X: WARRIOR - Capítulo 12
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12: LLEGANDO A GIBRALTAR 12: LLEGANDO A GIBRALTAR LLEGANDO A GIBRALTAR Aproximándose a Gibraltar a toda velocidad, Kasui no podía sacar de su mente la idea de que pronto conocería al capitán William Cormac, el legendario hombre, que se dice, navegó por los catorce mares y le arrancó un tentáculo al Kaijin más temido de la historia, el Kraken.
El cual es solo un Kaijin colosal que ha vivido por cientos de años, según cuentan las leyendas, o al menos eso cree la mayoría de las personas, que el Kraken es solo un colosal que nunca pudo alcanzar una categoría mayor.
Durante uno de los encuentros que tuvo el capitán William contra el Kraken, este perdió una de sus piernas y no tuvo más opción que reemplazarla con una pierna entera de palo que le fabricó uno de los artesanos más famosos de todo el mundo, conocido como Nolasco.
En otra ocasión perdió una de sus manos y la reemplazó también, pero esta vez fue por un garfio de hierro, o al menos eso cuentan las personas en las historias del Capitán William.
Kasui ya estaba al tanto de todos estos relatos, él quería corroborar con sus propios ojos si todo lo que decían era verdad, no le preguntó a la capitana Morgan porque en poco tiempo vería a William en persona, así que mejor aguantó con paciencia a que el día llegara.
Una vez terminase de despejar todas sus dudas, tenía pensado preguntarle si conocía una manera de remediar su desesperada situación.
Era muy posible que al menos supiera algo, puesto que se trataba de un hombre legendario, conocimientos no le habrían de faltar.
– ¡Prepárense para trozar la soga!
—gritó Jasón—.
¡Nos aproximamos a Gibraltar!
– Cortando la soga, así nos dejaremos de desplazar tan rápido —dijo Morgan—, ¡prepárense para la desaceleración!
Todos se prepararon para el cambio brusco de velocidad.
Una vez que cortaran la soga que sujetaba la vela al navío, este se dejaría de desplazar con tanta rapidez de una manera un tanto brusca y aquellos que no estuvieran sujetos, de seguro, caerían al suelo.
– ¡Listos!
¡Ahora!
—ordenó Jasón.
En la proa, justo al lado del cañón que lanza la vela alta, estaban ubicados dos caballeros con sus espadas listas, ellos estaban sujetos por un par de cuerdas para evitar que se cayeran al momento de cortarla.
Solo uno de ellos haría el corte, el otro estaba allí por si el primer caballero erraba, ya que la soga era más gruesa de lo normal, era una medida de seguridad para evitar algún fallo al momento de cortarla y terminar encallados en la costa.
Al son de la orden del vicecapitán Jasón, el Sargento encargado alzó su espada y con un solo espadazo logró hacer un corte limpio a la soga de lado a lado.
El Neerlandés, que se estaba desplazando a una increíble velocidad, desaceleró muy brusco.
La proa se clavó un poco en el mar debido a esto.
Un tirón violento retumbó por la cubierta: algunos marineros tuvieron que clavarse con las plantas de los pies para no ser arrancados por la inercia.
Un pedazo de lino salió volando y la vela subió y se perdió en el cielo.
El navío, que estaba un poco de costado con relación a la isla, comenzó a corregir el curso a la ciudad de Gibraltar.
– Mires a donde mires, puedes ver barcos increíbles —anunció Kasui—, me hace pensar que estoy en un sueño, tantos barcos reunidos en un solo lugar.
Casi parece que fueran una flota completa de barcos a punto de acabar con alguna pequeña isla solo con el poder devastador de sus cañones.
Es aterrador imaginar ese escenario.
Kasui apretó el borde de la pasarela con tanta fuerza que le dolieron los dedos.
La idea de conocer a William Cormac le trazaba un mapa de esperanza, pero una hebra de temor le recordaba que su maldición no se iría por conocer a nadie.
– No te tienes que preocupar —aseguró Morgan—, la mayoría son barcos de carga, pesqueros y de transporte.
Los puedes identificar porque son los barcos de tamaño mediano, el resto son barcos escolta, más grandes y resistentes, a esos también los puedes identificar por el color de sus velas, aquellos que no son barcos de guerra suelen tener las velas de color blanco.
– Tampoco os tenéis que preocupar por los Kaijins —agregó Hansel—, para eso están los navíos de compañía, para evitar que los barcos pesqueros, de carga o los de transporte de pasajeros sufran un ataque.
Los gremios de aventureros son los encargados de escoltar las caravanas de los comerciantes, no solo en tierra, después de todo, ellos representan parte importante en la economía, no solo de Neos, de las demás naciones también.
– Hansel tiene razón —señaló Morgan—, además de eso, todos viajan por franjas seguras para evitar a los Kaijins.
Existen rutas que evitan las zonas de magia cuantiosa en el mar, donde hay mayor actividad de Kaijins.
Claro que eso hace que los viajes sean un poco más largos, pero es mejor hacer eso a atravesar una zona de alta actividad Kaijin y sufrir un ataque inevitable.
– ¿Y qué pasa si un Kaijin como el que nos atacó antes aparece?
—preguntó Dann.
– Eso es muy poco probable —le respondió Morgan—, los Kaijins que alcanzan una categoría mayor a la quinta prefieren estar dentro de las zonas de magia cuantiosa.
Es un comportamiento que no se ha podido explicar del todo, pero muchos creen que es porque buscan acumular poder.
Otros dicen que, debido a su constante desarrollo intelectual, evitan de manera precisa a los humanos.
A decir verdad, el tema de los Kaijins es algo que está lleno de muchas dudas y pocas respuestas.
– Seguro se estarán preguntando por qué nosotros sí pasamos derecho por la zona de magia cuantiosa.
—interrumpió Hansel—.
Eso es porque este es un navío insignia, tanto el barco como sus tripulantes están capacitados para enfrentar a estas criaturas.
– Ya veo —dijo Kasui—, hay que tener mucho entrenamiento para poder oponerse a los Kaijins y no resultar muerto en el intento.
– Sí, pero no solo es eso —dijo Morgan—, es nuestro deber hacerlo, por decreto real, solo los navíos insignia y los barcos oficiales de los caballeros pueden surcar en aguas de este tipo, con el único propósito de mantener al margen el constante desarrollo de los Kaijins.
Cada vez hay más de esas criaturas y están alcanzando categorías mayores en mucho menos tiempo del que les solía tomar en la época de mi padre.
– Pero cada vez hay menos ataques.
—expuso Kiyota—.
Se sabe con certeza que los Kaijins están alcanzando categorías mayores a la quinta muy rápido, pero no hay reportes que indiquen que estos Kaijins están atacando adrede, como se creería.
Casi parece contradictorio.
– ¿Eso no es mejor?
—preguntó Dann—.
Que los Kaijins estén atacando menos, digo, no está muriendo mucha más gente gracias a eso.
– Podrías pensar de esa manera.
—le respondió Kiyota—.
Pero si lo analizamos y le ponemos un sentido militar, pareciera que el enemigo se estuviera replegando tácticamente con el fin de conservar y aumentar su fuerza para contraatacar con fuerza, y eso sería devastador.
– Da un poco de miedo pensar de esa manera —expresó Kasui.
– ¡Nos aproximamos al muelle!
—gritó Jasón.
Jasón comenzó a impartir órdenes a todos los tripulantes de cubierta; soltaron el ancla, prepararon las amarras para sujetar el Navío al muelle y alistaron la carga para bajarla por la grúa.
Las velas ya se encontraban recogidas, lo habían hecho al momento de lanzar la vela alta para que el navío no se frenara o hiciera resistencia con el aire.
Incluso cuando cortaron la soga que sostenía la vela alta no bajaron el resto de las velas.
Con el impulso que aún conservaba el navío lograron llegar al muelle sin requerir otro empujón.
– Por fin llegamos.
—dijo Kasui—.
Tierra firme.
Consideré que jamás la volvería a pisar.
– ¡Vamos!
—gritó Lucy.
El navío terminó de llegar al muelle, fue sujetado con las amarras y los elevadores comenzaron a bajar y a subir carga, una larga rampa fue desplegada para que la tripulación descendiera del barco y fuera a la ciudad de Gibraltar.
Se iban a quedar ahí en la isla por todo lo que quedaba de día y por esa noche hasta la tarde del día siguiente.
Kasui y los demás también comenzaron a abandonar el barco.
Su hermano Dann, el trío de Hansel, los hermanos Cormac e incluso Kiyota se dirigieron juntos a la casa del capitán William.
Aunque antes de eso iban a dar un pequeño paseo por la ciudad.
A diferencia del pueblo que había en Elba, en la ciudad de Gibraltar había pequeños edificios.
Exceptuando a la academia Liorna, que tenía varias plantas, en Elba solo había casas de una sola planta, las calles en la ciudad eran más amplias, y el flujo de personas era mucho mayor.
Claro que se encontraban en la zona comercial en ese momento, pero de todas maneras no se podía comparar una reducida población en una pequeña isla como Elba, a una urbe como la ciudad de Gibraltar, ubicada en la isla del mismo nombre.
– ¡¿E-Eso es?!
—dijo Kasui en voz baja, pero con mucha emoción—.
¡Un elfo!
¡No lo puedo creer!
– Sí sabes que ellos tienen una increíble sensibilidad auditiva, ¿verdad?
Incluso si susurras a medio kilómetro de distancia, te va a oír —le dijo Marco.
– No puede ser —siguió murmurando—, eso es increíble.
El elfo, aunque se miraba solo un par de años mayor que Kasui ya tenía una altura considerable, destacaba sobre las demás personas que estaban en el lugar.
Su cuerpo parecía muy entrenado, a pesar de llevar puesto un estilo de ropas amplias que ocultaban un poco su figura, se alcanzaban a ver marcados los resultados de sus ejercicios.
El elfo, que se encontraba en ese momento comprando unas cuantas cosas, se percató de Kasui y de cómo lo estaba mirando, a lo que respondió con una sonrisa un poco condescendiente y un pequeño saludo inclinando su cabeza, luego de que termino de comprar se marchó del sector muy rápido.
– ¿Sí vieron?
—dijo Kasui—.
Me saludó, un elfo me acaba de saludar.
– ¿Qué hace un elfo en Gibraltar?
—preguntó Dann extrañado.
– No es tan poco común como podrías pensar.
—le respondió Kiyota—.
Los jóvenes adultos de todos los continentes realizan intercambios a otros continentes, es algo que se hace para mantener buenas relaciones diplomáticas.
De hecho, Gibraltar es una isla que está en medio de dos continentes, Neos y Liftah.
Al igual que Neos, no muy lejos de aquí está el continente enano, no será raro si también vemos enanos, después de todo hay más presencia de enanos que de elfos en esta isla.
Se podría especular que los enanos son de una estatura reducida, pero la verdad es que la estatura pequeña no es algo característico de los enanos.
Un enano bien podría superar en tamaño a un humano adulto, o, por el contrario, un niño humano podría ser más alto que un enano adulto.
La estatura es algo disparejo en esta raza.
La mayoría lucirían como humanos si no se sabe cómo diferenciar.
Además de una estatura reducida, una persona de esta raza, por lo general, desarrolla una musculatura notable, casi que de manera natural, y una voz muy profunda a una temprana edad.
Pero no siempre es el caso.
Además, sus barbas son muy conocidas por lo bien que lucen en los hombres de su raza y, el largo, brillante y sedoso cabello de las mujeres, al mismo tiempo de que las proporciones de sus cuerpos son un poco mayores comparadas a las mujeres humanas.
Y mucho mayor si se compara con las mujeres de la raza elfa, que, incluso siendo más hermosas que la mayoría de las mujeres humanas y enanas, sus cuerpos no se desarrollan de la manera en la que lo hacen estas otras dos razas.
– Pensé que los elfos no salían de sus tierras —dijo Dann.
– No todos los elfos.
—le dijo Morgan—.
La tierra de los elfos está dividida en dos.
En el norte de su continente viven los autodenominados altos elfos, y en la parte sur del continente viven los elfos.
Solo elfos según los “altos elfos”.
Aquellos que habitan la parte sur del continente son más abiertos al exterior, así que no tienen mucho problema en dejar que sus jóvenes adultos naveguen a otros continentes y tampoco les molesta que forasteros como los humanos o los enanos viajen a su territorio.
– Eso es un asunto bastante complicado y delicado para la raza élfica —agregó Kiyota —, así que asegúrense de no mentar este tema a ningún elfo, eso seguro hará que les den un golpe en la cara —dijo entre risas.
– Habló el sabio —expresó Kasui—, para que digas eso debió haberte pasado antes.
Por cierto, ¿en dónde estamos?
Llevaban caminando un buen rato.
Hacía unas cuantas calles que habían dejado la zona comercial y se habían adentrado a un barrio un poco más tranquilo.
Ya no se encontraban tantas personas en la calle, las casas de la zona se veían más hogareñas y no se alcanzaban a ver tantos establecimientos comerciales.
Tampoco había estructuras de varias plantas como en la zona comercial.
Todo se veía más como el pequeño pueblo de la isla de Elba, y esto provocaba un poco de nostalgia en Dann y Kasui.
Parecía como si estuvieran caminando por inercia, perdidos en sus pensamientos, recordando los momentos que vivieron en Elba.
Y mientras seguían pensando y transitando, se percataron de que estaban llegando al límite de la ciudad.
Lo que había frente a ellos era un inmenso campo, cubierto por un hermoso pasto verde que parecía resplandecer con la luz del sol, hileras de árboles entre los cercados de los pastizales y el camino adornaban el paso.
Ese era el sendero que conducía a la entrada de una pequeña hacienda.
Por el mismo lugar, en dirección contraria, venía un comerciante en una carreta tirada por un caballo.
Kasui y los demás se hicieron a un lado para dejar pasar al vehículo, pero este, en cambio, se detuvo cuando pasó al lado de ellos.
– Jóvenes Cormac —dijo el viejo—, hacía mucho tiempo que no los veía por aquí.
Estoy seguro de que esto será una grata sorpresa para su padre.
– Hola, señor Lao, nos alegra ver que está sano —dijo Morgan mientras le sostenía la mano izquierda con sus dos manos—, supimos que se enfermó hace un tiempo.
– Oh, sí, no crean que porque estoy viejo voy a morir fácilmente por una peste cualquiera, pero no se preocupen por eso.
El señor Lao dijo esto para que los hermanos Cormac no se inquietaran, pues él era una persona cercana a la familia Cormac desde hacía ya muchos años y ellos le guardaban mucho cariño al viejo.
– Señor Lao, si necesita algo, no dude en avisarnos —dijo Jasón—, haremos cualquier cosa por ayudarlo a usted y a su familia.
– Ya lo sé, Jasón, por eso mismo no me gustaría involucrarlos en mis problemas, mejor apresúrense a llegar con su padre, los rumores de que están en Gibraltar ya llegaron a sus oídos, y ustedes saben mejor que nadie cómo se pone de impaciente su padre cuando se entera de que vinieron a visitarlo.
Vayan rápido.
El señor Lao se apresuró a irse, enseguida azotó a su caballo para que avanzara y se despidió con prisa, alzando su mano y agitándola de lado a lado.
– Démonos prisa —dijo Morgan—, ya estamos cerca.
Al decir esto se estaba dirigiendo a Dann y a Kasui.
Lo hacía con una enorme sonrisa en la cara y se veía tan alegre que hasta pudo contagiar a todos esa emoción.
Enseguida apresuraron el paso y en unos minutos ya se podía ver la casa en la cual se suponía que vivía el legendario capitán, William Cormac.
A solo unos pocos metros, Kasui sintió que su corazón se salía del pecho, cada paso que daba lo estaba acercando a lo que él creía que sería la solución a su condición.
Cuando por fin alcanzaron el umbral de la entrada, los empleados de la casa los recibieron.
– Jóvenes Cormac —dijeron al tiempo—, bienvenidos de nuevo.
– Gracias.
—respondió Jasón—.
¿Dónde está nuestro padre?
– Él se encuentra en el patio de juegos entrenando al joven Misuru —dijo el mayordomo de la casa—, no hace mucho tiempo que empezaron con la instrucción.
Es seguro que el señor William se encuentra emocionado el día de hoy por su visita.
– ¿Quién es Misuru?
—le preguntó Kasui a Dann en voz baja.
– No lo sé —respondió—, algún discípulo del capitán o un familiar cercano.
– Vamos —dijo Morgan de repente—, es por aquí, estamos de suerte, tenemos la oportunidad de ver al viejo mover esos oxidados huesos.
Todos siguieron a Morgan, entraron a la casa sin demora y Kasui comenzó a detallar todo.
Era una casa muy bonita y más amplia de lo que imaginó, contaba con varias plantas y un sótano.
Él quería ver un poco más, pero no se detuvieron.
Siguieron caminando hasta la parte trasera, justo donde estaba el capitán entrenando a su discípulo, al mismo lugar que el mayordomo llamó “patio de juegos”, no era más que la zona de entrenamiento.
El capitán William le puso ese nombre cuando comenzó a entrenar a sus hijos a la edad de cinco.
Jasón y Morgan, por su parte, llamaron al cuarto “la puerta al cielo”, y no por el hecho de que fuera un sitio de ensueño, sino porque la sala no tiene techo y se puede ver nítido el vasto cielo sobre ellos.
Solo los pasillos que rodean el piso de madera del centro del cuarto de entrenamiento cuentan con techo, pero acercarse a la sombra de los pasillos está prohibido mientras están en medio de una instrucción.
No importa si está lloviendo, haciendo mucho sol o si está nublado.
El entrenamiento por el que pasaron cuando eran niños los hizo atravesar por el sufrimiento más grande que ellos pudieron haber experimentado jamás.
Días enteros bajo el ardiente calor del sol, otros donde la lluvia no cesaba y unos cuantos donde el viento azotaba con fuerza, pero gracias a eso, ellos hoy en día podían enfrentar cualquier situación adversa sin doblegarse.
Una vez salieron por la parte trasera de la vivienda, se dirigieron al patio de juegos.
El sitio era un cuarto sin paredes y apartado de la casa principal, el cual estaba conectado por un pasillo entechado que atravesaba el jardín de atrás.
Aquel pasadizo daba dos giros antes de alcanzar el cuarto, y entonces se dividía en dos y le daba la vuelta al piso de madera, formando una especie de cuarto descubierto por los lados y por arriba.
En el centro se hallaba un joven alto y delgado de espaldas a la casa de la cual venían Kasui y los demás, quien se encontraba empuñando una espada de madera.
Y en frente de ese joven estaba el capitán William, sosteniéndose con un bastón al lado de la pierna de palo que tenía, en su otra mano permanecía añadida una espada de madera a su mano, como si fuera una extensión de su brazo.
Ambos estaban intercambiando golpes con las espadas, el capitán William lo hacía con una sola mano, mientras que el joven al que se enfrentaba lo hacía a dos manos, esto con el fin de no soltarla luego de recibir uno de los golpes de William.
Después de cruzar espadas por un momento se apartaron a ambos extremos de la sala de un solo salto hacia atrás, el espacio que crearon fue enorme en comparación con la ligereza de sus movimientos anteriores, apenas y se escucharon sus pasos cuando se alejaron el uno del otro.
Al momento que todos estaban próximos a la habitación se empezaron a mover más rápido.
William se desplazó de una manera muy veloz pese a tener una pierna de palo, en un segundo ya se encontraba al pie del joven al que estaba entrenando con la espada pegada a su brazo en alto y sin dejar tiempo a pensar en algo.
La agitó de manera feroz hacia el chico, pero los reflejos de él fueron tan rápidos como para poner su espada a la altura de su cara y frenar el ataque.
– ¡Tienes muchas aperturas, Misuru!
El capitán no demoró en idear una contramedida a la defensa de Misuru; apoyó un poco su cuerpo para que Misuru se desequilibrara y así poder derribarlo.
Luego de que se echara para atrás debido al peso que tenía encima, el capitán se agachó y dio una vuelta entera sobre su pata de palo, asestó una patada en la parte baja de la pierna de Misuru que provocó que cayera sin poder evitarlo.
La espada de madera que sostenía el joven salió volando y cayó a los pies de Kasui, quien ya se encontraba al borde de la sala observando tal demostración.
Kasui no pudo apartar la mirada, incluso si la espada le hubiera golpeado en la cara, no hubiera dejado de mirar al capitán William que, estaba a unos cuantos pasos delante de él.
– ¡Hasta que por fin llegan!
—expresó William.
El capitán William, antes de ir hacia donde estaban sus hijos, se acercó a Misuru, le extendió su mano izquierda y lo ayudó a levantarse.
– Gracias, maestro — habló Misuru en un tono muy respetuoso.
– Ahora, ayúdame a quitarme esto —le pidió William.
Misuru se apresuró a retirarle la espada de madera, la cual estaba bien sujeta a su brazo, amarrada por unas cuantas correas de cuero que se extendían hasta su hombro.
Una vez que Misuru terminó de quitárselas todas, el capitán William se aceleró para encontrarse con sus hijos.
– ¡Papá!
—exclamó Morgan mientras se adelantaba a recibirlo con los brazos abiertos.
Jasón se apresuró también por un costado.
Los dos lo recibieron con un abrazo por ambos lados, y allí se quedaron, unidos por un rato, mientras los demás se acercaban muy lento.
Una vez que terminaron, los hermanos comenzaron a presentar a sus acompañantes.
– Padre, ellos son unos compañeros de la órden de caballeros —dijo Morgan.
William saludó a Marco y a Lucy primero, pues estaban al lado de él, luego extendió su mano hacia Kiyota cuando se lo presentaron.
– Así que tú eres Kiyota.
—dijo William mientras apretaba su mano—.
Me contaron grandes cosas sobre ti.
¿Cómo va tu entrenamiento?
– No podría pedir mejores maestros que Morgan y Jasón —dijo sin vacilar.
– Estoy seguro de que tu padre estaría orgulloso del hombre en el que te has convertido.
– Gracias, señor —dijo Kiyota acompañado de una sonrisa triste.
– Hansel —dijo William, con un tono de voz muy serio—, así que por fin te atreviste a venir a pedir la mano de mi hija.
Morgan se sonrojó al oír esto.
Miró a Hansel y al momento de cruzar miradas con él, apartó su vista de inmediato hacia otro lado.
Lucy también se ruborizó, se puso ambas manos en sus mejillas y se inclinó hacia Marco, quien estaba estupefacto.
Dann y Kasui no sabían qué hacer o qué decir, el impacto fue incluso mayor que el de conocer al capitán.
Quedaron helados, el único que no parecía sorprendido era Kiyota, que los miraba con una sonrisa.
– E-Esto, verá, señor William, n-no piense de esa manera.
– Aprovecha ahora que estoy vivo —dijo al momento que le agarró el hombro—, si me dejas morir sin ver a mi hija casada, volveré por ti y seguro lo lamentarás.
William condujo a un silencio incómodo que quedó en el aire por un tiempo antes de proseguir.
– ¡Era broma!
—dijo mientras se carcajeaba—.
¡Ven, dame un abrazo!
– Es un gusto volver a verlo, señor William.
– Claro, lo sé, lo sé.
Bueno y, ¿quiénes son ellos?
—preguntó mientras miraba a Dann y a Kasui—.
Se ven demasiado jóvenes para ser caballeros, ¿acaso son jóvenes prodigios?
– Padre, ellos son —dijo Morgan con una sonrisa—, Dann y Kasui, un par de hermanos que vienen de la isla Elba.
– Oh, Elba.
Hace décadas estuve en esa isla, cuantos recuerdos.
Bueno, siempre es un placer conocer jóvenes prometedores —dijo mientras estrechaba la mano de Dann.
Después de eso, el capitán William se acercó a Kasui para estrechar su mano también, se detuvo enfrente suyo y lo miró a los ojos.
Kasui estaba tan nervioso que se le notaba en todo el cuerpo.
Alzó su mano derecha para estrecharla con el capitán, pero estaba sudando y temblando de una manera descontrolada.
– Hijo —dijo William, al momento que alzó su mano derecha a la vista de Kasui—, te saludaría con mi derecha, pero— El capitán dejó otro silencio incómodo al mismo tiempo en el que descendió su mano derecha y subió la izquierda para saludar a Kasui.
Él solo pudo bajar su mirada para asimilar lo que estaba sucediendo, y todavía con su mano derecha arriba se puso a pensar.
– «¡Serás idiota!
¿Cómo puedes destrozar un momento como este, Kasui?
¡Solo tenía una oportunidad para presentarme de manera apropiada, y la arruino de esta manera!», se reclamó Kasui una y otra vez en su interior.
– No te preocupes —dijo William—, esto suele pasar de vez en cuando, ya estoy acostumbrado a ello.
– Papá, Kasui tiene una petición especial para ti —dijo Morgan—, verás, él tiene… Lienzo de Maná, y estaba segura de que sabías algo al respecto, así que lo traje contigo para que lo ayudaras a encontrar una solución.
– Ya veo —dijo el capitán William.
Kasui se apresuró a cambiar de mano, aprovechó el comentario de Morgan para que no se percataran de ello, pero lo que él pasó por alto fue la reacción del capitán William al oír lo que había acabado de decir Morgan.
Su expresión cambió por completo.
Se puso serio de un momento a otro y solo se limitó a analizar a Kasui de pies a cabeza, pero en ningún momento el capitán bajó su mano, así que Kasui procedió por fin a saludarlo.
– M-Mi nombre es Kasui —dijo al momento en el que agarró la mano del capitán —, es un honor conocerlo, capitán William.
El capitán William quedó helado cuando Kasui estrechó su mano, estaba perplejo, pero no se sabía la razón.
En este punto los demás a su alrededor se percataron de la reacción de sorpresa del capitán William.
– Papá, ¿estás bien?
—preguntó Morgan con una expresión de confusión dibujada en su rostro.
William no respondió, por el contrario, soltó la mano de Kasui y enseguida, muy rápido, sujetó con fuerza su antebrazo.
Él estaba tan sorprendido que no pudo reaccionar a tiempo.
William dio media vuelta y como si de una almohada se tratase, lanzó a Kasui hasta el piso de madera en el centro de la sala de entrenamientos.
Él cayó de espaldas justo a los pies de Misuru, quien estaba allí parado.
Kasui lo miró estando tendido en el suelo y le pareció ver un rostro familiar.
– ¡Misuru!
—dijo el capitán William—.
¡Te enfrentarás a él en un duelo!