena relación. A Luke no le interesaba formar un vínculo con él; el hombre que le dio la espalda a su madre junto a la familia Umbrio.
Pero después… durante su entrenamiento en la mansión Addams, las madrugadas entrenando su aura verde, los incesantes combates de entrenamiento para fortalecerse; siempre lo obligaba a dar lo mejor de sí mismo.
Porque quería que así fuera.
Stanley sabía que Luke se convertiría en el paria más poderoso del mundo.
No solo convivieron en entrenamientos. Sino también en momentos más cotidianos, más cercanos. Un intento de reconciliarse formalmente con él.
Y lo hizo. Justo hace poco.
Así era la vida. Nada salía como se esperaba.
No puedes vivir una guerra sin tener pérdidas en el camino.
Por primera vez, habían consolidado su relación familiar. Verónica también.
Para Luke, Stanley ya no era el mismo.
Ya no era un viejo gruñón obsesionado con lo militar.
Era su abuelo.
Le tenía cariño, tanto como a Edgar. Pero ahora, también se estaba desvaneciendo de su vida ante sus propios ojos.
Dicen que el último sentido que se pierde al morir es el oído.
Stanley, a pesar de que su corazón se detuvo, dejó ver una pequeña curva en sus labios antes de desaparecer para siempre.
Luke notó que había fallecido. Sintiendo un nudo en la garganta.
No lo soltó.
Se mantuvo con él en todo momento.
Esperando a que llegaran los demás. Apoyando su cabeza en su hombro.
“Lo siento…”, murmuró, cerrando sus ojos.
El viento soplaba suavemente, llevando las cenizas y el polvo de escombros lejos del lugar.
Mientras algunos parias, ya habían llegado.
Impresiona ver tanta destrucción en la ciudad: distritos arrasados, plazas vacías y vehículos volcados, destrozados o envueltos en llamas.
Edificios demolidos, todos con ventanas destruidas.
No tardaron en encontrar a Luke y a Fester, junto al cuerpo de Stanley.
Gómez y los demás llegaron, mientras los cinco departamentos de la Policía Marginada rodeaban toda la ciudad.
El Departamento de Investigación Psíquica se encargó de controlar las masas. Siendo de mucha ayuda para mantener a los normies bajo control.
El resto exploraba la zona en busca de cualquier rastro de los enemigos, pero no encontraron nada.
Sin rastro de Rodric ni Albert.
Enid, Wednesday, Nyra, Natasha y Verónica corrieron apresuradas hacia donde se encontraban Luke y Fester.
Estaban rodeados de varios parias.
Fester estaba siendo atendido por algunos psíquicos de aura verde y con unas cuantas pociones curativas.
Pero Luke se negaba a apartarse de Stanley.
Al verlo, Verónica sintió que el corazón se le detuvo y, sin pensarlo, corrió aún más rápido.
“No, no, no…”
Se acercó a ellos, mientras Enid y Wednesday lo observaban con incredulidad.
Nyra lo olfateó y abrió los ojos de par en par. No percibía vida en él.
“Luke…”, susurró Enid, angustiada, al ver sus lágrimas secas con dolor. No le gustaba verlo así; podía sentir sus emociones, y más aún siendo licántropa, con un vínculo que iba más allá de lo comprensible.
Con la ayuda de Wednesday y Enid, lograron apartarlo del cuerpo sin vida de Stanley con cuidado.
Gómez miraba sin poder creerlo; todos estaban igual.
Verónica no tardó en dejar que las lágrimas rodaran por sus ojos color ámbar, mientras se cubría la boca con una mano para contener los sollozos.
Natasha la abrazó por los hombros en silencio, también afectada por Stanley.
En el pasado, había sido una de sus sirvientas en la mansión, pero jamás la trató como tal, sino como a un miembro más de la familia.
Luke tenía la mirada perdida, encontrando calma solo por la compañía de Wednesday y Enid a su lado.
“Yo… no pude hacer nada… fui débil… otra vez”, murmuraba con voz temblorosa y un matiz de culpa, mientras yacía acostado y algunos marginados sanadores intentaban curarlo.
Enid sintió una punzada en el corazón al ver a Luke de esa manera. Wednesday también lo sintió. Le acarició la mejilla con suavidad y delicadeza.
“Tranquilo, no es tu culpa”, decía con una preocupación y tristeza que rara vez se reflejaban en sus ojos normalmente impasibles, mientras hacía todo lo posible por ayudar con sus heridas abiertas.
Era doloroso ver a Luke en ese estado; no estaba acostumbrada a eso, y Enid tampoco.
Verlo con lágrimas secas era algo completamente nuevo para ambas.
Herido y frágil, tanto física como emocionalmente, les partía el alma.
Su corazón latía con fuerza.
Wednesday tomó su mano izquierda y Enid la derecha, ambas con suavidad.
Un mensaje claro: estaban ahí para él.
Poco a poco, Luke logró calmarse, su ritmo cardíaco disminuyó y comenzó a perder la conciencia.
Mientras eso pasaba, Eclipse brilló tenuemente. Mandando un mensaje en secreto a las armas del alma restantes. Menos a la única que no estaba a su alcance: Infernus.
Haciendo brillar a Perdición, el arma del arma Addams que Gómez poseía. Por solo un segundo. Más que suficiente para captar el mensaje.
Las almas familiares de sus respectivos linajes despertaban sus voluntades. Las conciencias de las armas se enlazaban, como viejos conocidos.
La noche pasó como nunca antes.
La noticia se propagó por todo el mundo marginal en menos de 24 horas.
Ya habían sido informados del ataque de los dos ancianos demoníacos: Rodric y Albert.
Además, en distintas regiones del país, se registraron ataques agresivos y eficaces contra varios aliados del Consejo.
Allí se hablaba de seres con un poder aterrador. No hacía falta adivinar quiénes eran: los ancianos demoníacos.
Pero, sin duda, la noticia que más sacudió a la sociedad marginada, a los Consejos de Parias de todo el mundo y al gobierno normie fue la aparición de uno de los seres más temidos por los entendidos en el reino demoníaco.
Un demonio mayor.
Esta noticia fue enviada a varios miembros clave del Consejo, considerándose la máxima prioridad en ese momento.
El gobierno no perdió tiempo en involucrarse en el asunto. Después de todo, habían provocado un desastre total en la ciudad de New Castle.
La destrucción de la ciudad ya era una noticia nacional.
Algunos videos e imágenes se filtraron antes de que cortaran las redes de comunicación e internet en la zona. Incluso, fue necesario cerrar gran parte de las redes en varios estados más del país.
Claramente, no salió como se esperaba. Solo generó más desconfianza y rumores entre la gente.
Justo lo que no querían; estaba sucediendo.
…
Mansión Faulkner.
Estrakión disfrutaba de su té matutino junto a su esposa Elena, cuando, de repente, uno de sus sirvientes apareció apresurado para entregarle una carta con el sello del Consejo.
Con curiosidad, la abrió y leyó algo que lo sorprendió e intrigó profundamente.
“¿Stanley? No puede ser…”, murmuró, repasando el informe una vez más mientras dejaba caer su taza al suelo.
Elena también lo leyó, llevándose la mano a la boca al enterarse de la noticia.
Estrakión apretó los puños; Stanley había sido su camarada durante décadas, y algo así hizo que sus emociones se convirtieran en un torbellino.
“Cariño”, susurró Elena con suavidad, tomándolo del brazo con apoyo y delicadeza. Comprendía perfectamente cómo se sentía en ese momento.
“Malditos Spellman… malditos demonios”, murmuraba entre dientes, con una mezcla de ira y tristeza en la voz, mientras Elena lo calmaba poco a poco.
Mientras el hacha Divinidad brillaba con remordimiento.
…
Mansión Von Drachen.
Lucca Von Drachen, el patriarca de la familia, se entrenaba en el amplio patio de su mansión.
Mientras escuchaba la noticia de uno de sus sirvientes, dejó de entrenar de golpe.
“¿Un demonio mayor?…”, susurró para sí mismo, lleno de sorpresa e incredulidad. “Incluso Stanley cayó ante uno de ellos”, murmuró intrigado.
Alguien de la élite de los parias, uno de los más poderosos del Consejo; había muerto en batalla.
Además, hubo más atentados esa misma noche. Era claro que fue un plan de los Spellman.
Un plan bien ejecutado, donde no solo atacaron New Castle; sino partes de Arizona, Kentucky, Utah, Texas, California, entre otros.
Apretó sus espadas con fuerza. Sus armas del alma, las espadas del Cataclismo. Desprendiendo magia oscura anaranjada por el filo. Sabiendo que la guerra apenas comenzaba.
…
Mansión Frump.
Cassandra recibió la noticia al poco tiempo, gracias a Morticia.
Al contárselo a la familia, no pudieron evitar sorprenderse y sentir cierto temor al saber que un demonio mayor había pisado la Tierra después de siglos.
Como una de las grandes familias psíquicas, su deber era mantenerse al tanto de todo esto y aportar en esta guerra.
El sable Celestial, el arma del alma Frump, brilló levemente estando en la sala principal de la mansión.
En otro lugar del mundo, muy lejos, un hombre que bebía whisky sintió esa extraña sensación de que algo había cambiado.
Esa conexión de su antiguo compañero de batallas lo sentía nuevamente.
Sonrió con desgano, para beberse su vaso de un trago.
El Arma del Alma lo había llamado.
Sin más, se retiró del lugar.
…
Europa – Rumania.
Un halcón aterrizó sobre una roca, observando a un hombre de apariencia esbelta, de hasta 2.10 metros de altura, con el cabello gris algo largo y una barba corta del mismo tono.
Había tres tumbas frente al hombre, perfectamente cuidadas, con flores hermosas sobre ellas.
Él miró al halcón. Viendo que tenía una carta. Con el sello del Consejo; enviada por el Juez Supremo de los marginados de Estados Unidos.
Había una nota aparte. Pero no era importante.
Al terminar de leer el contenido de la carta, su rostro se ensombreció.
Recuerdos vagos lo inundaron por completo.
Pero recordando las palabras de aquel psíquico que lo salvó, y les dio una oportunidad a todos los parias de seguir coexistiendo.
Hace más de 500 años: El patriarca de los Poe.
“Ha comenzado”, pensó con cierta incertidumbre. Pero decidido a seguir su voluntad. Su razón de seguir existiendo todavía.
Caminó nuevamente hasta la manada que estaba visitando. Estaba algunos kilómetros lejos de ellos.
Pero llegaría al instante.
Guardó la carta mientras una pequeña nota caía al pasto. Siguió su camino, mirando el cielo con seriedad.
Alejándose del lugar.
La nota se movió ligeramente con el viento, hasta que se alcanzaron a distinguir unas palabras escritas en ella.
“Para el Señor de los Lobos – Tacius Dreizor.”
Fin del capítulo
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Tema recomendado: “REPULSIVE – Tryst” (El último abrazo)
20 de Junio del 2023.
Solo habían pasado dos días desde el incidente en la ciudad de New Castle, Pensilvania.
Fue un desastre total para el gobierno normie, y aún más para el Consejo Marginado de América.
La ciudad quedó con daños en su infraestructura, calles, generadores eléctricos y un poco de todo.
Los ciudadanos fueron controlados por psíquicos para intentar frenar la anarquía en el país, aunque, claro, sirvió de poco.
Daños colaterales de millones de dólares en una ciudad afectada por la lucha incontrolable entre parias increíblemente poderosos.
Pero eso no era todo.
Lo que realmente tenía inquietos al Consejo y al gobierno no fue el ataque de dos ancianos demoníacos de los Spellman, sino la aparición de un demonio mayor, cuya presencia no se veía desde hace siglos.
Un ser increíblemente poderoso, capaz de arrasar con todo a su paso sin siquiera proponérselo, con un poder descomunal acumulado durante siglos y milenios en la cima del dominio demoníaco.
Ya era un hecho: los Spellman llevaban la ventaja en la guerra.
Tener a un demonio mayor de su lado les daba una ventaja absoluta, especialmente porque Zartos, como se le conocía, era muy superior a Luke Poe, quien se suponía era el más poderoso del Consejo.
Por pura lógica y jerarquía de poder, si Luke no podía contra él, nadie más podría.
La aparición de Zartos desestabilizó las relaciones entre el Consejo, el gobierno y la S.S.A.
Nadie sabe cómo los Spellman lograron tener ese nivel de contacto con esos seres, ni cómo consiguieron convencer a un demonio mayor de ayudar en una guerra así.
Pero el hecho es que lo hacen. Y esa incertidumbre causa temor y paranoia.
Ahora, la situación era más tensa que nunca. Nadie sabía ni esperaba el momento en el que los Spellman decidieran mandar a otro demonio mayor a destruir gran parte del Consejo.
No sabían nada.
Y eso, les atemorizaba.
El Consejo, el gobierno y el S.S.A. estaban en completo alboroto. La noticia incluso cruzó fronteras.
Los Consejos de parias europeos y asiáticos ya sabían de la presencia de un demonio mayor en Estados Unidos, lo que encendió aún más las alarmas.
Por eso reforzaron la custodia del libro demoníaco de Soyga. Los Spellman ya tienen en su poder dos libros demoníacos: el de Nekrathis y el de Zartos.
Un tercer libro en sus manos sería un desastre. Los otros tres, siguen escondidos o en posesión de personas menos conocidas.
El objetivo de los Spellman es conseguir los seis libros demoníacos. Así, no solo serían los vencedores en Estados Unidos, sino en todo el mundo.
El gobierno y el Consejo volvieron a chocar, principalmente por los daños ocasionados en toda la ciudad. Hubo agentes de policía muertos y una interminable lista de desacuerdos.
No solo fue New Castle, aunque fue la ciudad más afectada, sino que también otras ciudades y centros estratégicos de la alianza del Consejo en todo el país fueron atacados por aliados de los Spellman o, directamente, por los ancianos demoníacos.
Edward no era ingenuo; estaba inclinando la guerra a su favor.
Cada día que pasaba, un simpatizante más se sumaba a su causa, lo que complicaba aún más el conflicto.
No se enfocaban solo en los Spellman, sino también en otros frentes: los traidores del Consejo y quienes sacaban provecho de la situación.
Y ahora, un cuarto frente se había abierto, uno que exigía concentrarse exclusivamente en la presencia de los demonios más poderosos de la historia.
Fue un golpe devastador para la alianza del Consejo y su frágil relación con el gobierno.
Pero el impacto más grande que causaron los Spellman fue la muerte de Stanley Umbrio, un miembro clave de la alianza, un aliado increíblemente fuerte y, por supuesto, muy querido y respetado por muchos representantes del Consejo.
Su funeral fue por la tarde, en Florida.
Al mismo asistieron bastantes parias reconocidos e importantes. Además de la presencia de muchos representantes del Consejo.
Miembros de las seis grandes familias psíquicas asistieron al funeral para dar el pésame. Incluso los Frump se presentaron como muestra de respeto hacia Stanley.
El Juez Supremo también estuvo presente junto a varios ancianos del Consejo, reconociendo su valentía al enfrentarse a un demonio mayor para proteger a los suyos.
Verónica no dejaba derramar lágrimas silenciosas, consciente de que su abuelo se había ido para siempre.
William, su padre, estaba a su lado, mientras Elizabeth, la esposa y ahora viuda de Stanley, tenía la mirada perdida, incapaz de aceptar lo que veía.
Luke no estaba mucho mejor; seguía lastimado por los daños que Zartos le había causado.
Ni siquiera manteniendo su aura verde activa todo el tiempo había logrado recuperarse del todo. Calculaba que tardaría al menos cinco días en sanar por completo, si es que se esforzaba.
Enid, Wednesday, Natasha, Nyra, Gómez, Fester, Morticia, Eudora, Pugsley, Lurch y Thing estaban presentes. Todos guardaban silencio, observando cómo cada uno se despedía de Stanley a su manera.
Fester mantenía la mirada baja, observando cómo uno de sus compañeros de batalla se había ido, sacrificándose para protegerlos.
“Adiós, amigo…”, murmuró Fester con tristeza.
Estrakión permanecía en silencio, despidiéndose con respeto de Stanley, uno de sus más grandes amigos, su hermano de armas desde hacía un siglo.
Lucca estaba con los brazos cruzados, su esposa Freya a su lado, rodeados por toda la rama principal de la familia Von Drachen en el funeral.
Aunque no era muy cercano a Stanley, compartían negocios familiares y, además, lo respetaba por ser el mejor usuario de aura verde del último siglo.
Un guerrero que sin duda alguna, merecía su respeto.
Para sorpresa de Enid, su hermano Andrew también asistió.
Se acercó a ellos y Luke lo saludó con neutralidad. No porque le desagradara, sino porque realmente no estaba de ánimo para nada.
Aun así, valoraba mucho la empatía de Andrew. Podía percibir su sinceridad y preocupación genuina gracias a su clarividencia, aunque incluso sin ella podría notarlo.
También vio a Tommy… la última vez que lo había visto fue hace mucho tiempo, cuando era el novio de Verónica. Y ahora, estaba allí, ofreciendo sus condolencias a la familia Umbrio. Y, por supuesto, a Luke.
Le sorprendió ver a tanta gente reunida.
Al mismo tiempo, sentía un nudo en el pecho. Stanley significaba mucho para muchos.
Más de un siglo en el mundo marginado, ayudando y compartiendo con las antiguas 65 familias del Consejo, se reflejaban en ese momento.
Nyra observaba el cuerpo de Stanley con una mezcla de melancolía y tristeza. En estos últimos meses se había encariñado mucho con él. Para ella, siendo el abuelo de Luke, también formaba parte de su familia.
Lurch se mantenía estoico, aunque comprendía todo lo que aquello significaba para los presentes. Thing descansaba sobre su hombro, observando todo con pesar.
Incluso Octavius Addams asintió junto al resto de la rama secundaria de los Addams, y, para sorpresa de todos, también lo hizo Itt con la tercera rama de la familia.
Era la segunda vez que Luke veía a Itt en persona, al menos desde el cumpleaños de Wednesday del año pasado. Tal como imaginaba, seguía completamente cubierto de pelo.
Gómez estaba junto a Morticia, pero su habitual sonrisa había desaparecido. En su lugar, sus ojos reflejaban impotencia y un dolor genuino. Al igual que Fester, había perdido a uno de los suyos.
Natasha no podía dejar de recordar las veces que Stanley había hablado con ella, disculpándose por el trato que recibió de los Umbrio hacía ya varios años.
Stanley nunca la menospreció. Fue el único que continuó tratándola como lo que era: parte de la familia y amiga cercana de Sophie.
Incluso después de que decidiera unirse a Sophie y John en su lucha contra los Spellman, Stanley jamás la odió. No era ese tipo de hombre.
Y ella lo sabía.
Stanley no solo estaba ahí para obtener el perdón de Luke. Sino también el de ella. Y sí, lo logró.
Pero ahora… ya no está.
Wednesday y Enid estaban junto a Luke, quien no movía ni un solo músculo de su cuerpo y mantenía la mirada fija en Stanley.
El ataúd tenía un hechizo mágico que impedía la putrefacción del cadáver. Era un regalo del Consejo, algo que los Umbrio, especialmente Elizabeth, aceptaron.
Si había algo que Stanley temía en vida, era pudrirse bajo tierra junto a los gusanos. Era una frase que solía repetir de vez en cuando.
Wednesday no sabía qué decir en ese momento; no era muy buena con las palabras en situaciones así. Aun así, se mantuvo cerca de Luke todo el tiempo, sin separarse de él.
Enid percibía su inmensa tristeza. Aunque él no quisiera demostrarlo y aparentara ser fuerte, por dentro se sentía culpable.
Una mezcla de dolor, pérdida, impotencia, tristeza… y furia.
Por eso, tomó la mano de Luke con suavidad, haciéndole entender que estaría a su lado en todo momento.
Luke la miró de reojo y pudo sentir sus intenciones. Wednesday lo abrazó por el hombro, permaneciendo ahí para él.
Ahora Luke lo veía más claro: ambas le demostraban su cariño y preocupación. Algo que alguna vez creyó imposible, estaba sucediendo.
Se calmó un poco, agradeciendo con la mirada.
Volvió a mirar a su abuelo, recordando todo lo que habían vivido en esos meses.
Pensaba en cuando recién había llegado a la mansión Addams y descubrió la otra faceta de Stanley: un anciano obsesionado con el entrenamiento, como un militar experimentado.
Cada regaño, cada combate, cada prueba que lo llevaba al límite; todo para que se volviera más fuerte.
Las conversaciones que compartieron, los pasatiempos que crearon juntos, aunque fueran poco convencionales para los estándares comunes.
Poco a poco, el rechazo y la hostilidad que sentía hacia él fueron desapareciendo.
Por extraño que parezca, llegó a sentir un afecto genuino por Stanley, sobre todo por la sinceridad de sus intenciones. Su verdadero rostro, el de alguien dispuesto a todo por él.
Pocas personas consiguen causar ese efecto en Luke, pero quienes lo logran dejan una huella significativa en él.
Estar en esta situación es duro. Es la primera gran pérdida que enfrenta desde que llegó a este mundo.
Aunque la partida de Edgar le afectó, sabía que él había muerto hace 170 años. Él mismo se lo dijo. Fue una despedida de algo que siempre debió ser así.
En cambio, Stanley podría haber seguido con vida, de no ser por Zartos, de no ser por su debilidad.
Luke decidió hablar, en un murmullo bajo que solo unos pocos escucharon.
“¿Por qué…?”
Nyra alzó una oreja, captando la voz baja de Luke y sintiéndose intrigada por su tono triste.
Wednesday y Enid escuchaban en silencio, mientras Andrew y el resto de los chicos de las manadas permanecían callados, sin querer interrumpir nada.
“¿Por qué tardamos en llevarnos bien… y te vuelves a ir?”, murmuró con voz apagada.
Sin mostrar ninguna emoción en el rostro, solo un estoicismo imperturbable. No era por falta de sentimientos; dentro de él, sus emociones eran un huracán desatado.
Su tono reflejaba más la culpa que cargaba en su interior.
Ya no quedaba espacio para arrepentimientos; el pasado no se puede cambiar.
El comentario de Luke resonó en los oídos de quienes lo escucharon, haciendo sentir el peso de sus palabras.
Se notaba que le afectaba, y mucho.
Y la guerra no llevaba ni medio mes desde que había comenzado abiertamente.
El funeral terminó poco tiempo después. Ya no había mucho más que hacer o decir.
La guerra continuaba.
Este era uno de muchos funerales que se llevaban a cabo día con día.
Con cada familia que perdía a un miembro importante.
…
Todos regresaron a la mansión Addams.
Verónica fue a recoger sus cosas a la habitación donde solía quedarse. Ya no tenía nada que hacer allí.
Luke la ayudó con sus cosas. Verla así solo aumentaba su sentimiento de culpa por lo que le había pasado a Stanley, el abuelo de ambos.
Cuando finalmente Verónica empacó todo, Luke habló.
“Lo intenté…”
Verónica levantó la mirada hacia Luke, con algunos mechones castaños cayendo sobre su rostro.
“¿A qué te refieres?”, preguntó con desconcierto.
Luke dejó escapar un suspiro profundo. “Trataba de ayudarlo. Quería salvarlo. Usé toda mi fuerza, concentré toda mi aura verde en su cuerpo… pero nada resultó”, confesó.
Verónica entreabrió los ojos, observando cómo los puños de Luke se apretaban con cada palabra.
“No lo protegí. Solo fui el blanco de esos Spellman y de ese maldito demonio. Si hubiera ido solo yo…”, intentó seguir, pero Verónica lo interrumpió en ese instante.
Se acercó y lo tomó por los hombros. Sus ojos color ámbar irradiaban una calidez curiosamente familiar.
“No te culpes por eso. Sé que lo hizo para protegerte a toda costa. Siempre confió en ti… en lo que eres capaz de lograr”, susurró con voz suave. “Eres el chico más fuerte y terco que conozco. Y, al mismo tiempo… eres muy especial con quienes realmente se ganan un lugar en tu corazón”.
Luke escuchaba cada palabra con atención y, de alguna manera, se sintió algo aliviado al oírlas.
Sin previo aviso, Verónica lo abrazó con cariño, poniéndose de puntillas para alcanzar a rodear su fuerte cuello.
Fue un gesto que lo tomó por sorpresa, pero no lo rechazó; al contrario, se lo devolvió.
Tuvo que inclinarse un poco, pues aunque Verónica era un año mayor que él, en altura era más baja.
Luke sabía perfectamente que ella también estaba ahí para intentar mejorar su relación familiar. La diferencia era que, con ella, ya lo había hecho desde hacía mucho tiempo. Solo que ahora, ese vínculo se había fortalecido, algo que nunca creyó posible dentro de sí.
¿Estaba creciendo como persona?
Tal vez. Ya no se mostraba tan cerrado emocionalmente con su círculo más cercano.
Sentimientos que pensaba que nunca tendría, ni en esta vida ni en la anterior, ahora los tenía. Vivos y encendidos.
Luke, aún apoyado en el hombro de Verónica, susurró: “Sí… como tú”.
Lo dijo de repente. Sin sarcasmo, sin ironía, sin su habitual gesto burlón. No.
Su voz transmitía sinceridad, gentileza, era genuina y, al mismo tiempo, afectuosa.
Algo que, viniendo de él, resultaba completamente nuevo.
Verónica sintió un cosquilleo por lo cerca que estaba de Luke, feliz de que él la viera de esa manera, como alguien especial para él.
Tras unos segundos, se separaron. Sus miradas seguían siendo francas. El tiempo se agotaba. Afuera de la mansión, esperaban a Verónica, listos para partir.
Antes de irse, Verónica recordó algo importante. Se detuvo en seco, provocando que Luke frunciera el ceño, mientras cargaba todas las maletas con sus brazos y su telequinesis.
“Oh… ¡Espera! No tardo”, dijo Verónica, mientras Luke la observaba con la cabeza ladeada, sin entender a qué se refería.
Después de unos minutos, Verónica volvió. Además de ordenar su habitación, también se encargó de la de Stanley, aunque él no tenía muchas cosas.
Verónica le entregó con ambas manos un objeto envuelto en un sobre de regalo, lo que lo dejó aún más confundido.
Parecía una fotografía, pero no quiso arruinarse la sorpresa usando su clarividencia.
“Es para ti… a nuestro abuelo le habría gustado que la vieras. Es un regalo para ti, Luke”, fueron sus últimas palabras, justo cuando Luke tomó el presente.
Verónica se marchó de la mansión Addams, no sin antes despedirse amistosamente de Enid y también de Wednesday, quien dejó de lado su habitual tono cortante para adoptar uno más respetuoso y sutil, a su manera, claro.
Después de todo, Verónica había sido clave en las misiones: valiente, fuerte.
Participó en la destrucción de la granja de almas en Oregón y colaboró en la muerte de Robert Spellman. Su historial hablaba por sí solo.
También se despidió de la pequeña wendigo, quien le regaló a Verónica un juguete de madera con forma de gárgola.
“Para ti… tía Verónica”, murmuró Nyra con una suave sonrisa.
La mención la sorprendió, pero respondió con el mismo gesto. Aceptó el regalo y acarició el pequeño cráneo de wendigo que llevaba sobre su tierna cabeza.
“Gracias, Nyra”, dijo, retirándose lentamente.
Se subió a una limusina que destilaba prestigio. Nyra sintió una ligera melancolía al ver partir a Verónica. Si era la prima de Luke, su padre, entonces pasaba a ser parte de su familia. Así funcionaba su lógica familiar.
La moral de la mansión y de toda la sociedad marginada se vino abajo después de esa fatídica noche.
Se notaba en cada sitio al que iban, y hasta en la propia mansión se percibía el golpe emocional que aquello había provocado.
Luke recorrió un poco la mansión antes de decidir salir a pasear por el patio.
El sol ya comenzaba a ocultarse, y las heridas en su cuerpo aún le molestaban. Ni siquiera con toda el aura verde que empleaba lograban sanar por completo.
No se quejó; sentía que era lo mínimo que merecía por no haber podido hacer nada contra su adversario. En su lugar, Stanley tuvo que tomar el control de la batalla.
En ese momento, quería estar a solas.
Abrió el regalo con curiosidad. Era el mismo del que Stanley le había hablado justo antes de llegar a New Castle.
Se suponía que él mismo se lo entregaría, una vez completada con éxito la misión.
Lo abrió con cuidado, como si fuera lo más frágil del mundo, sin querer dañar nada de su interior.
Al verlo, no supo cómo reaccionar ante la foto.
Era un recuadro pequeño, pero notorio. Una foto algo antigua, no por la época, sino por el desgaste que mostraba. Aun así, se distinguía bien.
En la imagen aparecían John, su padre, y Sophie, su madre, sosteniendo juntos a un bebé.
Tenía el cabello castaño claro, ojos azules que apenas se abrían, un cuerpecito pequeño y frágil, inconsciente de que había vuelto a nacer.
Era él.
Hace al menos 17 años, justo la noche en que nació.
Y la noche en la que perdió a sus padres. Sin siquiera conocerlos.
Qué curioso que en ambas vidas nunca sintió el verdadero cariño de una familia; en la anterior, por ausencia.
En esta, por los Spellman.
Quizás el universo se estaba riendo en su cara. Algo tan común como el amor de una familia, de un padre y una madre presentes; era algo que jamás había experimentado.
Se veían serios, pero con un toque de apego y un orgullo silencioso entre ellos, a pesar de la difícil situación que estaban atravesando en ese momento.
Huyendo de la cacería de los Spellman, libraban una guerra ellos dos solos, acompañados por Natasha.
Esa misma noche, su madre tuvo que dar a luz mientras huían de las garras de Alfred, Elliot, Mortimer y otros sirvientes.
Hasta que llegaron Albert y Rodric.
En la foto, se veían ellos con la decisión de hacer cualquier cosa para seguir con la lucha y revelar al mundo quiénes eran en realidad los Spellman.
No parecían asustados. Se sentían orgullosos de ver nacer a su hijo, aun sabiendo que, tarde o temprano, tendrían que separarse para aumentar sus posibilidades de sobrevivir.
Si iban por Natasha y Luke, podrían continuar la lucha contra los Spellman. Pero ella y su hijo hubieran muerto.
Si iban por ellos, entonces solo ocultarían las pruebas y pelearían a muerte.
Y si no se separaban, todos iban a morir.
Era todo o nada.
No habían muerto por él.
Solo se enfocaron en las probabilidades del destino.
A pesar de que a Luke le indignó descubrir esa cruda realidad, al final lo aceptó.
Eran tiempos duros. Las opciones eran escasas y se encontraban rodeados.
De todas formas…
Le habría encantado haberlos conocido.
Por lo que le han contado, al menos sabe que eran buenas personas, queridas por los Faulkner y apreciadas por los Addams.
Sophie seguía confiando en los Umbrio, incluso después de haberse separado de su familia.
Quizá se debía a la presencia de Stanley al frente de la familia.
En cuanto a los Faulkner, Estrakión fue el director de ambos y también el jefe del Departamento de Exterminio de Demonios en aquella época.
Para ellos era un mentor y un amigo de confianza, además de ser el patriarca de su familia.
Con los Addams había una amistad verdadera.
Al fin y al cabo, Gómez era amigo de John, su padre, durante la época de Nevermore entre 1987 y 1991. Compartieron cuatro años juntos desde noveno grado.
Esa foto debió de haber sido tomada por Natasha, aunque probablemente la perdió en el momento en que huyeron de nuevo, pocos minutos después.
Además, en la esquina estaba la fecha escrita y firmada por ella en esa época, justo el día en que se supone que cumple años.
Stanley debió de hacer un esfuerzo sobrehumano para encontrar esa fotografía, ya que ni siquiera estaba ya en el lugar donde se escondían y donde Luke había nacido.
A Luke se le encogió un poco el corazón. No sabía cómo había recuperado esa fotografía, pero lo agradecía.
Al girarla, vio unas letras escritas en ella.
Más al centro, escrito por Stanley: “No sé si me creas, pero ellos te amaban. Juro que jamás dejaré que nada malo te pase, Luke. A partir de ahora, nunca estarás sin mí apoyo. Por siempre, tu abuelo: Stanley Umbrio”.
No pudo evitar sentir un nudo en la garganta, apartando la vista del recuadro por unos segundos.
“Mierda… Odio este sentimiento”, murmuró, apretando la mandíbula. No quería dejar escapar otra lágrima traicionera en ese instante.
A lo lejos, Nyra lo observaba desde la ventana, triste al verlo así.
“Mamá… no me gusta ver a papá así. Su corazón late de forma irregular. Sus ánimos y emociones han cambiado mucho. Está triste”, decía Nyra, sin quitarle la vista de encima a Luke ni por un segundo.
Wednesday, que también observaba, asintió con pesadez.
“Lo sé. A mí tampoco me gusta verlo así. Pero por ahora… quiere un momento a solas”, dijo ella, sin estar muy convencida. Aunque no era una experta en emociones, no le agradaba verlo de esa manera. Le dolía presenciarlo.
Enid no parecía muy distinta. Lo observaba desde la entrada de la mansión y, al igual que Nyra, podía percibir todo lo que emanaba sin pronunciar una sola palabra.
Su lenguaje corporal, sus temblores, su mirada, todo lo que conocía de él.
Le rompía el alma ver al chico que ama en ese estado. En cuanto Luke se calmara un poco, correría hacia él para acompañarlo. Por ahora, sabía que necesitaba su espacio.
Luke no lloró en el funeral, ni había llorado para nada después de la batalla.
Solo soltó dos lágrimas cuando murió Stanley. Debido a un mar de emociones incontrolables.
Pero eso, viniendo de Luke, tenía un gran significado. Solo había llorado por dos personas: por Edgar y, ahora, por Stanley.
Y muy en el fondo, tenía miedo de tener que derramar lágrimas otra vez.
Por perder a otra persona importante en su vida.
En ese momento, Luke entendió que no podía ser el pilar de la guerra y esperar que sucedieran cosas buenas.
En esta vida, no había sufrido pérdidas importantes, principalmente porque eran muy pocos los que realmente le importaban.
La primera vez fue solo Edgar, viéndolo desvanecerse al fusionarse con el Arma del Alma Poe justo frente a sus ojos.
Y ahora, a Stanley.
Ahora tiene más vínculos que nunca, y eso le provoca miedo.
Miedo de perder a alguien más.
Miedo de volver al punto de partida. Débil, incapaz de proteger a los suyos. Igual que cuando llegó a este mundo, sin poder cuidarse ni a sí mismo, ni a Enid, y apenas a Wednesday.
Los ancianos demoníacos, y los demonios mayores, eran su mayor preocupación ahora.
Aun así, las palabras de Zartos se le quedaron grabadas en la mente. Como un bucle mental.
“¿A quién se refería con ‘ese hombre’? ¿aura verde?”, pensaba Luke, mirando al cielo con intriga y odio hacia Zartos.
Había cuatro seres que más deseaba eliminar en este mundo: Edward, Rodric, Albert y, ahora, un demonio mayor.
Irónicamente, son los más poderosos enemigos hasta ahora.
Sin pensarlo más, Luke volvió a la mansión. Ya no tenía tiempo para perder.
Estaba exhausto, herido y rendido, tanto física como mentalmente.
Pero al dar unos pasos, vio a Enid, de pie en la puerta principal. A su lado, Wednesday lo observaba con un rostro empático. Nyra las acompañaba.
“Luke…”, murmuró Wednesday, acercándose a él.
Enid y Nyra hicieron lo mismo, pero Nyra fue la primera en correr a abrazarlo, aferrándose con fuerza a su cuerpo.
Luke sonrió levemente, devolviendo el abrazo, mientras miraba a Wednesday y Enid frente a él.
Ellas no sabían qué decir o hacer. Luke no era precisamente alguien sensible ni solía estar así normalmente.
Pero sabían que tenían que estar ahí para él, las dos.
“No pasa nada, estoy bien”, dijo Luke con aprecio hacia las tres. No sabía qué haría sin ellas.
“Te lo dije… Siempre estaré a tu lado. Déjame ayudarte”, susurró Enid con cariño, acercándose para ayudarlo a caminar. Wednesday la imitó.
Luke aún llevaba las marcas de los latigazos que Zartos le había dado. No estaba ni de cerca en buenas condiciones.
Mientras se adentraban en la mansión, el mundo marginado giraba sin parar. Y con él, el gobierno.
Fin del capítulo
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Arma del Alma Von Drachen: Cataclismo