yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 72
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Capítulo 72: Un mar de rojo Parte 3
La sangre partió el cielo negro y se derramó como una lluvia espesa y lenta sobre las flores que brillaban en carmesí, flotando sobre un infinito mar rojo. Cada pétalo empapado parecía palpitar con cada mínimo movimiento de quienes estaban ahí .
En medio de aquel paisaje infernal, una hermosa mujer de cabello suelto, como la flor más bella del infierno, extendió sus manos pálidas hacia la espada que sangraba como una fuente de sangre.
“Entonces… empecemos”, declaró Unohana con voz suave, casi tierna, mientras sus ojos recorrían a los presentes.
“Chsss.”
“Shhhhhh.”
“Shhhhh.”
Tres figuras se movieron al unísono con aquella simple declaración. En menos de un segundo, el aire se llenó de chispas, carne y sangre. Puños, espadas y cuerpos se entrelazaron en un baile caótico donde cada combatiente mostraba un estilo radicalmente distinto.
Ares golpeaba e interceptaba las espadas con los puños desnudos. Ninguna hoja lograba atravesarlo directamente; todas fallaban por milímetros o se desviaban en el último instante, aunque dejaban heridas visibles y profundas en su piel endurecida. Heridas que se cerraban casi al instante gracias al bankai de Unohana, pero que aun así evidenciaban una desventaja en el ritmo del combate. Era quien menos daño recibía, pero también quien menos podía infligir. Obligado constantemente a bloquear y retroceder, sus puños poderosos apenas encontraban espacio para contraatacar entre tanto acero danzante.
Todo lo opuesto sucedía con Hipnos. El dios del sueño recibía cada golpe con una amplia sonrisa que nunca desaparecía, ni siquiera cuando los puños de Ares abrían agujeros sangrantes en su torso o la espada de Unohana trazaba cortes profundos que casi la partían en varios pedazos. Su cuerpo se fragmentaba en jirones de carne y se recuperaba al instante, mientras blandía su propia espada de manera demencial. Abandonaba cualquier defensa con tal de asestar un golpe más, sin importar que innumerables flores rojas brotarán de su cuerpo como fuentes desbordadas. La sangre salpicaba en arcos brillantes, tiñendo aún más las flores del suelo.
En medio de ambos estaba Unohana, ejerciendo la mayor presión con una elegancia letal. Su estilo combinaba lo mejor de los dos: bloqueaba todo ataque innecesario o que pudiera dejar secuelas problemáticas, pero dejaba pasar aquellos que no representaban un peligro real, permitiendo que la hirieran si eso le daba la más mínima ventaja. Aunque parecía adoptar una postura equilibrada y serena, sus ataques eran todo lo contrario a la moderación.
Por cada corte que recibía en el hombro o el costado, respondía con siete cortes viscerales que casi despedazaban a Hipnos. La katana de Unohana se movía como un pincel empapado en sangre, trazando líneas precisas y brutales. Y por cada ataque que Ares bloqueaba con sus puños duros como la piedra, ella dejaba una marca cruel: piel arrancada, nudillos desgarrados, huesos fracturados que crujían audiblemente. Todo era restaurado al instante por el poder de su bankai. Carne nueva crecía sobre la vieja, los huesos se soldaban en cuestión de segundos, y el ciclo de dolor y regeneración continuaba sin pausa.
La escena era una guerra caótica donde los tres se entrelazaban sin orden aparente… o al menos eso parecía a simple vista. Porque, en realidad, quien más presión ejercía y más daño recibía era la propia Unohana, y también la principal causante de la destrucción que los rodeaba. Cada uno de sus movimientos calculados alimentaba el frenesí de los otros dos, convirtiendo el campo de flores en una zona de muerte donde cualquiera podría caer en un instante solo para volver a levantarse.
“Clik.”
En medio de la confrontación, con un sonido nítido y casi delicado, el puño de Ares volvió a clavarse en Unohana, atravesándola limpiamente por el abdomen. Pero, a diferencia de antes, la espada de Unohana también atravesaba su puño al mismo tiempo. Lo hacía con tal precisión quirúrgica que la punta de la hoja, tras cruzar su propio cuerpo, se detuvo justo frente a la mano de Hipnos, interrumpiendo el corte descendente que pretendía partirla en dos desde dentro de ella misma.
“Shhhh.”
A ese instante le siguió un corte seco, casi inaudible.
El brazo de Ares fue separado limpiamente de su cuerpo con un sonido húmedo de carne rasgada. Al mismo tiempo, la cintura de Unohana se abrió en dos mitades perfectas, y la espada de Hipnos salió despedida junto con varios de sus propios dedos, que volaron en un arco rojo tras el corte de unohana.
Ambos, Ares y Hipnos, abrieron los ojos con sorpresa genuina, momentáneamente aturdidos por el resultado. En el centro de su visión, la mujer que literalmente se había cortado en dos caía lentamente… y aun así les sonreía con una amabilidad imposible, impropia de alguien que acababa de ejecutar un movimiento tan cruel y preciso.
“Realmente… son impresionantes”, murmuró Unohana mientras descendía, partida en dos frente a ellos. Su voz era suave, casi maternal.
Antes de tocar el suelo, su cuerpo se detuvo en una postura antinatural, suspendido en el aire. No había terminado de separarse por completo. En su cintura aún colgaba un pequeño fragmento de carne, apenas un hilo grotesco y palpitante que mantenía unidas ambas mitades como un puente frágil y obsceno.
Y fue suficiente.
En un solo instante, ese hilo de carne se tensó con violencia. Carne y hueso se entrelazaron de nuevo con un movimiento extraño, húmedo y completamente inadecuado para cualquier anatomía humana. Los bordes irregulares se sellaron con un chasquido viscoso; los músculos se contrajeron, las vértebras se realinearon. El dolor debía ser inimaginable, pero el rostro de Unohana no mostró más que serenidad.
Aprovechando aquella mínima fracción de aturdimiento de sus oponentes, se lanzó de forma viciosa. Su espada silbó hacia los puntos vitales de Ares con una velocidad cegadora.
Él reaccionó por puro instinto, alzando su otro brazo para defenderse.
Demasiado tarde.
El corte descendió sin piedad, limpio y definitivo. El segundo brazo del dios de la guerra fue amputado con la misma precisión quirúrgica que el primero. Dos chorros de sangre brotaron de sus hombros mientras sus manos caían pesadamente sobre el mar de flores carmesí.
Sin brazos, sin opciones inmediatas de contraataque, el dios de la guerra se vio obligado a retirarse momentáneamente… mientras, frente a él, Unohana seguía sonriendo.
La hoja fue clavada en la carne de Unohana, pero no en su torso ni en su cabeza, sino directamente en su mano no dominante. La utilizó para atrapar la espada de frente, sin importarle que, al hacerlo, la hoja destruyera su palma y desgarrara gran parte de su antebrazo en un estallido de carne y tendones.
“Uno menos.”
“Shhhhh.”
Con esas suaves palabras, la espada en su otra mano descendió sobre el cuello indefenso de Hipnos. Esta vez, el corte fue completo. Limpio. Un sonido húmedo y definitivo rasgó el aire.
La cabeza salió despedida, girando en un arco rojo, y una lluvia de sangre cayó sobre Unohana como si fuera refrescante. Sin embargo, no la manchó. El líquido simplemente resbaló sobre su piel pálida, como si su existencia misma rechazara cualquier impureza.
“Me pregunto qué se regenerará primero… ¿la cabeza o el cuerpo?”, se cuestionó en voz baja, casi con curiosidad infantil.
“Clik.”
“Clik.”
“Clik.”
Un destello carmesí atravesó la cabeza aún en el aire, partiéndola en innumerables fragmentos irreconocibles. No dejó nada que pudiera volver a unirse al cuerpo.
Para sorpresa de Unohana, aquello produjo un resultado interesante.
El cuerpo decapitado de Hipnos comenzó a convulsionar violentamente. Espasmos irregulares recorrieron su estructura mientras hueso, tejido y nuevos huesos emergían directamente desde el torso cercenado, creciendo de forma antinatural y grotesca, como hongos brotando en la lluvia.
“Así que el cuerpo es el origen… me pregunto si—”
“Clack.”
Sin mirar, de manera puramente instintiva, Unohana desvió su espada hacia un costado y bloqueó un puño que emergía de la nada. Era un golpe formado apenas por hueso y cartílago, sin músculo real que lo sostuviera, pero cargado de una fuerza brutal.
“Interesante. A pesar de carecer de los músculos necesarios para generar fuerza, este golpe no es inferior a los anteriores”, elogió con calma, observando cómo el puño sangriento y deshilachado de Ares comenzaba a regenerarse con un sonido viscoso de carne nueva.
“Es algo que me enseñaste”, murmuró Ares mientras levantaba el otro brazo, aún con el hueso expuesto y brillante. Su cuerpo se curvó, acumulando impulso como un resorte roto. “Cuando golpeas… usas todo el cuerpo.”
“Clang.”
“Lam.”
Las chispas saltaron violentamente en la colisión entre espada y hueso. Los brazos de Ares eran desgarrados una y otra vez, pelados hasta exponer su estructura interna en capas sangrientas. Aun así, seguía atacando, incansable.
Pero incluso en su furia, Ares lo comprendió con claridad dolorosa.
No podía competir con Unohana.
Sin Hipnos presionando junto a él, su impulso era inferior. Apenas lograba mantenerse a la altura de sus movimientos, y eso solo por instantes fugaces.
Lo frustrante era que sentía que podía dar más.
Desde que había dominado aquella extraña energía que utilizó por primera vez contra August, había sido capaz de invocarla incluso en ese lugar… pero en cantidades casi diminutas. Tras haber tenido acceso a una reserva casi infinita y en constante crecimiento, verse limitado a una fracción insignificante resultaba asfixiante.
Una fracción que crecía… pero demasiado lento.
Como si una cadena invisible, pesada y molesta, arrastrara su progreso.
Aun así, incluso esa mínima porción marcaba una diferencia abismal. Sin ella, Ares sabía que sería incapaz siquiera de mantenerse en pie frente a Unohana en sus condiciones actuales en donde aparte de esa energía no tenía nada más.
Y eso… por más que le doliera admitirlo, también era gracias a ella.
Porque era Unohana quien lo mantenía con vida.
O, más precisamente, era aquel extraño campo de sangre el que lo hacía.
El mismo campo que la regeneraba a ella.
Un terreno donde ambos eran incapaces de morir. Donde no importaba cuántas veces perdieran carne, cuántos huesos fueran destrozados… todo volvía a crecer en un instante, alimentado por el mar rojo infinito que los rodeaba.
“Veo que aún no aprendiste, ¿verdad?”, murmuró Unohana mientras detenía el puño descarnado de Ares y se colocaba frente a él, a una distancia mínima, casi íntima.
Ares alzó la mirada y, por un instante, vio su propio reflejo distorsionado en los ojos puros y serenos de Unohana.
“Cuando peleas una batalla, olvida todo lo demás: problemas, ideas, consecuencias”, continuó ella con un tono amable, casi cálido, como si estuviera dando una lección a un discípulo querido. “Solo pelea… disfrútala, porque no siempre tendrás el lujo de hacerlo.”
“Crack.”
Con el final de sus palabras, un sonido seco y viscoso resonó. El puño de Ares cedió ante la espada carmesí, que avanzó sin resistencia, partiendo hueso, carne y articulaciones con un crujido húmedo, amenazando con dividirlo en dos desde el brazo.
“Cal—”
Pero, en medio de ese movimiento, una espada descendió desde el aire como un rayo.
Hipnos.
Apareció en el instante preciso en que la hoja de Unohana estaba a punto de alcanzar el pecho de Ares… y la detuvo.
No, no solo la detuvo.
En el mismo choque de aceros, Hipnos curvó el brazo y, usando la espada de Unohana como eje, giró su propio cuerpo como una bisagra viva y demencial. Con ese impulso brutal, lanzó un corte ascendente con su propia espada.
Unohana no lo evitó.
Lo aceptó con serenidad.
La hoja atravesó su cuello con un sonido limpio y carnoso, separando su cabeza de un solo tajo. Aun en el aire, su rostro seguía sonriendo con la misma amabilidad inmutable.
“Mi turno”, bramó Hipnos mientras cortaba la cabeza de Unohana en pleno vuelo y se salpicaba con su sangre caliente.
Esa sangre, a diferencia de antes, sí lo manchó. Gotas rojas resbalaron por su rostro destrozado.
Pero no importó.
Su propio rostro aún no se había regenerado por completo; la mitad de su cara estaba ausente, dejando al descubierto carne desgarrada, hueso expuesto y dientes en una sonrisa rota.
“Buen corte.”
En medio del éxtasis de Hipnos y el breve respiro de Ares, una voz elogió el ataque con suavidad.
Venía del cuerpo sin cabeza de Unohana.
A una velocidad antinatural, hueso y tejido comenzaron a crecer desde el cuello cercenado. Primero el cráneo emergió desnudo y blanco, brillante bajo la lluvia carmesí; luego mechones de cabello oscuro brotaron y se extendieron, ondeando en el aire como si tuvieran vida propia, serpenteando alrededor del hueso desnudo.
“Parece que no puedo subestimarte. A diferencia de Ares… tú ya eres libre”, declaró Unohana.
Su voz, suave y amable, surgía directamente de un cráneo aún sin carne. El cabello revoloteaba alrededor de la estructura ósea como un halo negro y vivo, y aquella combinación —la dulzura del tono con la visión desnuda del hueso y la sonrisa invisible— provocaba un escalofrío profundo, uno que nacía en el cuero cabelludo y descendía lentamente por la columna vertebral.
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